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Memoria de un guerrero victoriano

Con el probable regreso de Paolo Guerrero a Alianza Lima, publicamos un breve perfil, extraído del libro Benditos, 13 historias no aptas para incrédulos, que resume su inicio en el club blanquiazul.

Es su casa. El ‘Depredador’ ha participado en varias ediciones del ‘Día del Hincha Blanquiazul’. Fue de los que más cariño recibió por parte del pueblo victoriano. Foto: difusión
Es su casa. El ‘Depredador’ ha participado en varias ediciones del ‘Día del Hincha Blanquiazul’. Fue de los que más cariño recibió por parte del pueblo victoriano. Foto: difusión
Renzo Gómez

José Paolo Guerrero Gonzales llegó al mundo en los primeros minutos del primero de enero de 1984. Su familia asegura que fue el Niño del Año. Nacer en el hospital Edgardo Rebagliati y no en la Maternidad de Lima se lo impidió. La vida le reservaría no pocas distinciones, sin embargo. El hijo de José Guerrero y Petronila Gonzales nació futbolista. Sobrino nieto de ‘Huaqui’ Gómez Sánchez, gambeteador puntero de los cincuenta que brillara en Alianza Lima y River Plate; sobrino de ‘Caíco’ Gonzales Ganoza, imponente arquero aliancista de los ochenta; y medio hermano de Julio ‘Coyote’ Rivera, veloz extremo de Sporting Cristal, son las principales ramas de su estirpe, de acuerdo a sus genes maternos.

Paolo Guerrero de niño: su infancia e inicios cuando jugaba por Alianza Lima división menores. Foto: archivo

Su padre, un delantero aficionado, también fue determinante: le legó el peso de un apellido que honra y, de paso, lo define. Y por si eso no fuera suficiente, lo bautizó como Paolo en referencia al italiano oportunista Paolo Rossi, campeón y máximo goleador en España 82, nuestra última parada en copas del mundo. Su segundo nombre eclipsaría al primero hasta desaparecerlo. Ungido como futbolista, su acercamiento al balón fue natural e inevitable. Dormía abrazado a este, como otros niños cierran los ojos abrazando osos de felpa.

Chorrillano por herencia, su primer equipo fue de un distrito colindante: Las Águilas de Barranco. Una anécdota, en realidad. Duró meses. A los siete años, Paolo Guerrero se probó en Alianza Lima gracias a una mentira piadosa de su madre: le dijo a Rafael ‘Cholo’ Castillo, histórico cazatalentos victoriano, que el cuarto de sus hijos tenía diez años. Su talento y un porte de centrodelantero que ya asomaba colaboraron para consumar su ingreso.

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Diente de oro

«Hay dos Guerreros. En privado soy una persona serena y controlada, pero en la cancha soy otro», explicó, en su momento, sobre sus impulsos. Antes de ser el Depredador, a Paolo Guerrero lo conocían como Damián en su barrio chorrillano de la primera cuadra de la avenida Brasil. Ponía al centro a la gente. Reventaba sartas de cohetecillos en los edificios de madrugada. Tumbaba las carpas en los campamentos. «Era un conchesumare», dice sin filtro su primo Francisco Rojas. «Veía una chapa, y quería hacerte una huacha para vacilarte».

Otro de sus apodos fue Chupadedo, fruto de una manía que bien podría relacionar a su pulgar babeado con doña Peta, su madre. Augusto Rey, exregidor de Lima y compañero de carpeta en Los Reyes Rojos, da más señas. Una vez, en tercero de media, luego de pelotear, Paolo rechazó el almuerzo en casa de Rey. «Si no como en mi casa, mi mamá se va a molestar», recuerda que le dijo. Muchos años después, cuando comenzó a destacar en el Bayern Múnich, Paolo lo invitó a dar un paseo en su lujoso Audi. De casualidad, al estacionar chocó levemente con el sardinel. La frase instantánea de un Paolo, veinteañero e independiente, es reveladora: «Mi mamá me va a matar». Lo que dicta doña Peta era (es y será) ley.

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Como los mandatos de Constantino Carvallo, el desaparecido fundador de Los Reyes Rojos y dirigente de Alianza Lima, quien becó a Paolo en sexto de primaria, y se preocupó por convertirlo, más que en un crack, en una persona íntegra. No obstante, su visión humanista no lo reprimió a la hora de avizorar su futuro: «Es la estrella de esta generación». A diferencia de los otros muchachos del proyecto Corazoncitos azules, Paolo se adaptó sin sobresaltos. «No era un niño abandonado como alguno de los otros. Tenía otra jerarquía, otro nivel económico y cultural», recuerda Guillermo Reaño, exsubdirector del colegio y su profesor en sexto grado.

Una corona dorada cosmética con la que Paolo recubría uno de sus incisivos era el signo de esa distinción. Sí, a los doce años Paolo Guerrero lucía, en la escuela y las canteras victorianas, un diente de oro. Un pedronavajismo extraño para la edad, que finalmente desestimó no mucho tiempo después. Comprendió el sentido de la igualdad. «No se ponía su mejor ropa por estar como nosotros que no teníamos, pero cuando se iba a un tono sí se ponía bien charly», señala Roberto Guizasola, compañero de Paolo en la delantera íntima hasta el arribo de Jefferson Farfán

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