Noticias desde la burbuja olímpica

Dormir poco, pasar invicta los controles de COVID-19, correr para cubrir las competencias, ver llorar a los grandes del deporte, así vive la reportera del Grupo La República, Milagros Crisanto, su paso por los Juegos Olímpicos Tokio 2020, que se disputan sin público y con estrictos protocolos de bioseguridad.

Los reporteros son los ojos del mundo en los Juegos Olímpicos Tokio 2020, se restringió el ingreso al público para evitar contagios. Crédito: AFP
Los reporteros son los ojos del mundo en los Juegos Olímpicos Tokio 2020, se restringió el ingreso al público para evitar contagios. Crédito: AFP
Juana Gallegos

Su primera prueba de fuego fue pasar invicta los controles de la COVID-19 en el aeropuerto internacional de Narita en Japón. Allá llegó sin aliento tras más de veinte horas de vuelo con escalas. No sabía que le esperaban seis horas más de papeleos y largas colas que terminarían con un escupitajo en un tubo. Tenía que hacerse una prueba de saliva de descarte de SARS-CoV-2 que finalmente dio negativa. Solo así pudo pasar el control de Migraciones y reunirse con su maleta.

El itinerario de viaje de la enviada especial del Grupo La República, Milagros Crisanto, así como el de decenas de periodistas que fueron a cubrir los Juegos Olímpicos Tokio 2020, ha sido de lo más extraño y accidentado. La pandemia propició todo un ritual de controles que se tuvieron que cumplir a rajatabla para tener acceso a la máxima competencia del deporte mundial que fue postergada el año pasado.

En condiciones normales, Crisanto se habría preocupado a lo mucho por el cambio de horario y el idioma, pues no habla japonés, pero, dada la crisis sanitaria, tuvo que prestar atención a otros pendientes antes de viajar. Durante quince días registró su estado de salud en una aplicación que se bajó en el celular: si tenía síntomas de COVID-19, si había tenido contacto con algún contagiado, si había dado positivo, entre otra información personal. Se hizo, además, dos pruebas moleculares 96 y 72 horas antes de arribar al país del sol naciente.

La prueba de saliva que se realizó en el aeropuerto se la hizo en simultáneo con un grupo de atletas americanos, dos mexicanos, tres chinos y dos periodistas argentinos con los que compartió su vuelo. Si uno de ellos daba positivo, todos serían aislados. Por fortuna, el grupo pasó el test sin problemas. Su segundo reto fue permanecer durante tres días en cuarentena estricta en su reducido cuarto de hotel y salir solo por quince minutos a comprar algo de comer en la cafetería. Un miembro del comité organizador le registraba las horas de sus entradas y salidas como si fuera un celador. Durante este periodo, tenía que seguir haciéndose pruebas de saliva a diario. Y continuaría esta rutina, posteriormente, cada cuatro días durante toda su estadía.

“Las pruebas te las haces en la central de medios, allá recoges tus tubos, entras en una especie de cabina, dejas tu muestra y las depositas con un código QR. Se nos ha hecho costumbre a los periodistas”, dice Crisanto que vive, al igual que los atletas, representantes de comités y federaciones, fotógrafos y colegas periodistas, en una especie de ‘burbuja olímpica’, donde solo tienen contacto entre ellos y no pueden movilizarse libremente por la ciudad.

Los primeros catorce días, Milagros no podrá salir del circuito designado para la prensa, que consiste en ir de su hotel a una central de buses y de ahí a las sedes de las competencias, a donde, incluso, puede ingresar solo con un permiso solicitado con 24 horas de anticipación. Obviamente tiene que usar mascarilla en todo momento y aguantar el calor, pues allá, que está en temporada de verano, la temperatura llega a los 35 grados.

Así se cubren las olimpiadas en tiempos de pandemia, con restrictivos protocolos de bioseguridad y mucho alcohol en gel.

Tokio, en general, no vive una fiesta, no hay hordas de fanáticos alrededor de los estadios ondeando banderas, solo se ven a algunos tomándose selfies a discreción, cerca de las sedes, o en el parque donde están las mascotas de los juegos. El estado de emergencia aún está vigente, de hecho, se ha ampliado hasta fines de agosto por el repunte de contagios con la cepa delta. Sus gobernantes han descartado que esto responda a las competencias.

“Hasta el momento no se ha reportado ningún periodista positivo –agrega Crisanto–, aunque hubo deportistas que sí se contagiaron, pero fueron rápidamente aislados”. Los organizadores han reportado 225 casos de contagios en la ‘burbuja’, una cifra baja, han dicho las autoridades, tomando en cuenta que son cerca de 40 mil los que se han desplazado a Japón por las Olimpiadas.

Tren bala, conexión lenta

El centro de operaciones de Crisanto, quien tiene quince años como periodista deportiva, es la central de medios, una ‘torre de Babel’ ubicada cerca a las sedes de las competencias de gimnasia y skateboarding, y a donde llegan colegas de todo el mundo y de todos los idiomas a redactar sus reportes.

Un dato curioso que nos suelta la reportera es que los japoneses casi no hablan bien inglés y entienden más español, por lo que los reporteros de habla castellana están siendo los traductores de sus pares angloparlantes. Otra paradoja que le ha llamado la atención es la mala conexión a internet en la ‘burbuja olímpica’: “Es de no creerse que en el país del tren bala, la conexión al WIFI sea tan lenta y mala. He tenido que comprar un chip de 2G a 3 mil yenes para poder cubrir mis comisiones”, comenta.

Crisanto es una periodista ‘todo terreno’, hace videos, enlaces en vivo, da entrevistas y redacta reportes para las plataformas web de LR, Líbero y El Popular, y cuando la noticia tiene que ser enviada con urgencia, la escribe ya sea en un paradero de bus o sobre la arena en una competencia acuática. Duerme entre cuatro a cinco horas para enviarnos noticias desde el futuro. Allá están catorce horas adelantados.

La cualidad que no tiene esta reportera es la ubicuidad, no puede estar en todos lados, por ello, el domingo 25 pasado, cuando varios atletas peruanos competían de forma simultánea y en distintas sedes, tuvo que repartirse la cobertura con sus colegas de otros medios paisanos para no dejar a nadie en el aire.

“La única competencia que decidimos dejar fuera fue la de skate, donde participaría Ángelo Caro, y mira, finalmente, llegó lejos, yo estaba en remo con Álvaro Torres, tuve que correr ni bien me enteré de que Caro había quedado quinto del mundo”.

Cubrió la participación de la esgrimista María Luisa Doig, que volvía a las competencias de alto nivel tras diez años de ausencia; estuvo al lado del boxeador José María Lúcar que le relató con frustración las precariedades de su federación; se conmovió viendo llorar al surfista Lucca Mesinas, que perdió contra un australiano que se llevó la medalla de bronce.

Ha estado, además, en las competencias de natación, tiro, karate, vela. En gimnasia siguió a la joven Ariana Orrego, que compitió contra la multicampeona del team USA Simone Biles y a quien respaldó en su decisión de abandonar las olimpiadas priorizando su salud metal. “Primero somos personas”, le dijo en una entrevista.

Crisanto se prepara para la recta final de su cobertura en Japón y continúa pasando pruebas de descarte de coronavirus cada cuatro días. Ella, al igual que toda la prensa, es los ojos del mundo en la ‘burbuja olímpica’, a donde no ha podido ingresar público.

Tokio 2020 pasará a la historia por ser uno de los juegos más extraños, y no solo porque se ha disputado en un año impar.