Immanuel Wallerstein (1930-2019)

“En 30 o 40 años emergerá un nuevo sistema: podría ser un sistema de explotación más violento que el capitalismo, así como también un modelo más igualitario y redistributivo. Depende de lo que hagamos”.

Humberto Campodónico
11 M09 2019 | 03:37h

A mediados de los 70, Immanuel Wallerstein comenzó la publicación de su monumental obra “El moderno sistema mundial”, que analiza la aparición en Europa de la “economía-mundo” capitalista. Desde entonces, hasta ahora, dice IW, la economía-mundo se ha convertido en el único sistema mundial.

IW reconoce que todas las economías y las personas están conectadas en el tiempo y el espacio. Para entender lo que pasa en todos los rincones del planeta es necesario situarlo dentro del marco de la naturaleza global del capitalismo moderno.

Algunos economistas dicen que la economía-mundo es la antecesora de la actual globalización. Nada que ver. El discurso actual privilegia el desmantelamiento de los mecanismos estatales de protección económica y de redistribución implementados en el siglo XX. Al privilegiar el libre mercado, la globalización proclamó que había llegado la hora del “mundo sin fronteras”: el capital no tiene patria.

No, dice IW: “El antiestatismo generalizado, al deslegitimar las estructuras del Estado, ha vulnerado un pilar esencial del moderno sistema mundial sin el cual no es posible la acumulación incesante de capital. La celebración ideológica de la llamada globalización es el canto del cisne de nuestro sistema histórico que ha entrado en crisis. La pérdida de esperanza y el miedo que la acompaña son parte de la causa y el síntoma principal de esta crisis. La era del desarrollo nacional como meta plausible ha terminado” (1).

Los sistemas no son eternos: tienen comienzo y fin, así como ciclos Kondratiev de largo plazo. Tienen mecanismos que tratan de reinstaurar el equilibrio y a veces tienen éxito. Por eso el sistema puede resistir las revoluciones, como la francesa y la rusa, que no llegaron a lograr la transformación social que sus partidarios esperaban.

El problema viene cuando las premisas básicas se deslegitiman, siendo una de las más importantes el “principio inevitable del progreso”. Cierto, ahora se rechaza que “la inagotable acumulación de capital sea el principio que gobierna la organización social”.

Dice IW que existía una triada de ideologías –conservadores, liberales y socialistas– compitiendo políticamente casi en todas partes. Mayo 1968, al revés de lo que muchos creen, expresó claramente la imposibilidad de reformar al Estado desde la política. Todos sufren, pero sobre todo asistimos a la crisis final del “liberalismo centrista” (que incluye a los socialdemócratas).

Estamos atravesando entonces momentos de bifurcación sistémica de transición histórica. El capitalismo ya no “hace sistema” en el sentido que lo entiende Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química de 1977: “cuando un sistema, biológico, químico o social se desvía mucho, y de manera muy frecuente, de su situación de estabilidad, ya no puede reencontrar su equilibrio: esa es la bifurcación”. En 30 o 40 años emergerá un nuevo sistema: podría ser un sistema de explotación más violento que el capitalismo, así como también un modelo más igualitario y redistributivo. Depende de lo que hagamos.

Wallerstein se nutrió de Marx, Franz Fanon y Fernand Braudel y dirigió el centro que lleva su nombre en la Universidad de Binghamton (EEUU). Se ufanó de pertenecer a la Banda de los Cuatro, con Samir Amin, André Gunder Frank y Giovanni Arrighi. Fue amigo de Aníbal Quijano, Ramón Grosfoguel y frecuentó el Foro Social Mundial de Porto Alegre. En su última columna, escrita hace dos meses, dijo: “Nadie vive para siempre. Por eso hace tiempo dije que mi columna 500 sería la última. Ya la escribí y digo chau” (2). Que descanse en paz.

1) Utopística, Siglo XXI Editores. México, 1998.

2) https://www.iwallerstein.com/category/commentaries/

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