Hernán Chaparro

Hernán Chaparro

La otra orilla
Profesor e investigador de la Universidad de Lima.

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Estado y empresa privada

“Consideraban que el Estado era un mal administrador o gestor. Sin embargo, esperaban que el Estado pudiese velar porque la empresa privada no caiga en excesos...”.

Una reciente encuesta de Datum sobre actitudes hacia el rol del Estado y la empresa privada ha puesto nerviosa a algunas personas. Interpretan que la misma muestra una actitud estatista o intervencionista en la economía. Lo más probable es que generen cierto temor en algunos, entusiasmo en otros, de cara a las elecciones.

La encuesta permite profundizar en la imagen de la empresa en sus diferentes expresiones (grande y pequeña, nacional o extranjera) así como en qué espera la gente respecto a su rol en la economía y su relación con el Estado. Hay que ver el conjunto del informe para identificar los matices. Es cierto que varias preguntas indican la demanda del Estado en diversos sectores de la economía, pero es bueno revisar bien qué se dice de la empresa privada para ver qué se espera de ella y, en general, la imagen que hay de la misma para entender también qué se pide del Estado. Lo que se ve es que la actividad privada se valora en tanto generadora de empleo. Esto se ve tanto con relación a las empresas pequeñas o grandes, nacionales o extranjeras. El problema viene cuando se hacen preguntas vinculadas a su comportamiento con relación a los derechos laborales de sus trabajadores, pago de impuestos, política de precios al consumidor, pago de coimas, etc. Aspectos que podríamos englobar en la confianza que hay con relación a su comportamiento como ciudadano corporativo. Es ahí donde entra a jugar un rol la imagen que la gente tiene del Estado. A pesar del mal servicio que las personas pueden experimentar en diversos servicios estatales, lo más probable es que muchos lo vean como el menos malo, en términos de confianza, frente al privado. La gente entiende que, finalmente, la empresa privada es un negocio donde se busca ganar dinero y no confía del todo en las formas en que lo hace. Estima que no tiene como controlarla. Mira al Estado desde su deseo de tener alguien que tenga el poder de vigilar y controlar. Asume que ese es su deber.

Cuando en los noventa se desarrolló toda la propuesta para vender acciones, a nivel masivo, de las empresas que se fueron privatizando, se pudo ver esta dinámica entre sector privado y estatal. Toda la comunicación demandaba que una institución liderara el proceso. ¿Debería ser un privado o un organismo estatal? La idea que mejor aceptación tuvo fue una combinación de ambas porque la gente decía que la presencia de la empresa privada les garantizaba que habría una buena gestión, mejor que la del Estado; pero les preocupaba hasta dónde podía ir el afán de lucro. Tampoco generó consenso que solo una entidad estatal condujera el proceso. Consideraban que el Estado era un mal administrador o gestor. Sin embargo, esperaban que el Estado pudiese velar porque la empresa privada no caiga en excesos. En todo caso, eran sus expectativas. La fórmula que se construyó y generó mayor apoyo fue que el proceso fuese conducido por una entidad estatal que pudiese fiscalizar y controlar junto a un privado que se dedicara a gestionar y promover.

La encuesta de Datum de cuenta de la permanencia de esta expectativa. En esa línea va el 72% que está de acuerdo con que “El gobierno debería trabajar en conjunto con la empresa privada para solucionar los problemas del país” o el 64% que menciona que “Las empresas privadas bien supervisadas por el Estado, proveen mejores servicios públicos que el Estado solo por su cuenta”. Como el mismo informe señala, se espera del Estado un rol activo en ciertos sectores más sensibles, un 52% se muestra a favor de que “El gobierno debería ocuparse más de la seguridad, la justicia, la salud y la educación, y no meterse en temas económicos”. Se espera un Estado más efectivo en su capacidad para normar y controlar que en intervenir.