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Domingo

El exrevolucionario tirano

Intelectuales de izquierda repudian las acciones del mandatario nicaragüense Daniel Ortega. El exguerrillero se ha convertido en un tirano que persigue y encarcela a sus detractores. Este es el escenario de cara a las elecciones del 7 de noviembre.

La dupla de Rosario Murillo y Daniel Ortega planea ir por la tercera reelección. (AFP)
La dupla de Rosario Murillo y Daniel Ortega planea ir por la tercera reelección. (AFP)
Juana Gallegos

Del guerrillero que luchó en el Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura del clan Somoza, en la década del setenta, no queda nada. Daniel Ortega, el actual presidente de Nicaragua, atornillado en el poder desde el 2007, hace catorce años, buscará su tercera reelección en noviembre próximo en unas elecciones que se maquinan fraudulentas.

Ortega, de 75 años, se ha convertido en lo que combatió en su juventud: un dictador que encarcela a sus adversarios políticos, que persigue periodistas, que manipula las leyes a su antojo, que viola los derechos humanos y que ha hecho de su país el feudo de su familia.

Su último movimiento para quedarse en el poder fue empezar una cacería contra otros aspirantes a la presidencia. Desde junio, la policía de Nicaragua –que dirige Francisco Díaz, consuegro de Ortega–arrestó a siete precandidatos bajo cargos difusos como ”atentar contra la sociedad nicaragüense y los derechos del pueblo”.

La última detenida en su domicilio fue la ex Miss Nicaragua Berenice Quezada, postulante a la vicepresidencia por la Alianza Ciudadanos por la Libertad, acusada por llamar a “votar masivamente” contra la “dictadura”. También fue arrestado el líder campesino Medardo Mairena al conocerse sus pretensiones electorales, una figura emblemática de las protestas del 2018, que, en ese entonces, fue condenado a 216 años de prisión y, posteriormente, amnistiado.

Las protestas de Managua de hace tres años fueron un punto de quiebre en el régimen de Ortega. En ese entonces, miles de nicaragüenses tomaron las calles en contra de los ajustes fiscales, sin imaginar que la represión policial se recrudecería a niveles nefastos dejando más de 300 muertos –muchos de ellos con balazos en el cuello y la sien– cuantiosos heridos y disidentes perseguidos que tuvieron que huir del país.

“Somos estudiantes, no somos delincuentes”, le gritaron los universitarios a Ortega. Uno de ellos, Lesther Alemán, que lo llamó asesino públicamente, también fue apresado hace poco. “En Nicaragua estamos enfrentando una dictadura en papel, se han aprobado leyes que persiguen la participación política de la disidencia [...] aquí es más fácil ver a un policía con armas de alto calibre que un árbol”, le dijo a El País.

La prensa también ha sido atacada por orden del exguerrillero sandinista: “Los periodistas son perseguidos, asesinados, los medios, cerrados”, le dijo a El Independiente, Carlos Fernando Chamorro, editor de la revista El Confidencial, cuya oficina fue allanada y confiscada por la policía por cubrir las protestas del 2018. Chamorro ha huido de su país por segunda vez tras el allanamiento de su casa, pese a todo, sigue hacien- do periodismo.

“Plumas llenas de odio”, “terroristas de la comunicación”, “hipócritas”, así llama a los periodistas independientes Rosario Murillo, esposa de Ortega y vicepresidenta de Nicaragua desde 2017. La prensa asegura que nada se mueve en el gobierno sin su consentimiento y que es la principal promotora de la mano dura contra los detractores de su marido.

Los analistas afirman que esta ola de persecución preelectoral respondería a un temor de Ortega a perder el poder. Las encuestas demuestran que su popularidad está por los suelos, apenas llega al 20%, una de las más bajas del continente según Gallup. Su halo de revolucionario que liberó a Nicaragua de las garras de Anastacio Somoza –el último de la familia que gobernó cuarenta años– ya no existe, se ha transformado en un “autócrata” como él.

Así lo llamaron 140 intelectuales de izquierda que han firmado una carta de repudio en su contra, entre los que figura el expresidente uruguayo José Mujica. “Ortega se enfermó de poder o está enfermo por mantenerlo –dicen—, no es digno ni decente defenderlo cuando por ‘razones políticas’ nos conviene y callar cuando no”.