Rafael Roncagliolo

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El verdadero dilema

“No es hora de llorar por principios sacralizados, sino de resolver, con eficacia, angustias muy concretas y crónicas”.

¿Para qué sirve un crecimiento económico del 6%, si cuando llega una epidemia no hay suficientes hospitales? ¿Para qué el progreso y desarrollo que habíamos logrado, si tantos peruanos violan la cuarentena porque no tienen trabajo ni bonos y sí mucha hambre?

El coronavirus clarifica el dilema de esta hora. Que no se reduce a la feble antinomia entre mercado y Estado. ¡Dios nos libre de las idolatrías del mercado o del Estado!

El verdadero dilema es: o aferrarse al actual estado de cosas o reconocer que nuevas realidades exigen nuevas miradas. O sea, entre lo viejo y lo nuevo.

Un ejemplo, entre muchos, de comprensión de lo nuevo lo trae el Financial Times, que el 3 de abril pasado afirmaba: “Es necesario poner sobre la mesa reformas radicales -que reviertan la dirección de las políticas públicas prevalecientes en los últimos cuarenta años-. Los gobiernos tienen que aceptar un rol más activo en la economía. Políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, tales como el ingreso básico y los impuestos a la riqueza, tienen que ser tomadas en cuenta”.

Este tipo de reconocimiento puede sonar a pecado capital en oídos acostumbrados a considerar que lo que importa es el crecimiento del PBI; que todo lo demás se obtendrá por añadidura, y que quien no lo vea así merece anatema.

Igualmente, citar al Financial Times debe saber a chicharrón de sebo en algunos micropartidos de una izquierda tradicional, que atesora sus catecismos y mantiene con obstinación su miopía frente a los cambios de la realidad.

Hoy en día, el verdadero dilema se da entre quienes quieren mantener el estado de cosas vigente, y quienes aspiran a construir una nueva convivencia (para usar términos del presidente Vizcarra) que priorice el bienestar colectivo y el medioambiente.

Para los primeros, que no son solo ni todos los políticos del ancient regime, se trata de defender las llamadas líneas maestras de las últimas décadas. A pesar de que la pandemia demuestra que, con tales líneas, la desigualdad ha llegado a ser escandalosa. Un fenómeno mundial, como lo ha demostrado, con abundantes cifras, Piketty.

Para los segundos, es necesario modificar dichas líneas maestras, no para desahuciar libertades, sino para dar espacio al bien de todos y a la solidaridad. Así, lo opuesto al pensamiento individualista tradicional, hoy en día, no es ningún fantasma estatista. Para pesar de los cazafantasmas, no hay caballos de madera en el horizonte de Troya.

Condenar el nuevo enfoque llevaría a satanizar también experiencias como la de Nueva Zelanda; o las propuestas de Jeremy Corbyn en el Reino Unido; o la perspectiva de vastos sectores del Partido Demócrata de los EEUU y del expresidente Obama.

O sea, hay que desechar los dogmatismos y los pensamientos únicos, para que el indispensable crecimiento económico sirva al bienestar colectivo y no alimente más la impotencia frente a las pandemias.

No es hora de llorar por principios sacralizados, sino de resolver, con eficacia, angustias muy concretas y crónicas. Lo cual requiere un nuevo contrato social. De eso se trata.