Fe y farra con los negritos

La danza ambina perdura desde hace 88 años y convoca a miles. Fotografía: Lonry Carlos

Domingo bailó, gozó y lloró con Los Negritos de Ambo, una danza que pervive gracias a la cooperación comunitaria. Durante la Bajada de Reyes, el pueblo se paraliza para seguir a sus danzantes, y se entrega al jolgorio y a los ritos religiosos.

Juana Gallegos
13 Ene 2020 | 16:18 h

Durante los primeros días de enero, los vecinos de la provincia de Ambo (Huánuco) no despiertan con el cantar de los gallos, son los cohetones los que anuncian el amanecer.

El 6 de enero de cada año, puntualmente, a las cuatro de la mañana, los entusiastas revientan los primeros pirotécnicos como señal de que la fiesta más importante de la región está por comenzar. ¡Pum, pum, pum!

Por cuatro días, las plazas y calles de este poblado, ubicado a más de 300 kilómetros de Lima, serán tomadas por la danza de misteriosos hombres enmascarados, ataviados con sacos bordados con hilos de oro y pedrería, y sombreros emplumados. Todas las actividades se detendrán para apreciarlos.

Las cuadrillas de Los Negritos entrarán a escena con sus típicos saltos acompasados y el tintineo de sus campanas sujetas por largas cadenas. Celebrarán así –a ritmo de tarolas, platillos y tuba– la Bajada de Reyes, y con su danza adorarán el nacimiento del Niño Jesús, un ritual que las almas aventureras no deben perderse.

Los ambinos bailan La negriada desde el siglo pasado (1932), y la tradición subsiste gracias a un grupo de entusiastas que cada año busca colaboraciones que se conocen como “mayordomías”. Son los mayordomos los que se comprometen a dar donativos económicos para que el andamiaje de la fiesta se sostenga.

Cada quien da una cuota para algo: la contratación de la banda de músicos (la más cara cobra 8 mil soles al día), el castillo pirotécnico, el alimento de los bailarines y sus seguidores (se pueden consumir hasta 250 kilos de pachamanca en un almuerzo), las cajas de cerveza (se beben más de 10 mil botellas). En suma, la fiesta de Los Negritos de Ambo se organiza bajo las reglas esenciales del socialismo: varios colaboran para que toda la comunidad se beneficie. Y vaya que la pasan bien.

Todos son corochanos

Los octogenarios Víctor y Antonio Huamán dedicaron buena parte de su vida a danzar. Provienen de la familia que formó la primera cuadrilla de Negritos, la del Centro. Hoy, existen dos más –El Progreso y Centro Nuevo– que fueron fundadas por los bailarines que se rebelaron a la disciplina de ‘los caporales’, los líderes del grupo original. “Había negritos que se portaban mal, eran borrachos y hacían escándalo, y eso estaba prohibido, había reglamentos que respetar”, dice Víctor (88) desde su silla de ruedas.

El popular ‘Vitoco’ bailó por más de 50 años y algo nos contó sobre los orígenes de la popular danza, que no solo moviliza a Ambo sino a todas las provincias de Huánuco.

Afirma que se remonta a la Colonia, cuando estas tierras del centro del país estaban divididas en fundos donde esclavos africanos eran explotados por patrones españoles. Cuentan que en una Navidad, estos se apiadaron de aquellos y les otorgaron libertad por unos días y los esclavos bailaron y le atribuyeron el milagro al Jesús recién nacido.

De Ambo para el mundo

Todos los años vuelven a Ambo, como abejas al panal, los que migraron a Lima y los que volaron más lejos. Algunos vuelven para bailar como Negritos o a visitar a abuelas y tíos olvidados. Vienen de Canadá, Australia, Miami, o de la Cochinchina, y en la Plaza Mayor, entre cervezas y el tronar de los cohetones, se entregan al llanto por el reencuentro, a la farra o a la picaresca. Todos se creen corochanos por unos días, los danzantes barbudos que representan a los gamonales, pero en una versión más “divertida”. Hacen reír al pueblo y tienen ‘carta libre’ para hacer travesuras.

Los primeros días de enero, en Ambo, los que se creen corochanos se entregan a la catarsis colectiva y los más beatos, a la fe religiosa. La fiesta es para todos.

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