Para una teoría del “malmenorismo”

La Republica

Percibo que los chilenos dejamos de presumir con nuestro “primer Estado en forma” y vemos los avatares de la política peruana como un espejo sorpresivo. Uno que refleja crisis paralelas de la representación democrática, desbordes del Estado de Derecho y crisis o malformación de los partidos políticos.

Por parte peruana, aquello se hizo evidente con el autogolpe de Alberto Fujimori, en 1992. Pero, según mi recuerdo y mis archivos, comenzó a insinuarse desde fines de la dictablanda del general Francisco Morales Bermúdez. Específicamente, cuando el conservadurismo limeño comenzó a mirar la transición democrática con temores de guerra fría. Se autovisualizaba literalmente inerme, ante la amenaza de una hegemonía apromarxista.

Mucho tuvo que ver el centralismo histórico de la Ciudad de los Reyes, el carácter informal de un vasto sector de la economía y el recuerdo de la primera fase socialista del régimen militar. Surfeando sobre esos factores, Fernando Belaunde, de la centroderechista Acción Popular, derrotó al histórico aprista Armando Villanueva. Para la mayoría electoral, el señorial y probo líder acciopopulista volvía como una especie de bien tranquilo. Casi, casi, como un mal menor.

Esa percepción se complicó muchísimo en la elección siguiente. Los dos finalistas fueron el aprista treintañero y doctrinario Alan García y el socialista Alfonso “Frejolito” Barrantes, quien lucía como un marxista duro (entrevistado para Caretas, me había dicho que admiraba a Stalin). En tal coyuntura, el malmenorismo fue inevitable y favoreció ampliamente a García. Barrantes, demostrando que de staliniano real no tenía nada, reconoció su derrota y renunció a competir en la segunda vuelta. Era un buen perdedor y un genuino socialdemócrata.

Mal menor

El peligro de los outsiders

García terminó acosado por el terrorismo, una hiperinflación de miedo y una crítica ecuménica. Quizás por asumirlo, hizo una opción audaz y lamentablemente exitosa: apostó como sucesor por Fujimori, a la sazón un outsider desconocido, contra Mario Vargas Llosa, el peruano más conocido en el mundo, apoyado por la derecha y centroderecha del sistema.

Tras su derrota, Vargas Llosa se dedicó a ganar el Premio Nobel, el Apra comenzó a languidecer, García debió exiliarse, parte de las izquierdas se fue para su casa y otra parte adhirió al terrorismo. Fujimori, que admiraba la mano dura y la gestión económica de Augusto Pinochet, inauguró una dictadura letal, con base en el aplastamiento de Sendero Luminoso, el control de la inflación y la corrupción de las instituciones.

Como mal menor, fue un fiasco con tragedia y fuga. Pero, como ecuación sociopolítica, dejó como legado una paradoja notable. Normalizó la opción por los outsiders, como contracara de la abdicación de los partidos. Taquigráficamente, los electores peruanos se sintieron más libres que nunca para apoyar a postulantes sin carnet de partido. La opción por el mal menor se consolidó como apuesta y engranaje del sistema.

Así fue como el Perú llegó a estas elecciones de 2021, con agrupaciones políticas ad hoc, partidos en proceso de extinción y un malmenorismo rampante.

Entre la esperanza y el acabóse

Por lo dicho, lo sucedido en el Perú nos concierne a los demócratas todos (y todas, para ser inclusivamente correcto). En especial, me hace recordar que, durante los últimos años del fujimorato, muchos peruanos se miraban en el espejo de la Concertación chilena. Les parecía una gran estructura para el buen funcionamiento de un sistema democrático avanzado. Además, era una mirada con tradición de izquierda. El patriarca aprista Víctor Raúl Haya de las Torre solía elogiar la ejemplar institucionalidad política de Chile, sin excluir el comportamiento de los partidos de derechas.

Hoy ese modelo se acabó. La Concertación murió, no hay líderes visibles, políticos de vuelo rasante se configuraron como clase, la polarización se incrustó en el sistema, militantes conspicuos de izquierdas y derechas abandonaron la militancia y un estallido social condujo, in extremis, al inicio de un proceso constituyente. Por lo mismo, también en Chile comenzamos a pensar la política en función del malmenorismo.

En eso estamos. Una cara del espejo muestra a los peruanos viviendo entre el temor y la esperanza y a nosotros, los chilenos, entre la esperanza y el temor.