Peruanitos

José Carlos Huayhuaca es cineasta, escritor y profesor universitario. Foto: La República.
José Carlos Huayhuaca es cineasta, escritor y profesor universitario. Foto: La República.
Columnista invitado

Por José Carlos Huayhuaca.

I

Un retrato grupal, al aire libre, de ocho niños, paraditos y muy juntos, posando en compañía de la bandera peruana, que flamea en lo alto recortada contra el cielo. Son una mujer y siete varones, cuyas edades van de dos a diez años, con expresiones y posturas que suscitan ternura e incluso una sonrisa. Es de día y con sol, y todo se sitúa en una cima. Tras ella se extiende una amplia llanura cuyo confín apenas nos permite divisar, ya desdibujada por la distancia, una cadena montañosa. Atrás también, pero en el lado derecho, hay una cortina de árboles, o acaso la línea frontal de un denso bosque; y a la izquierda, podríamos decir que casi al pie del cerro, se ve ¿un ómnibus detenido y un tramo de pista?, ¿o es la calamina de un largo galpón y una carcasa de ómnibus? No importa, el hecho es que contribuye como un elemento, digamos intermedio, en una fotografía que, partiendo del elevado primer término en que se hallan los niños, se amplía y va ahondándose hasta el horizonte, allá a lo lejos.

II

Se me ocurre que quien leyera este texto hasta aquí, sin ver la foto correspondiente, podría imaginársela como una ilustración de tarjeta postal, o aun como un póster producido por no sé qué agencia publicitaria, con su fácil y, naturalmente, esperanzador mensaje de patriotismo–incluida la previsible alusión, por la presencia de los niños, a un futuro donde el sol de un nuevo amanecer ya despunta–.

O, si es fantasioso y con afición a las historietas, la verá en su mente como el registro épico de unos pequeños héroes montañistas que acabaran de alcanzar alguna cúspide a su medida, y ahora, habiendo izado una bandera de validación, posan, cual Tenzing Norgay y Edmund Hillary en miniatura, para la inmortalidad... de los álbumes familiares.

Error. Se trata de lo contrario, pues las impresiones que suscita la presente fotografía, si la observamos con minuciosidad, son harto complejas e inquietantes, y apuntan en otra dirección de significado. Volvamos a verla.

El escenario no es la cumbre de una grácil loma costeña, o de una verde colina de ceja de selva. Es una escarpadura de puna con su agreste suelo rocoso, donde asoman un par de punzantes brotes de ichu o paja brava, más una planta desagraciada que evidentemente lucha por sobrevivir. El día soleado al que me referí no se ve; solo es fruto de una deducción a partir de las sombras que proyectan sobre el piso los niños ubicados a la derecha –pues la iluminación frontal que da sobre el grupo, permitiendo definirlos con nitidez, proviene del estallido de un flash–. No obstante la ausencia de nubes, el cielo, en lugar de lucir un color azul transparente común a tales zonas en un día despejado, es más bien un poco tenebroso, tirando arriba al marrón fuerte hasta llegar, en degradé, al beige deslavado de la parte inferior. No hay nada terso aquí, pues la foto entera tiene diversos grados de virado al sepia, con su consiguiente granulación, que la hace lucir como si fuera antigua. No hay tersura alguna, repito, salvo en la bandera que, si bien es pequeña, se ve reluciente – pero el asta que la sostiene no es más que un palito endeble y medio torcido, acaso enca- jado de modo transitorio entre pedruscos–. Así, la atmósfera general tiene un toque de dramatismo, que provoca cierta turbación.

Peruanitos

En cuanto a los protagonistas del retrato, son una pequeña sociedad –digámoslo así– de niños andinos muy pobres, como lo indican su tipo étnico, sus ropitas abrigadoras contra el frío, y sus mejillas quemadas por el clima de altura, por una parte; por otra, el hecho de que tales prendas, más grandes o más chicas de lo debido, son evidente donación de ONG (salvo los chullos y un par de sombreros, al parecer propios de comunidad andina), además de las infaltables bolsas de plástico, humildísima manera de llevar comidita, agua, ciertos útiles.

¡Y sus expresiones faciales! No hay sonrisas (excepto las incómodas o nerviosas, de los niños mayores, a izquierda y derecha del encuadre) ni la actitud confiada y juguetona habitual en los chicos de la urbe ante una cámara. Están boquiabiertos de sorpresa, sin comprender del todo qué sucede, ni por qué se fijan en ellos; asustados o confundidos, quizás no les queda más que obedecer al párate allí, mira a la cámara, sonríe. Incluso la niña, entre cohibida y curiosa, parece esconderse tras el resto. Entre ellos, son los menores quienes, previsiblemente, se expresan con mayor transparencia: las manitos desasosegadas del niño que se halla al centro; y la joya de la corona: la cara del más pequeñito, a medias cubierta por el gorro –indebidamente grande– que sin duda se pregunta “¿y este señor quién es, qué es lo que hace?”.

Así y todo, nos colman de ternura precisamente por sus rostros y sus trazas, su inocencia plena, su inmensa vulnerabilidad. Son nuestros niños, pues compartimos la misma bandera.

III

Es momento de saludar a Morfi Jiménez, el reconocido fotógrafo limeño a quien le debemos esta foto. La tomó, en blanco y negro, muy cerca al 28 de julio de 2007, a su paso por una escuelita de la comunidad de Colpa, en Puno. Vio a los niños y la bandera, vio el espacio inmediato y el panorama del fondo y vio la fotografía.

Contrario, por opción estética, a la toma de vistas casual, dispuso, con el permiso de la maestra, a los niños a un lado y otro de la bandera, de espaldas al vasto paisaje, ubicándose él mismo unos escalones por debajo del nivel de aquellos. Pero se abstuvo de dirigir su expresión, actitud o postura, para captarlos al fresco y disparó cuando un viento favorable avivaba el pabellón nacional. Ya en su estudio, Jiménez procedió a colorear la imagen, a la manera de los retratos de abuelos y bisabuelos que aún cuelgan en las paredes, para marcar en ella ciertas señas del pasado junto a las del presente, y así otorgarle un aire de atemporalidad.

Pero al hacerlo, aun sin habérselo propuesto, también desancló la foto de un solo lugar (Colpa, en Puno, al costado del Titicaca ), volviéndolo representativo del paisaje andino en general, como si dijera, con César Vallejo: “¡Sierra de mi Perú... yo me adhiero!”.

IV

Ahora bien, ¿qué nos “dice”, a fin de cuentas, la fotografía? Un mensaje a la vez esperanzado y escéptico, a mi parecer. La fe patriótica está presente, ya que la bandera ondea con donaire y como tutelando el ámbito... pero sobre una base precaria, capaz de desmoronarse en cualquier momento. Y presente está cierta niñez conmovedora y preciosa, los peruanos del futuro que, sin embargo, podrían tenerlo todo en contra por la secular postergación que sufren ellos, sus familias y sus pueblos.

Tal es la impresión que me causa esta memorable imagen, que he traído a colación por considerarla muy apropiada en estos días del Bicentenario, en el umbral de un nuevo Gobierno, como si fuera un emblema de los problemas que nos aquejan y de las posibilidades que nos permiten proseguir.

V

Antes de irme, vuelvo a mirar a los niños. Cuánto me gustaría en este momento ser creyente, para poder rezar por ellos, encomendando su porvenir a un dios benévolo que les garantizara siquiera un poco de felicidad. Pero sé que tal cosa no dependerá de nadie más que de nosotros mismos, sus connacionales. ¿Mediante donaciones y filantropía? No, por cierto. Su destino no será configurado por la providencia, cualquiera que sea, sino por una acción política que por fin favorezca a quienes menos tienen, como estos niños. Esa es la tarea de los jóvenes de hoy.