Rafael Roncagliolo

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El Arzobispo, la salud y el hambre

En el medio de una pandemia asoladora, tenebrosa, hay que celebrar que tengamos un arzobispo sensible y acorde (el corazón, otra vez) al sufrimiento colectivo.

Conmovedora la fotografía de la nave de la Catedral de Lima el domingo de Corpus Christi. Ninguna persona viva. Solo los retratos de más de 5,000 víctimas de la pandemia. Recordar significa, literal y etimológicamente, traer al corazón, como dijo el Arzobispo. El silencio de las imágenes fue más elocuente que cinco mil palabras.

Pero tanto o más conmovedoras y elocuentes han sido las palabras del arzobispo Carlos Castillo. Su homilía, en este homenaje a los caídos, nos consuela de un pasado cercano, que estuvo lejos de la solidaridad eclesiástica.

Advirtió Castillo: “La forma injusta en que se organizó el sistema de salud que está basado en el negocio, no en la dignidad y solidaridad de la gente”.

Agarró carne. Un sistema basado en el negocio no es un sistema de salud. Es un sistema de enfermedad. “Jamás la salud fue más mortal”, escribió Vallejo. No sabía el poeta lo que se nos vendría ochenta años después. O quizás lo presagiaba, como su propia muerte.

Si esta pandemia no sirve para establecer un sistema de salud que tenga como piedra angular la solidaridad, el sufrimiento colectivo de estos meses, además de triste y doloroso, habrá sido estéril y vano.

No cuestiona el arzobispo ni el libre mercado ni la propiedad privada. No apela a ninguna ideología ni invoca grandes teorías. Lo único que pide es que la salud colectiva no se someta a la lógica del lucro. Que sea humana.

Ello empieza por asegurar que el Ministerio de Salud sea barco insignia de la salud pública, nunca una agencia de intereses particulares. Al fin y al cabo, reformar el Estado es desprivatizarlo.

Voy aún más allá: si la letra de una norma prohíbe la justicia, lo que hay que hacer no es olvidarse de la justicia para cumplir la letra. Lo que hay que hacer es cambiar esa letra. Por sentido común elemental.

He vivido en España, un país capitalista como cualquier otro. Como enfermo cardíaco que soy, gasto mucho dinero en medicinas. Pero en España gastaba hasta diez veces menos que acá. No exagero. Guardo mis cuentas. Las medicinas eran las mismas. Solo que allá, habiendo espacio para el negocio, no se somete todo a su lógica.

Dijo también Castillo: “La próxima vez podrían ser las fotos de las personas que murieron de hambre”.

Para que no lo sean, hay que fundar una economía humana. Como lo propugnaban, hace ya sesenta años, el economista Francois Perroux y el padre Lebret, que estuvo de misión en Lima.

Por último: en el medio de una pandemia asoladora, tenebrosa, hay que celebrar que tengamos un arzobispo sensible y acorde (el corazón, otra vez) al sufrimiento colectivo. Como el cardenal Pedro Barreto. Como el papa Francisco, que los nombró a ambos. Como el inolvidable Juan Landázuri Ricketts. En suma, los prelados que fortalecieron y fortalecen nuestra conciencia cristiana.

O sea, no son estos tiempos para que un obispo se zambulla en la política coyuntural, lance combates contra el demonio y los infieles o acumule ganancias. Monseñor Castillo sí entiende “los signos de los tiempos”. Lo cual es bueno para la Iglesia católica y es bueno para el Perú.