Wendy Ramos: “Hay gente que está en primera línea. A mí me ha tocado ser el personaje que no debe estorbar”

30 Ago 2020 | 8:29 h
La actriz asegura que no extraña a Wendy Janet, el personaje de Pataclaun con el que ganó popularidad en la TV. Foto: Hernán Hernández
La actriz asegura que no extraña a Wendy Janet, el personaje de Pataclaun con el que ganó popularidad en la TV. Foto: Hernán Hernández

Actriz, comunicadora.

¿Coaching, motivación, simples ganas de apelar al sentido común para dar consejos? La actriz Wendy Ramos acompaña los días de miles de cibernautas, durante esta crisis, con las charlas que da a través de una plataforma virtual. ¿Cómo medir el éxito de esta experiencia? ¿Cómo enseñarle algo a quien no puede ver? Sobre eso reflexiona en esta charla.

¿Cuál es tu temor más grande?

¿En general o por ahora?

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En general.

Volverme inútil. Ese es mi gran terror. No sé qué me vaya a pasar más adelante, pero me da miedo tener una enfermedad o algo que no me permita hacer todo lo que quiero hacer.

¿Tu papá fue militar?

Sí. Enseñaba mantenimiento de aviones.

¿Dirías que su miedo más grande fue que no pudieras desarrollarte en una sociedad dominada por hombres, muchas veces machista, y que por eso te formó para que vieras en la educación un recurso para avanzar?

Totalmente. Mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años. Así que de pronto mi papá se vio con que debía estar a cargo de mi educación. Y era un militar. Y veía en ese mundo de hombres lo que hablaban de las mujeres. Entonces me recomendaba que estudiara. Y como era maestro encontraba la manera de enseñarme las cosas, no sé, con juegos. Por eso enganché mucho con el estudio y la curiosidad.

¿Cómo calificas a lo que haces, a estas charlas, exposiciones y cursos motivacionales?

No tengo una definición. Justo ando en busca de algo que pueda definir lo que hago. Estoy haciendo todo esto en base a mi experiencia. Si me preguntas qué es lo que me da placer de lo que hago, y es un placer culposo y súper egoísta, es ver que a alguien le vuelven a brillar los ojos porque encuentra algo de sí mismo, o de su trabajo, o de lo que hace, en uno de mis cursos. Más que el aplauso o lo que sea, me interesa que en la otra persona cambie algo, o mejore algo, gracias a lo que estoy haciendo. Creo que la cosa va por allí. ¿Qué es eso? ¿Enseñar desde mi experiencia? No lo sé. Si se te ocurre algo, dímelo (Se ríe).

Algo que te preguntas en tu curso en línea es cómo puede enseñarles algo a personas que no puedes ver. ¿Tienes una respuesta para eso?

Mira, yo hice ese curso con mucho miedo justo por esa frase que acabas de decir. Yo estoy acostumbrada a tener a la gente al frente, a verle los detalles, a ver cómo se paran, cuando se ponen nerviosos de ver sus manos, la tensión que tienen. Estoy pendiente de sus cuerpos para saber por dónde van yendo, porque la mayoría de gente tiende a sonreír cuando no tiene ganas de hacerlo, para que parezca que están bien, porque nos han enseñado que debemos estar bien todo el tiempo, y a veces no lo estás. Y eso no se va a ver en tu cara. Se va a ver en tus manos, en tu sudor, en los movimientos involuntarios. Y yo necesito saber toda esa información para saber por dónde empujar. Y me preguntaba cómo hago todas estas cosas en línea. Cómo payasa estoy acostumbrada a tener público al frente y saber qué cosas funcionan y qué no.

Y de pronto solo tenías una cámara al frente.

Como ahora, que estaba dando una charla para 200 personas y no les veía las caras porque todos estaban con las cámaras apagadas. Y recién cuando termina la charla y veo los comentarios digo: “¡Claro, que sí!”, el mensaje sí llega. Y la intención es esa, que la información llegue. A mi edad, tengo 53 años, me da mucha satisfacción aprender algo nuevo. Ya estoy en una edad en la que todo es figurita repetida. Ya todo te ha pasado, ya te pusieron los cuernos, ya te traicionaron. Y hacer que alguien tenga esa misma sensación, la de aprender, es maravilloso. Y me empiezo a dar cuenta que de esta manera también se puede.

¿Y cómo se le habla sobre proyectos y el futuro a personas que hoy están llenas de miedos primarios, a no comer, a no trabajar, a perder a un pariente, a morir?

Eso depende del circuito en el que estés. Las charlas que estoy dando ahora son para empresas. Y sí, claro, hay mucho miedo en la gente que debe volver a sus plantas, o a sus oficinas. Y yo les aconsejo que se cuiden y les digo qué pueden hacer para bajar un poquito el miedo, la ansiedad, cosas que yo misma hago. Tengo una charla que se llama “Vamos a estar bien”, que es un poco de eso. Hay gente que le tiene mucho miedo al cambio y esto que pasa es terrible para esas personas. El ser adaptable, moverse con los cambios, es algo que todos necesitan. Es algo que la gente le puede enseñar a sus hijos, porque lo necesitarán siempre, durante toda su vida.

Has dicho que le enseñas a la gente a dominar la ansiedad, ¿qué haces tú para controlarla?

A mí me sirve mucho pensar en el aquí y en el ahora, que es algo que aprendí de mi payasa. Me enfoco mucho en lo que estoy haciendo. Porque si veo hacia el futuro no tengo la menor idea. ¿Cuándo termina esto? ¿Hay una fecha? Yo no sé si el taller de comunicación digital que estoy trabajando ahora, que se llama Play, va a servir el próximo año, pero mi esfuerzo más grande está allí. Lo miro, lo arreglo, le meto cosas, antes duraba una hora, ahora dura tres y pico. Y si no estuviera en eso, estaría en un voluntariado. Trataría de salir de mi cabeza, porque la ansiedad está allí.

Suena a que eres workohólica.

Sí, me encanta. (se ríe). Me encanta lo que hago, pero ese también es un problema, porque no paras nunca. A veces estoy viendo una película y digo: Esa canción me sirve para mi canal. Y apago todo y me voy a buscarla. Así soy.

¿Ves muchas noticias en estos días?

No, no veo. Porque no me sirven. No puedo hacer nada para contrarrestar lo que está pasando y me ponen muy mal. Yo trabajé viendo noticias siete días a la semana, ocho horas por día, y cuando salí de ese trabajo dije que no vería más las noticias. Si un día veo noticias, al día siguiente no me paras de mi cama, me deprimo, siento que nada de lo que hago vale la pena, todo tiene demasiado aderezo, y lo malo es lo que más vende.

¿Conoces gente que promocione curas ficticias contra el virus?

No, no tengo a nadie tan desquiciado cerca.

¿Qué situación te ha dado más miedo durante esta crisis?

El miedo que tiene todo el mundo: que muera alguien cercano. Hay gente a la que le ha tocado estar en la primera línea, que tiene que salir, que tiene que pelear. A mí me ha tocado ser el personaje que no debe estorbar. Estoy dentro de mi casa, no salgo para absolutamente nada, solo he salido dos veces.

¿Durante estos seis meses?

Sí, una vez a la tienda de la esquina, y otra a hacer un trámite en una casa en la que no había nadie, y a la vuelta pasé por un Wong, y ya.

Has hablado con muchas personas en todo el país a través de las conferencias que das, ¿cuál es el temor más extendido de los peruanos? ¿A qué le tenemos miedo?

Mira, en los talleres el miedo que más se nota es el miedo al qué dirán, es muy fuerte. Y yo me di cuenta cuando me fui a dar talleres fuera del país, para Bola Roja, para formar clowns que trabajaban en hospitales. Hice talleres en Sudamérica, España, Portugal. Y a ellos les podía poner la nariz roja en la primera clase, sus bloqueos eran otros, pero no tenían temor de que los que estaban junto a ellos los fueran a juzgar.

Nos burlamos mucho.

Claro. Si yo me burlo, luego voy a tener miedo de pararme delante de otros por temor a que se burlen de mí. Entonces, ante eso, lo que tenía que hacer era un trabajo previo, entre los alumnos, para que no se tuvieran miedo. Mira, yo de chiquita vivía frente a una frutería y mi papá siempre me decía: “¿Así vas a salir?, ¿qué va a pensar el frutero?” (Se ríe). Y parece un chiste, pero eso se queda en tu cabeza, como si fuera importante lo que piensa el frutero, o tu tía, o gente que no conoces, porque te pueden juzgar, y hay que cuidar lo que el otro piensa de ti.

Y al final terminamos siendo una sociedad muy desconfiada.

Sí, es muy difícil.

Tu trabajo en Bola Roja te la ha llevado por el mundo y has estado en situaciones de mucho peligro. ¿Dirías que el momento de mayor riesgo fue cuando visitaste el Callejón de la Muerte en Nicaragua, este mercado que ha derivado en prostíbulo callejero, sin presencia de autoridades?

Que yo me haya dado cuenta, sí. Es que fue de un momento a otro, comenzamos a entrar y de pronto estábamos metidos en medio de todo. Era una cosa gigante, empezaba normal, con tiendas, cosas, gente, niños. Y cada vez había menos gente, tienditas cerradas, hasta que llegamos a un sitio con puertitas medio abiertas, prostitutas. Las chicas con las que yo estaba jugando tenían los ojos amarillos, una de ellas con pancita, era desgarrador, y todos estaban con terocal. Y allí uno se pregunta para qué sirve todo lo que estás haciendo. A lo mejor solo estábamos colaborando con la alucinación que tenían en ese momento, porque estaban drogados.

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¿Había hombres armados?

El tema era que eran más que nosotros. Yo no sé si alguien en el bolsillo llevaba un arma. Es que es una cosa del trabajo. Yo me pongo mi nariz y como payasa no siento miedo. Allí mismo, en Nicaragua, fuimos a otro lugar, un botadero de basura gigantesco que se llamaba La Chureca, no sé si todavía existe. Llegamos a un puentecito y debíamos pasar por allí, pero de pronto me quedé sola en un extremo, los payasos estaban al otro lado, y al medio estaban unos tipos que yo pensaba: “Estos de todas maneras me van a desollar”. Pero como estaba como payasa, pasé, les hablé. Creo que eso los desarmó un poco, porque están acostumbrados a que los miren con temor o con cólera. Al final no pasó nada.

Te ha pasado algo parecido en otro lugar.

Creo que lo más difícil fue Nicaragua. La Chureca era muy fuerte. Veías gente viviendo en medio de la basura. En mi libro escribí de una chica que me regaló un anillo. Eso me partió el alma. Ella era una prostituta en medio del basural, y no se me ocurría que en la vida te pueda pasar algo peor que eso. Pero ella elegía regalarme algo a mí. Cuando volví a Lima me dediqué a dar gracias porque tenía un techo, comida y agua caliente.

¿Cuál es el lugar del Perú que has visitado como clown y que más te ha conmovido?

Belén. Están olvidados. Los dejaron atrás. Les prometen muchas cosas que no se cumplen y por todo eso son desconfiados. Y por eso costó mucho que confiaran en nosotros. Y lo que más me llamó la atención es que, a pesar de todos sus problemas, tenían muchas ganas de salir adelante. Estuvimos 10 años allí, con gente increíble.

Lo de Belén es especial porque tienen hasta al río en contra.

Sí. Tienen todos los problemas sociales que se te puedan ocurrir.

¿El trabajo de clown puede servir para cuestionar a la sociedad?

Un clown puede hablar de lo que le dé la gana, todos. Yo tengo un video sobre la muerte, que hice con mi payasa. Con Pataclaun, durante el terrorismo, hicimos un espectáculo que se llamaba Pataclaun en la ciudad. Me acuerdo mucho, estábamos sufriendo el dolor de lo que pasaba, y la gente muerta de risa en el teatro. Estábamos riéndonos de algo que nos dolía mucho. Así que sí, el clown puede hablar de todo.

¿Alguna vez has sufrido de ataques de pánico?

Sí, porque acepté un trabajo que no debí aceptar, que me robaba horas de sueño. Con todos los demás trabajos, solo me quedaba tiempo para escribir en la madrugada y me acostaba a las cinco de la mañana. Pero llegó un momento en el que todo explotó. Un día me acosté y soñé que unos perros me atacaban, pero todo parecía muy real porque ocurría en mi casa. Y luego empezaron los ataques de pánico, que son una cosa horrible.

¿Cómo se manifestaban los ataques?

Yo me preguntaba qué pasó. Fui a un médico y le dije que me hiciera una tomografía porque me estaba asustando de cosas que no me asustaban. Pero, a ver, es difícil de explicar. Tenía palpitaciones, el corazón se aceleraba, sentía que algo terrible iba a pasar, y luego me venían ganas de llorar. Me pasaba en reuniones con clientes, pero nadie sabía que tenía eso dentro. O me daba durante clases, tenía que parar mi explicación, encerrarme en la oficina y ponerme a llorar. ¡De la nada! Mi primera reacción fue pensar que me volví loca. Finalmente, un especialista me dijo que era un ataque masivo de ansiedad, y estuve medicada como un año. Luego paró. Pero cuando empieza tú sientes que nunca va a parar.

¿Tu familia era creyente?

Mi abuela.

¿Católica?

Muy católica.

¿Y tú?

Yo creo en Dios y punto. Pero en la iglesia no, no puedo pertenecer a ese club.

¿Ser creyente alivia la angustia de esta situación?

Lo que pasa es que no le encargo mi vida, no le estoy pidiendo que haga cosas, las hago yo. No le estorbo mucho. Igual que hago con lo demás. Debe tener personas que necesiten más cuidados. Debe estar ocupado en cosas más importantes ahora (se ríe).

¿Llevas una relación de miedos vencidos?

No.

¿Lo de bucear a 14 metros de profundidad no fue un miedo vencido?

No, no. Lo que pasa es que a veces hago cosas sin pensar mucho, como la serie que estoy haciendo ahorita, Historias virales. Allí entré como un juego. Me engancho con las cosas porque me gustan, y luego me doy cuenta de que son serias. También me pasó con Cuerda. Bucear era algo que no estaba en mi radar. Pasó que quedé con un chico para ir a la playa, pero al final nos peleamos. Y luego, caminando, llegué al sitio del buceo. Y nos comenzaron a explicar y nos hicieron firmar una cosa que decía que ellos no tenían ninguna responsabilidad si nos moríamos en el mar. Y de las quince personas que estábamos, solo dos nos quedamos. Una era un policía español que ya había pescado con arpón, y la otra era yo, que seguía pensando en lo bonito que eran los pescaditos. Luego nos llevaron a una piscina, nos explicaron cómo era, y al final quedamos listos. Buceé a catorce metros de profundidad, con tanque y toda la cosa. Se supone que para hacer eso tienes que llevar un curso de meses, después me enteré. Así de irresponsables fueron los que nos llevaron.

Una curiosidad. ¿Cuál es ese trabajo horrible del que siempre habla en tus charlas?

Ese trabajo que te dije, el de pautear noticieros durante ocho horas. “Explotó una bomba en Bosnia”, “El presidente dijo tal cosa”. Y luego preguntaban. ¿Dónde está mejor? Y eso significaba donde había sangre. Allí estuve años.

¿Es el trabajo que más has odiado?

Sí, de lejos. Me la pasaba todo el tiempo mirando el reloj, me sentía decepcionada de mí misma. En la universidad tenía unas ganas enormes de cambiar el mundo, pero allí estaba en ese trabajo, vendiendo muertos. Menos mal que ya tenía Pataclaun, y eso para mí era un respiro.

Tu estudiaste Comunicación.

Sí.

¿Y además de esta chamba llegaste a trabajar en algún medio?

Mi primer trabajo fue en Última Hora, escribía en su suplemento cultural, que era lindo, porque me daban un montón de entradas para el teatro. Luego me pasaron a Locales. Un día me mandaron al Congreso, casi me muero, no me gustaba. De allí escribí una columna en Expreso sobre videos musicales. Y también escribí para Cedro. Debía inventarme casos y solucionarlos. No sé en qué periódico salía eso.

¿Extrañas algo de Wendy Janet de Pataclaun?

No, yo no extraño a ningún personaje. Les tengo mucho cariño, pero no los extraño.

¿Y no te cansa que siempre se te asocie con ese personaje?

Me cansaba, pero ya no. Sí hubo un momento en que parecía que no me dejaban avanzar, que sentía como si jalaran de mi chompa para atrás. Pero eran ideas mías. Sigo avanzando.

¿Qué haces cuando alguna persona te dice: “Cómo quisiera que vuelvan”?

Es que hay que ver el contexto. Hay veces en que te lo dice gente muy buena onda. Y hay momentos en los que tengo tiempo y les digo: “Mira, ¿tú te acuerdas de un enamorado con el que salías cuando tenías 15 años? ¿Uno que te trató medio mal, del que ya no quieres saber nada? Qué te parece si un día vas caminando por la calle y gente que no conoces te dice que vuelvas con él”.

Qué malvada.

Y se quedan pensando. “Sí pues, es más o menos lo mismo”.

¿La actuación tiene un futuro en estas circunstancias?

Yo creo que sí. Somos como esas plantitas tercas que salen del pavimento. El arte es imparable.

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