Marisa Glave pondrá en pausa la política por un rato, mientras se enfoca en los estudios y en nuevos retos profesionales. Alberto de Belaúnde continuará dictando sus clases de Derecho y también buscará trabajo. Fotos: Antonio Melgarejo.
Marisa Glave pondrá en pausa la política por un rato, mientras se enfoca en los estudios y en nuevos retos profesionales. Alberto de Belaúnde continuará dictando sus clases de Derecho y también buscará trabajo. Fotos: Antonio Melgarejo.

El adiós de Marisa y Alberto

Dos de los excongresistas más queridos del Parlamento disuelto nos cuentan cómo vivieron estos días intensos, los proyectos de ley que se les quedaron en la puerta del horno y cuáles son sus planes para el futuro. Spoiler: no los veremos en el Hemiciclo durante varios años más.

Óscar Miranda
06 Oct 2019 | 13:09 h

El último miércoles, Marisa Glave y Alberto de Belaúnde, que hasta el lunes se desempeñaban como congresistas de la República, se juntaron una vez más, ya como dos simples ciudadanos, desempleados pero felices.

El pretexto fue participar en un podcast –el divertidísimo “Calla cabro”–, pero, según Marisa, “Alberto me dijo que ya habían pasado dos días y que me extrañaba mucho” (risas).

Después del programa, se fueron a comer un cevichito y de allí al centro de Lima. Él quería entrar a su oficina a sacar algunos objetos personales de valor –en particular, un retrato de su abuelo, el exdiputado Javier de Belaúnde– y ella quería seguir de cerca la primera sesión de la Comisión Permanente post disolución.

Como el Damero de Pizarro estaba cerrado, los exlegisladores, que ya no tenían seguridad ni nada, tuvieron que ir rodeando las rejas, preguntando en cada esquina a los policías si los dejaban pasar, muertos de risa.

Porque a pesar de que acababan de quedarse sin trabajo, aquello era un inconveniente menor si se comparaba con la satisfacción de haberle puesto fin a uno de los congresos más nefastos de la historia republicana. Y, esto era lo mejor, la gente en la calle se lo reconocía.

–No solo no nos lanzaron conos– dice Alberto entre risas – sino que, de hecho, fueron muy lindos con nosotros.

Ese cariño no parece ser novedad. En redes sociales se han multiplicado los mensajes de apoyo y agradecimiento hacia ambos –y también hacia colegas suyos como Indira Huilca, Tania Pariona, Gino Costa y Gloria Montenegro–, en los que sus seguidores les dicen que lo malo de la disolución será no poder seguir contando con ellos.

Esta semana, nos juntamos con Marisa y Alberto, por separado, para conocer cómo vivieron esos días intensos y saber qué iniciativas suyas han quedado listas para ser retomadas por el próximo Parlamento.

CIUDAD Y GÉNERO

Para Marisa, la crisis que condujo al cierre del Congreso tuvo como punto de quiebre el momento en que Rosa Bartra y el fujiaprismo archivaron el proyecto de ley de adelanto de elecciones, ante las protestas de los sectores democráticos.

–En ese momento yo pensé: “bueno, acá se acabó todo. Lo que viene es el cierre del Parlamento o la vacancia del presidente”– dice. –Fue una sensación de vacío en el estómago.

El lunes 30, como se sabe, mientras el fujiaprismo apuraba la votación de la cuestión de confianza, Vizcarra anunció la disolución. Cuando Marisa y sus colegas de Nuevo Perú lo confirmaron, aplaudieron, salieron del Hemiciclo y tuvieron una reunión de bancada en la que ella e Indira Huilca se fundieron en un emocionado abrazo.

Esa noche, mientras laexcongresista marchaba en las calles, el personal de su oficina sacó algunos objetos importantes para ella, como la vasija en la que guardaba los huayruros que cultivaba su abuela.

Marisa siente que en estos tres años pudo colocar algunos temas importantes en la agenda parlamentaria. Uno de sus ejes de trabajo fue el derecho a la ciudad y al territorio; fue presidenta de la Comisión de Vivienda y promovió varias iniciativas vinculadas al derecho al agua, al uso y gestión del suelo, a la vivienda y a los espacios públicos.

Otro eje importante fueron los temas de género, como los proyectos de ley contra el acoso sexual, el de identidad de género para personas trans, el de la libre elección del orden de los apellidos y el de la paridad y alternancia. Este último fue uno de los que más satisfacciones le dio, no solo porque se convirtió en ley sino porque comprometió en la causa a mujeres tan alejadas ideológicamente de ella como Luz Salgado –a la que corrió a abrazar tras la aprobación del dictamen en el Pleno.

–Para mí fue uno de los momentos más especiales –dice. –Porque sentí que estábamos cambiando la vida de las mujeres del país. A partir de ese momento, más niñas se animarían a participar en política.

Marisa lamenta que la disolución del Congreso haya dejado en el aire varias iniciativas que le parecían importantes. Con Alberto estaba trabajando un proyecto de ley sobre la eutanasia; con Tania Pariona, otro sobre la paridad en las regiones; con Guido Lombardi, otro sobre medicamentos oncológicos.

Ahora que dejó de ser parlamentaria, tendrá tiempo para pensar en su futuro. No tiene ningún plan político en mente. Por lo pronto, estudiar –se ha apuntado a dos cursos libres en la PUCP y está evaluando meterse a la maestría de Urbanismo– y, luego, buscar trabajo. La ley le impide postular a la reelección en 2021. Así que no volverá al Congreso en al menos siete años. Si es que decide volver.

VOCERO DE LAS MINORÍAS

La noche de la disolución del Parlamento, Alberto de Belaúnde fue a su oficina, le tomó una foto a su medalla de congresista y la publicó en Twitter junto a una sentida despedida. La publicación superó los 40 mil likes. Poco después, se fue a la casa de Gino Costa con Francesco Petrozzi y Guido Lombardi a tomarse unos chilcanos y a pensar en lo que había ocurrido.

Hoy, todavía tiene sentimientos encontrados. Por un lado, dice, la satisfacción del deber cumplido. Por otro, tristeza, por cómo terminaron las cosas.

Alberto es el rostro más visible de la (ex) Bancada Liberal,el grupo parlamentario que, junto a los bloques de izquierda, plantó cara a la fuerza avasalladora del fujiaprismo. En esa lucha, y por levantar las banderas de las minorías sexuales, se ganó el odio de pandillas ultraconservadoras, como la autodenominada La Resistencia, que alguna vez intentó en la calle hacerle pasar un mal rato, lanzándole insultos y provocaciones que él respondió con el silencio.

Esa labor legislativa a favor de poblaciones históricamente menospreciadas, como la comunidad trans, las personas con discapacidad, los pacientes de enfermedades raras y los que necesitaban de derivados del cannabis para vivir una vida que no fuera un infierno, es una de las cosas que más lo enorgullece de su paso por el Congreso.

Alberto presidió la comisión que investigó los abusos sexuales contra menores en el Sodalicio. Una de las cosas que más lamenta es que el informe, con 200 recomendaciones para evitar que se repitan estos crímenes, estaba listo para ser debatido en el Pleno, pero que Pedro Olaechea no lo puso en agenda. Ahora espera que el próximo Congreso lo vea.

También le frustra que se quede en el tintero su proyecto para promover empresas socialmente responsables en el país, o el que acaba de presentar sobre el derecho a la identidad de los niños nacidos con técnicas de reproducción asistida.

En estos días le ha pasado que está almorzando o haciendo cualquier cosa y de pronto se queda callado y con expresión de frustración y su novio le dice: “Ya, ¿de qué proyecto sin aprobar te acordaste ahora?”.

Mañana lunes entregará su oficina. Lo último que le falta sacar es otro retrato de su abuelo –más grande que el que se llevó el miércoles–, que ha colgado detrás de su escritorio en los últimos tres años. Seguirá dictando el curso de Introducción al Derecho en la PUCP. Y buscará chamba, como Marisa, como el resto de exlegisladores que sí entendió que lo que ocurrió el lunes pasado fue legal y fue real.

–Lo que más me enorgullece de estos años es poder caminar por la calle sin seguridad y que la gente me diga que se ha sentido representada conmigo– dice. –Ese es el honor más lindo que puede recibir un político.

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