El legado del castrismo

La Republica

El paso al costado del casi nonagenario Raúl Castro, en el VIII Congreso del PC cubano, tuvo un aire colectivo. Alejándose del modelo comunista-dinástico, inaugurado por Kim Il Sung y seguido por su hermano Fidel, el jerarca entregó todo el poder a la organización. El lema del Congreso lo explicaba desde una pancarta: “El partido es el alma de la revolución”.

Pero todos sabían que era un lema retórico. El alma de la revolución cubana fue siempre Fidel Castro. Su hermano Raúl lo acompañó como primer operador, desde la campaña guerrillera, pasando por la toma del viejo PC, hasta completar 62 años de castrismo puro y duro. Muchos creen que el sucesor, Miguel Díaz-Canel, solo será jefe del partido y del Estado mientras fragua un tercer Castro. Hay hijos (as) y sobrinos (as) que estarían en lista de espera.

Explicable, porque Fidel arrasó con los otros partidos y hasta con los neocomunistas que le planteaban dudas. Desde su innegable carisma, la catástrofe del PC soviético -fruto de la renovación intentada por Mijail Gorbachov- ratificó su muletilla de estar siempre “en las posiciones correctas”.

En ese paisaje, Cuba hoy muestra una disidencia inorgánica, activada por artistas e intelectuales, limitada por las posibilidades de acceso a internet y confinada por la pandemia. Pero, en la realidad cruda, el partido coexiste con una sociedad empobrecida que, como en los cuentos de Leonardo Padura, solo aspira a vivir sin las agobiantes responsabilidades del pasado revolucionario.

Fidel Castro

Algo de historia

Hasta 1934, Cuba fue la última colonia de España y un protectorado de los EEUU. Luego, durante un cuarto de siglo, configuró un frágil sistema democrático y sufrió sólidas dictaduras. A la sazón, los otros países de la región llevaban siglo y medio como repúblicas independientes y habían pasado por guerras civiles, guerras vecinales, revoluciones como la mexicana, dictaduras militares, sistemas políticos pluralistas y democracias más o menos imperfectas.

En ese largo proceso surgieron partidos sistémicos, con doctrinas revolucionarias, en el amplio arco del marxismo-leninismo, el socialismo europeo, el aprismo y el socialcristianismo. Algunos incluso con representantes en altos niveles del Estado. Así estaban hasta que, en 1959, llegó desde Cuba castrista el evangelio con la mala nueva: todas esas organizaciones eran simplemente reformistas y estaban obsoletas. Las “condiciones objetivas” habían madurado para una revolución regional, socialista, por las armas, con o sin “partidos de clase”.

Aquello fue durísimo para los veteranos comunistas. Mientras se aplicaban para crear las condiciones de su revolución nacional, los noveles revolucionarios de Cuba les enrostraban el ejemplo de su “líder máximo”. Ajeno a la prudencia del viejo PC, Castro había creado esas condiciones fusil en ristre y en menos de un sexenio.

La moraleja, fraseada por Ernesto “Ché” Guevara, decía que un puñado de hombres decididos podía derrotar a cualquier ejército profesional.

Crisis de las izquierdas

Ese evangelio cruzó los partidos de izquierda de la región y fue asumido por los jóvenes rebeldes y románticos que, con o sin militancia, soñaban con una revolución socialista libertaria, justa y poética.

Fue el inicio de una áspera “polémica de las izquierdas”, en la cual Castro marcó un punto decisivo con el apoyo de la Unión Soviética. Por sus propios intereses, en el marco de la Guerra Fría y por su competencia con Mao Zedong por el liderazgo de la revolución mundial, los ortodoxos moscovitas torcieron la nariz de su doctrina y validaron la subordinación del viejo PC cubano. Nunca sospecharon que, en 1962, la dinámica de ese apoyo -léase “crisis de los misiles”- llegaría a colocarlos al borde de una tercera guerra mundial.

Con ese potenciamiento, Castro indujo “focos guerrilleros”, maltrató a los comunistas “tradicionales”, ignoró a los socialistas democráticos y se proyectó como líder tricontinental. De paso, insultó a líderes de tanta solera como el venezolano Rómulo Betancourt y el chileno Eduardo Frei Montalva e intervino la transición al socialismo de Salvador Allende. A este incluso le fabricó una muerte “funcional”.

El resultado fue catastrófico. Pronto vino la cruenta derrota de los guerrilleros, el fracaso y muerte del icónico Guevara, la capitis diminutio de las izquierdas democráticas, el golpe militar de Augusto Pinochet y un nuevo ciclo de dictaduras militares en la región.

Como colofón, la implosión de la Unión Soviética terminó con la subvención a la economía cubana. Fue como si la crisis terminal del socialismo real hubiera tenido un anticipo en América Latina, bajo el liderazgo pírrico de Castro.

“Desdemocratización”

Con esa historia por detrás, la opción del PC cubano -al menos mientras viva Raúl- es conservadora: seguir administrando los éxitos del pasado guerrillero, pese a los desabastecimientos y grisuras del presente. Díaz-Canel se limitaría a definir hasta dónde alentar a los inversionistas extranjeros y a los “cuentapropistas”, sin poner en riesgo la colectivización socialista heredada.

Pero, dada la magnitud de la crisis socioeconómica, potenciada por la pandemia, su gobierno tendrá que salir de la utopía congelada, para aterrizar en la realidad quemante. Eventuales “progresistas” postularían una mejor relación con los EEUU y una apertura económica como la vietnamita -país de la mitología castrista-, cuidándose de mencionar la “herejía” china. Eventuales “revolucionarios” irían más lejos, aboliendo las limitaciones a las pymes y aceptando una amplia apertura a los mercados, con la comprensión de un ejército a cargo de las industrias que proporcionan divisas.

Por lo mismo, resulta asombroso que ese castrismo conservador siga siendo el alma de las izquierdas de la región que se alinean en el Grupo de Puebla y defienden las dictaduras de Nicolás Maduro y del matrimonio Ortega. En esa línea están contribuyendo a una “desdemocratización” regional, junto con -entre otros factores- el repudio a los políticos profesionales, la farándula como escuela de cuadros, los periodistas predicadores, la crisis de instituciones tutelares, los estallidos anárquicos, el auge del crimen organizado, y la corrupción del narcotráfico.

Sobre esa base, hoy la polarización política manda y países como Chile y el Perú están al borde de la cornisa institucional. Sintomáticamente, las encuestas suelen mostrar a las instituciones castrenses -base de las dictaduras superadas-, con mejores niveles de aceptación que las instituciones políticas.

La porfiada utopía

En resumidas cuentas, las izquierdas democráticas no supieron sostener su renovación. Las derechas contribuyeron encerrándose en el búnker de la victoria permanente y las izquierdas de Puebla, estacionándose en la utopía castrista.

Lo último es intrigante, porque indica que esas izquierdas nunca procesaron la insólita confesión de Castro a la revista Newsweek, (9.1.1984). Allí el líder dijo lo siguiente: “Ni siquiera oculto el hecho de que, cuando un grupo de países latinoamericanos, bajo la guía e inspiración de Washington, no solo trató de aislar a Cuba, sino la bloqueó y patrocinó acciones contrarrevolucionarias (...), nosotros respondimos, en un acto de legítima defensa, ayudando a todos aquellos que querían combatir contra tales gobiernos”.

En otras palabras, las izquierdas extremas han optado por ignorar que esa América Latina “preñada de revolución”, a la espera de “un puñado de hombres decididos” a que aludía Castro en sus discursos, fue solo una metáfora diversionista.

La lanzó no porque lo creyera, sino para defender mejor su revolución nacional.