La insurgencia y los límites de la democracia

“La insurgencia en Chile lo que plantea es un nuevo pacto (o contrato) social (distinto al pinochetista) vía una Asamblea Constituyente...”.

Alberto Adrianzén
28 Nov 2019 | 6:37 h

Lo primero que habría que decir es que esta crisis que se vive en varios países de la región no se debe a la falta de una democracia (liberal) sino más bien a la existencia durante un largo periodo de una “democracia electoral”.

Fue al inicio de la década de los noventa del siglo pasado cuando esta democracia electoral comienza a consolidarse. Dos hechos simbólicos, dan cuenta: a) la entrega que hacen los sandinistas a sus opositores de un poder que habían conquistado con las armas luego de perder las elecciones; y b) el fin de la dictadura militar pinochetista en Chile. Era como decir, por un lado, adiós a la lucha armada (más allá de la excepción colombiana); y, por otro lado, adiós a los golpes y dictaduras militares. A estos eventos se puede sumar la caída de ese arquetípico de dictador de novelas: Alfredo Stroessner en Paraguay.

Es cierto que en ese tiempo se dieron (auto)golpes de Estado como el de Alberto Fujimori en 1992, el de Jorge Serrano en Guatemala en 1993 o renuncias de presidentes, sin embargo, las crisis políticas que se vivieron entre 1990 y 2005 se resolvieron manteniendo o retornando la constitucionalidad y la legalidad.

Fue la continuidad de esa democracia electoral la que permitió el nacimiento de una nueva mayoría electoral que llevaría a un cambio sustantivo de la región. Me refiero con ello a los triunfos de Hugo Chávez en 1998, de Lula y Néstor Kirchner en el 2003, como también los de Evo Morales, Tabaré Vázquez y Rafael Correa en el 2005 y 2006.

Si bien la estabilidad política en América Latina coincidió con un momento de bonanza económica, también fue un momento de inclusión política, de igualdad social y de cuestionamiento del poder de las élites. Sectores excluidos por diversas razones (incluyendo la étnica, cultural y de género) “ingresaron” al poder, lo que significó un momento de cambio radical en la región.

Es en esos momentos, igualitarios e inclusivos, donde se redefine la “comunidad política”, la vinculación con el mundo, la propia democracia, su pluralidad, así como el grado de tolerancia de las élites. Como dice Giovanni Sartori, uno de los teóricos del liberalismo del siglo XX: “Es posible que primero haya de existir la comunidad política, quizá la unificación debe preceder a la partición de partidos, y quizá sea esta la condición que hace que los partidos sean una subdivisión compatible con la unidad y no una división que perturba”.

Esa “unificación” o construcción del “todo” supone el paso de una mayoría electoral a otra política y hegemónica, que fija los campos para la acción de la política y la pluralidad de esa democracia. Es también la construcción de un nuevo Estado que ha dejado de ser, como en el pasado, incumbencia de pocos para convertirse en incumbencia de muchos o de todos.

En este sentido la insurgencia en Chile lo que plantea es un nuevo pacto (o contrato) social (distinto al pinochetista) vía una Asamblea Constituyente, es decir, constituir una nueva comunidad política y nacional. Mientras que en Bolivia y Brasil lo que tememos es una insurgencia antidemocrática. La negación de construir una democracia igualitaria, inclusiva y pluralista al mismo tiempo. Por eso creo que los próximos años en la región no solo serán conflictivos sino también radicales, en sentido que plantearán problemas de fondo: la desigualdad, los límites de la democracia liberal y nuestra ubicación en el mundo.