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Epidemia, miedo y momento crítico

“El miedo al hambre, cuya culpabilidad se la achacamos a un virus, puede mañana pasar a ‘culpar’ a grupos determinados al ser la crisis económica un ‘problema social’”.

Hace unos días, el IEP publicó una encuesta en la que da cuenta de un dato dramático y al mismo tiempo preocupante: más de la mitad tiene más miedo al hambre que a la propia epidemia COVID 19. El porcentaje nacional llega al 61%. En Lima es 47% y en el “interior” del país de 56%. En el caso de Lima los porcentajes en los sectores D y E, es decir, en los que tienen menos ingresos, están por encima del promedio nacional, alcanzando el 57%. Otros datos importantes de esta encuesta son que un 93% tiene temor a que el coronavirus “se descontrole y haya muchos muertos” y un 88% considera que el “costos de derrotar a la coronavirus será excesivamente alto para la economía de las familias”. Un último dato es que los encuestados tienen más temor al hambre que al desempleo. Se podría decir que tener “hambre”, para estos encuestados, es no tener futuro y próximos a la muerte. El miedo no es al hambre sino más bien a la muerte.

Esta es la lógica que existe en amplios sectores de la sociedad peruana, sobre todo en los más pobres. Si para ellos morir por el virus o morir de hambre es lo mismo, lo más probable es que concluyan que es mejor luchar contra la muerte trabajando que “morir de hambre” por estar “confinados” en una vivienda precaria y sin trabajar. Confinarlo es, prácticamente, condenarlo a muerte, más allá de que el protocolo sanitario así lo indique y lo exija.

Todo ello se nota cuando “vemos” qué sectores salen más a la calle, haciendo caso omiso al llamado aislamiento social. Los barrios mesocráticos están prácticamente desiertos, mientras que los barrios populares, por momentos, casi parecen que están en un día normal prepandemia.

Mi hipótesis es que la capacidad del Estado como principal instrumento de “combate” contra el coronavirus, más allá del heroísmo que uno observa en diversos sectores, está llegando a lo que llamo un punto crítico. Es decir, que la capacidad de “combate” del Estado contra la pandemia, debido a una visible “ineficiencia estructural e histórica”, disminuya sustancialmente, provocando un debilitamiento del propio Estado y de su capacidad de control social y político. Ello incluye las políticas de la futura reestructuración de la economía nacional. Por eso el miedo y la ansiedad, por razones diferentes, se viven tanto abajo como arriba.

Corey Robin, autor del libro El miedo. Historia de una idea política, define el miedo político como “el temor de la gente a que su bienestar colectivo resulte perjudicado”. Corey además señala que hay miedos privados que no tienen consecuencias sociales (p. e. el miedo a las arañas depende de mí psicología y de mi historia personal); pero hay otros miedos privados (p. e. el temor de una mujer a que su marido violento la golpee) que son más bien producto de la naturaleza del poder o de circunstancias políticas como son los conflictos socioeconómicos que permiten “culpar” a otros de ese miedo.

En ese sentido el miedo al hambre, como también al desempleo, que hoy circulan abajo y cuya culpabilidad se la achacamos a un virus invisible, puede mañana cambiar de sentido y direccionalidad y pasar a “culpar” a personas o grupos sociales determinados al ser la epidemia, el desempleo y la crisis económica un “problema social”. A eso le llamo el ingreso al “momento crítico” al cual nos podríamos estar acercando ya sea para demandar un orden autoritario para disciplinar a los de abajo o una suerte de “desborde” popular para demandar un nuevo “bienestar colectivo” que no es otro que el derecho al trabajo y a la vida.