Rafael Roncagliolo

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¿Fin de ciclo?

“Un gobierno limpio será toda una revolución en el Perú, como decía Alfonso Barrantes. La indignación colectiva es el mayor acicate...”.

En la semana que termina se ha demostrado hasta la saciedad la irresponsabilidad de la vacancia por “incapacidad moral permanente” de Martín Vizcarra. El nuevo presidente, según ha registrado la prensa, tiene 52 investigaciones abiertas por la Fiscalía. Y la vacancia ha sido decidida por un Congreso en el que 68 de los 130 congresistas tienen procesos por diversas causas, que van desde la corrupción hasta el homicidio.

No obstante, los autores del desaguisado, sin esperar lo que sentencie el Tribunal Constitucional, proclaman su autoridad, en nombre de la Constitución y la moral pública.

Más allá de toda discusión jurídica, la tormenta desatada por la destitución de Martín Vizcarra ha ahondado el profundo abismo que existe entre gobernantes y gobernados. Más que nunca antes, los últimos perciben a los primeros como una argolla abocada a la satisfacción de intereses personales, llámense estos abusivos negocios universitarios, suspensión de juicios por corrupción o liberaciones carcelarias. Esta percepción se extiende a las ocho bancadas (todas menos la del Partido Morado) que aportaron votos a la vacancia.

Los partidos confabulados son considerados meras etiquetas de ambiciones subalternas. Es esta pérdida de legitimidad la que lleva a las protestas multitudinarias; y dentro de ellas, claro, al riesgo de infiltraciones violentistas y contagios masivos. Tener la fuerza no es tener la razón.

Desde su orfandad de simpatías ciudadanas, estos gobernantes, listos, y hasta ávidos, para la represión, llaman a responder con mano dura. Olvidan que “es mejor ganar la confianza de la gente que confiar en la fuerza”, como escribió, en el siglo XVI, Nicolás Maquiavelo. En realidad, aquí no es posible ganar la confianza de la gente. Se han encerrado en “el laberinto de la soledad”, que ha recordado José Carlos Requena, y que se ilustra en la imagen de la toma de posesión del flamante y vetusto presidente del Consejo de Ministros. Y en la desbandada que ya empezó, como corresponde a una suma de intereses contradictorios. Estamos ante la soledad más solitaria de la que se tenga memoria.

En rigor, el gobierno del Perú ha sido recuperado, a plenitud, por antiguos intereses particulares. Mal se disimula consiguiendo que integren el gabinete ministerial profesionales de prestigio, como Carlos Herrera Descalzi o Franca Deza. La presencia de ellos no es suficiente para cambiar la imagen global de este gobierno.

Sin embargo, este brusco manotazo puede terminar siendo un genuino boomerang. En la precariedad del régimen cohabitan todos los dirigentes políticos tradicionales con sus conexiones privadas. Pero los escasos candidatos que se han sumado a la indignación colectiva anuncian la posibilidad y abren el cauce para una renovación indispensable. Para una genuina refundación. Para terminar un ciclo de vergüenza ostentosa y pasar a otra cosa.

Gracias a la torpeza de los confabulados, lo que ayer parecía remoto y casi inalcanzable hoy resulta viable. Es cuestión, claro está, de que haya elecciones limpias; y de que la indignación no se disuelva en los protagonismos caudillistas. Es decir, que se proyecte una concertación democrática y, esta sí, republicana. No de fórmulas electorales, sino de esfuerzos éticos refundadores. Un gobierno limpio será toda una revolución en el Perú, como decía Alfonso Barrantes. La indignación colectiva es el mejor acicate para ella.

Si estos esfuerzos no cuajaran, quedaríamos destinados a tener, en el Bicentenario, solo más de lo mismo: congresos electos, pero ajenos a la gente; y gobiernos bajo la “incapacidad moral permanente”, convertida en espada de Damocles. Al servicio de la corrupción sistemática. Ojalá cerremos aquí este nefasto ciclo.