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Mirko Lauer: “Castillo existe como persona e inexiste como político”

Lauer publicó recientemente el poemario Las arqueólogas, con el sello Álbum del Universo Bakterial.
Lauer publicó recientemente el poemario Las arqueólogas, con el sello Álbum del Universo Bakterial.
Emilio Camacho

Un día después de la obtención del voto de confianza del gabinete de Mirtha Vásquez, usted ha preferido reseñar tres poemarios. Me preguntaba si allí había una intención oculta, si con esto usted ha querido decirles a los políticos que se están volviendo cada vez menos interesantes, y que es mejor sentarse a leer un poco de poesía.

No, no hay un subtexto, pero, sobre todo, no hay un mensaje a los políticos. Es decir, yo nunca he pensado que escribo para los políticos. Yo escribo para los lectores, que en su inmensa mayoría no son políticos. Y más bien busco momentos para robarle a la política un poco de espacio para la cultura. Este es un periódico con pocas páginas, donde algunos aspectos culturales necesitan toda la ayuda que puedan recibir.

De acuerdo.

Entonces, yo escribo para diversos públicos. Sin duda hay un público que lee la política pura y dura. Pero también hay, creo yo, la lectoría cultural, y después está la lectoría de temas internacionales. Y también están los que se interesan por temas insólitos y novedosos, que muchas veces solo leen mi columna y solo tienen ese canal para informarse sobre esos temas. Entonces, yo diría que soy un columnista para toda ocasión.

¿Cuánto tiempo tiene como columnista?

En La República, no lo tengo clavado, pero pronto voy a cumplir 40 años.

Es mucho tiempo.

La vejez produce esas cosas.

¿Y qué es lo más grato de escribir una columna diariamente?

Poder expresar una opinión personal. Yo creo que eso es lo más agradable de ser columnista. En segundo lugar, probablemente la oportunidad de ordenar las ideas o las pocas ideas que puedo tener sobres algunos temas. Eso es también muy agradable. Y luego en un tercer lugar, como mención honrosa, hay una suerte de diálogo con el mundo exterior, que también es una cosa que enriquece mucho, que me es muy grato, que lo ha sido especialmente en la época de la cuarentena y de los encierros, y que tiene que ver con la gente que me sigue en Twitter y con esos amigos peligrosísimos que ningún periodista debería tener; que siempre dicen “muy buena tu columna”, que es un camino rápido para el deterioro de cualquier columnista.

¿Y qué es lo más ingrato, que es lo peor que han dicho de usted como columnista?

¿Lo peor que han dicho de mí como columnista? Uy. No he llevado una línea, pero como ocurre con un columnista variado, no sé. He sido acusado de cortejar el tema irrelevante, he sido acusado de eludir deliberadamente algún tema de enorme importancia política, he sido acusado de todo tipo de tendencias en el campo ideológico-político: he sido acusado de comunista, de aprista, de alanista, de trotskista. En fin, todas las acusaciones que sirven para un columnista que quiere mantener la mente abierta y el interés fresco por los temas de actualidad.

Luis Jochamowitz dijo alguna vez que es un despropósito de los periodistas querer contar o interpretar el mundo cada 24 horas, que es casi como una neurosis. ¿Usted coincide con él?

Ah, totalmente. O sea, sí. Sí estoy de acuerdo que es un despropósito. Es una neurosis, sin duda alguna. Tiene algo de pretencioso, por cierto. Salvo que uno viva de eso.

Claro.

Que ha sido mi caso a lo largo de estos 40 años.

¿Cómo se puede lanzar una nueva idea sobre un personaje -se me ocurre el nombre del presidente Castillo- cuando un buen número de ciudadanos ya tiene un juicio formado sobre él? El IEP dice que lo que más reclama el pueblo al presidente Castillo es su falta de liderazgo y su incapacidad de gobernar. ¿Qué se puede aportar allí, cuando ya hay una opinión extendida?

Bueno, lo único que se puede aportar en este negocio: una visión propia. Si esa idea es novedosa o es simplemente trillada, es en realidad para el columnista un tema secundario. Uno no puede expresar y dar una idea que uno no tiene. En esos casos, lo saludable, lo recomendable es ponerla entre comillas, porque es casi seguro que alguien la ha dicho antes, y que uno la ha leído en otro lugar.

¿Qué es lo más interesante del presidente Castillo?

Creo que es una persona, vamos a ponerlo así, común y corriente, que no parece tener ninguna virtud excepcional, que es el típico hombre de la calle, que, en este caso, ha transmutado en el típico hombre del campo, cajamarquino, si queremos verlo así. Sin embargo, le ha caído encima una representación, una simbolización. La gente tiende a ver esa representación como un tema étnico, ¿no es cierto? A mí nunca me ha parecido tanto. Creo que desde Luis Sánchez Cerro, pasando por el general Velasco, o aterrizando en Ollanta Humala o Alejandro Toledo, la cuota étnica del mestizaje peruano ha estado bastante bien servida. El tema no va por ahí. Creo que lo que simboliza y representa Pedro Castillo es un desagrado universal en el Perú por la política misma. Es decir, no solo el desagrado representado por el antifujimorismo, harto de la figura de la candidata Keiko Fujimori, sino también el desagrado por todo el paquete partidario.

En Pedro Castillo, creo que la población del Perú, la mayoría de las 40 mil personas que le dio el triunfo, encontraron a la persona más distante de lo que puede y debe ser un político. Y en eso, Pedro Castillo no es un político propiamente hablando. Creo que nadie se refiere a él, casi, por lo que yo he oído y leído, como un político. Y yo diría más: Pedro Castillo no está haciendo política realmente desde su presidencia. Pedro Castillo está dedicado a aprender a hacer una serie de cosas. Está aprendiendo a ser funcionario público; está aprendiendo a presentarse ante los medios y ante el público; está aprendiendo a no decepcionar, de ahí, creo yo, provienen todos sus largos silencios, sus demoras. Y en ese sentido, es efectivamente un personaje sumamente original, en la política peruana. A esta política, en la que se venía anunciando un outsider desde hace más o menos 30 años, de pronto, ha llegado un verdadero outsider. Que no solo es un outsider de la política, es un outsider de todo.

¿Cómo?

Es un outsider, sí. Y en esa medida, creo que esa pregunta sobre si lo está haciendo bien o lo está haciendo mal no tiene mucho sentido. Lo único que cabe advertir en Castillo es que lo está haciendo, simplemente. Está habitando ese Palacio. Está encarnando esa función. Y dentro de eso se está moviendo pasito a paso en la dirección que en ese momento le parece la más conveniente, la menos peligrosa, la más útil, hasta de pronto la más simpática.

Si la pregunta sobre si lo está haciendo bien o mal no tiene sentido, ¿también es un poco inútil hacer esos balances sobre sus 100 días en Palacio?

Es un hábito que tenemos los periodistas, hacer el balance. Lo que pasa es que en esa medida, Castillo descoloca al periodismo político, totalmente. Es esa capacidad de descolocar desde la inexistencia la que ha mantenido el clima de confrontación y de encono que hubo en la segunda vuelta. De alguna manera, la segunda vuelta no ha terminado y la segunda vuelta no puede terminar. No puede terminar, porque hay, pues, en el resultado de la segunda vuelta, es decir, en la presidencia, una persona que no puede ni defraudar ni satisfacer. Lo único que puede es estar ahí.

O sea que la única virtud del Presidente es existir.

Exacto.

Vaya.

Existir como persona e inexistir como político, es eso.

De repente, lo que puede ser interesante en el futuro del presidente Castillo no es tanto él, sino los personajes que se vayan a declarar sus enemigos. Por lo que hemos visto en la discusión de ayer en el Congreso, ya hay un sector del cerronismo, de Perú Libre, que está en contra del gabinete. Las redes sociales bromean con eso, hablan de un fujicerronismo. Parece que esa es la novedad. Lo único que se mueve en la política son los adversarios del gobierno.

Diría que sí, que en la política hay mucha gente que se mueve. Pero yo no estoy muy seguro si se mueven como adversarios del presidente, por todo lo que le vengo diciendo sobre la inexistencia de Castillo. Es muy difícil ser adversario del presidente.

¿Por qué?

Para que uno sea adversario del presidente, tiene que haber, efectivamente, un presidente político. Mire usted lo que pasa en el caso de la gente de Cerrón, por ejemplo. Ellos no están en contra del presidente, están en contra de la ministra Vásquez. Es evidente que, si la ministra Vázquez fuera cambiada por otra ministra u otro ministro, pues de pronto el voto del cerronismo cambiaría. Por lo tanto, su problema es la primera ministra, el problema no es Castillo.

En la extrema derecha tampoco hay una fuerte voz anti-Castillo, lo que están es en contra del comunismo, están contra del peligro comunista, del peligro chavista, de la posibilidad de que todo se desmorone. Pero Castillo no es lo que más aparece, si hiciéramos estos conteos cibernéticos de palabras mencionadas, en sus comentarios. Y en el caso del centro político, nadie sale a votar diciendo “estoy a favor del presidente Castillo”, la gente sale a votar diciendo “gobernabilidad”, “seriedad política”, una serie de cosas de ese tipo. Entonces, yo no creo que haya realmente un sector anti-Castillo; y, por eso, de alguna manera, esto que llaman el cerronismo fujimorista o el fujicerronismo, yo qué sé, en realidad, son maneras en que los políticos se están acomodando entre ellos.

Alguna vez ha dicho, se lo dijo a Pedro Salinas si no me equivoco, “en el Perú, la prensa es demasiado política y estatal”

Sí.

¿Sigue creyendo eso?

Yo no sé si lo dije exactamente así. Creo haber dicho que la prensa política es demasiado estatal.

Explíqueme eso.

A ver, con eso no quise decir que la prensa fuera oficialista, que lo puede ser mucho. Lo que quería decir es que es una prensa esencialmente pobre, donde los principales productos de la economía son productos de exportación, minería, agroindustria, pesca, que no necesitan poner avisos en los diarios, donde el mercado es muy chiquito como para un avisaje importante. Los periódicos y los medios en general tienden a ser pobres. Y al ser pobres, cuidan mucho el precio de las noticias. La noticia cuesta. Puede costar muchísimo. ¿Cuál es la noticia que no cuesta? Es la noticia que se produce en la puerta del Congreso, en la puerta del ministerio, en la puerta de cualquier institución de tipo estatal. ¿Qué significa esto? Que un periódico, un canal, etcétera, puede despachar a la puerta del ministerio a un joven que va a ganar bien poquito, que ya ni siquiera necesita tener un micrófono, porque con su celular se resuelve el problema, que simplemente hará las mismas dos preguntas en todas las circunstancias en el Perú. “Señor ministro, señor director, señor congresista: ¿qué ha sucedido? y ¿qué piensa usted?”. Estas son las dos preguntas esenciales para las cuales las respuestas son más o menos parecidas. Entonces, por eso el periodismo, decía yo a Pedro Salinas, es estatista. Y eso empobrece mucho la noticia. Muchísimo. Porque hacer un gran informe sobre qué está pasando en las regiones donde hay gobernadores investigados o perseguidos, y qué piensa la gente sobre esta actividad, digamos, en unas ocho regiones; ese es un informe formidable, utilísimo y necesario.

Pero muy caro.

Sumamente caro. Nadie quiere pasear a un periodista, de otro nivel, por ocho regiones, durante el tiempo que eso exige.

Hablando de regiones, esta sí es una pregunta al analista político, ¿por qué cae la popularidad del Presidente en las regiones que lo apoyaron en las elecciones?

No sé, yo no tengo una idea clara, pero creo que es, vamos a llamarlo, una caída natural, en el sentido de que lo insólito no es la caída de Castillo, lo insólito es que un Presidente de la República fuera tan popular en esos lugares. Dicho de otra manera, estamos ante la rectificación de una ilusión óptica. Era un apoyo condenado a ser instantáneo. No nos olvidemos que Pedro Castillo fue un candidato instantáneo. La victoria fue instantánea. Y, por lo tanto, el apoyo que recibió también partió.

Fue fugaz.

Todo eso demoró, 80, 90 días en desinflarse. Pobres, departamentos del sur y otros simplemente han regresado a opinar sobre el presidente de la República, más o menos lo mismo que opinaron sobre anteriores presidentes de la República. Eso es más o menos la idea. Y esa opinión tiene que ver con que la política transcurre en Lima, tiene que ver con que los medios llamados nacionales no tienen una penetración tan fuerte como solemos pensar desde la capital; y tiene que ver también con que la preocupación central en esas zonas es con los políticos que están más cerca de ellos. Por eso es importante la radio de provincia. La radio de provincia termina interesando mucho más que La República o que El Comercio.

Caray.

De todas maneras, es que está ahí todos los días, toca los temas que todos conocen, menciona los nombres que todos saben.

¿Qué haría si no tuviera la responsabilidad de escribir diariamente?

Bueno, probablemente dedicaría mucho más tiempo aquello a lo cual le dedico mucho tiempo ahora, que son mis intereses académicos: la parte literaria, los ensayos literarios, escribir poesía, hacer trabajos sobre artes plásticas; en fin, yo tengo demasiados intereses de ese tipo. Y a cada uno de esos intereses le robó un poco de tiempo y de energía para poder ponerlo en el interés por la política. Entonces, sí, la figura es que simplemente mis otras actividades tomarían el espacio que le doy a la columna.

¿Va a publicar un próximo poemario?

Acabo de publicar Las arqueólogas con el Álbum del Universo Bakterial, hace quince días. Ha salido ya una tercera edición de Sologuren, en España, que es un libro que ya he publicado hace más de un año. Y fuera de eso, nada. Estoy terminando un libro sobre las artes plásticas a lo largo de 200 años de República, que es una investigación para la Universidad San Martín de Porres. Lo voy a entregar a fin de año, no sé cuándo lo saquen, probablemente como libro electrónico, que fue el destino de mi trabajo Kuélap - Machu Picchu. Comparaciones. Y eso es. Tampoco es que esté yo en un torbellino de productividad, digamos.

¿Y ha dejado su etapa de investigador gastronómico?

Sí. Eso lo hacía un poco compartiendo el interés por el tema con mi amigo Johan Leuridan, que era decano en la universidad. Y ahí, a lo largo de los años, llegué a escribir o armar seis libros sobre el tema. Y, bueno, ya me he cansado. Son muchos libros, son muchos años. Tampoco tengo nuevos espacios en los cuales irrumpir. No me imagino escribiendo otro libro de gastronomía, en general.

Sí, pues, además que la pandemia ha cerrado un poco los espacios gastronómicos.

No, pero, además, yo no soy propiamente un especialista y en mi conocimiento de lo gastronómico, que es finalmente el de invitado, no tengo acceso a otros espacios… ¿Qué más voy a decir? “¿Qué más voy a ver decir?”, debería ser el lema de un columnista diario de hoy. Y no sería un mal título para una columna diaria. ¿Qué más voy a decir?

Es bueno.

Lo malo es que también tiene un olor a epitafio terriblemente feo.