Reivindicación. Su libro –dice- es una reivindicación a su padre, médico asimilado a la policía, cuyos valores éticos desafió para llevar una vida de lujos y excentricidades.
Reivindicación. Su libro –dice- es una reivindicación a su padre, médico asimilado a la policía, cuyos valores éticos desafió para llevar una vida de lujos y excentricidades.

Eduardo Herrera: “La única forma de asegurar el resultado en este sistema (de justicia) es pagando”

Abogado penalista por la Universidad San Martín de Porres. Director del Consejo Privado Anticorrupción. Autor del libro El cerebro corrupto (Mitin. 2019)

Maritza Espinoza
11 Ago 2019 | 12:49 h

Hoy se define como un “hacker ético” pero, hasta hace apenas cinco años, Eduardo Herrera estuvo en el corazón mismo de la corrupción del aparato judicial, sobornando entusiastamente a policías, fiscales y magistrados. Era un exitosísimo abogado litigante que, tras retirarse del sistema, decidió volcar su testimonio en El cerebro corrupto (Mitin. 2019), libro que retrata crudamente la maquinaria de sobornos y coimas que mueve a la justicia peruana y que ha sido uno de los más vendidos de la reciente Feria del Libro.

Tu libro está escrito desde la mirada del corruptor y no, como es usual, de la de aquel que denuncia o investiga la corrupción…

Y eso es un agregado mayor porque, generalmente, tú la corrupción la concibes como la persona que juzga desde fuera. “Él es”, no “yo soy”.

Además, tu mirada es implacable contigo mismo, no te autojustificas de ninguna manera.

Yo reconozco mis errores y asumo mis responsabilidades. Aquí no hay que “es el sistema” o que “no lo quise hacer”. Era un hombre mayor de edad. Y con eso ya basta.

Dices justo al inicio del libro: “Ya no soy un corruptor, pero fui el mejor” y nosotros pensábamos que ese era Vladimiro Montesinos

Vladimiro Montesinos es una representación mediática de la corrupción. Pero es como tener a Neymar o Messi. Eso no quiere decir que no haya excelentes futbolistas y que se consideran excelentes futbolistas…

En tu libro confiesas delitos. ¿Cuántos cometiste y cuánta pena tendrías si no hubiera ocurrido esto?

Esa es una pregunta bastante incómoda de responder, porque no es necesariamente que yo haya hecho todo. Hay cosas en las cuales fui testigo, pero todas sí las supe. No te podría decir que tengo un catálogo de cuántas, pero sí han existido muchas faltas.

Pero tipificando el delito más grave que cometiste.

De lo que podría hablar el libro en general es de cohecho… La corrupción llamada técnicamente es un cohecho.

¿Se podría decir que todo abogado litigante comete esos delitos para ganar sus casos o tener éxito?

No puedo generalizar. No obstante, sospecho que la gran mayoría está en esto, porque es una ventaja competitiva del abogado… Todo parte del cliente que tiene una necesidad. ¿Cómo aseguro que esto salga bien? La única forma de asegurar el resultado en este sistema es pagando. No hay otra. Es una cuestión de lógica elemental. Algunos lo hacen casi de forma automática, pero en la mayoría de los casos, el abogado primero trata de ganar en buena lid. La aceitada o el “aseguramiento” es la última bala, pero existe porque el sistema te lo exige, te lo premia y es lo que está esperando.

En tu libro no aparece un solo miembro del aparato de justicia honesto. ¿No existen?

Sí. De hecho, yo hablo de los “verdes” (incorruptibles). Lamentablemente, los “verdes” son apabullados, pero sí los hay. Por ejemplo, en una sala de tres, hay un “verde”. Los otros dos le hacen el tándem dos-uno y lo desaparecen del mapa. Son superables, porque son la minoría.

También duro, porque en otra parte dices que los “verdes” normalmente son mediocres.

El tema es que los “verdes” son básicamente personas que a veces no tienen la potencia mental o el conocimiento para reinventarse como un corrupto hábil

No por falta de ganas sino por falta de capacidad.

Sí. Y ese es un problema del sistema. No solamente es corrupción, sino que tienes altísimos sesgos cognitivos de parte de muchos operadores. Hay un caso de una señora Norma Capcha que yo siempre pongo: estuvo presa 40 días por homonimia. Eso no es corrupción. Eso es torpeza del juez o jueza. En este contexto, los “verdes” están aislados. Pueden ser muy inteligentes, muy probos, pero son la minoría y son totalmente superables.

Más allá de las circunstancias, fueron los cargos de conciencia los que te hicieron salirte del sistema. ¿Cómo fue el proceso psicológico?

El libro narra la alusión a la prostituta, que es el símil que veo con la carrera de litigante. La gran mayoría de litigantes quiere retirarse, porque sabe que el entorno es insostenible. Entonces vive con esa postergación de retiro constante.

Como la prostituta: espera juntar un poco más retirarse…

O que venga un cliente, un príncipe, que te rescate, te enamores de él y te cases tipo Pretty Woman. Eso es lo que piensa un litigante: “Ya me voy, ya me voy, porque esto está mal”. El asunto es que conmigo vino esta situación y yo hice una reflexión ética.

¿De dónde salió, siendo que habías sido reacio a asumir la ética de tu padre?

Yo creo que al final del día uno vuelve al camino y sabe que está en lo incorrecto. Cuando tú duermes en la cama, al final del día, sabes que estás actuando mal. En mi caso fue un acto de fe porque yo suelo ser radical en mis decisiones.

¿Y cómo hacen los corruptos o los “Cuellos blancos” para resolver esa carga de culpa?

Lo que pasa es que la pones en off, en pausa, te justificas. Es la clásica del delincuente. Tú tienes una casa en Miami, dos vehículos, una vida acomodada y dices: “Bueno, esto no lo va a cambiar nadie y tengo esto. ¿Qué me queda? Acostumbrarme y quedarme ahí”. Y pones tu consciencia en pausa. Yo antes de mi retiro hablé con un abogado viejo y me dijo: “Eduardo, yo también lo he vivido, eso que tú estás pensando, pero esto no va a cambiar nada, así que siga nomás”.

En un artículo dices que la anticorrupción nos jodió a los peruanos. ¿Cómo se entiende eso?

Porque no estamos viendo el problema que está detrás y la corrupción no es el problema. La corrupción es la manifestación de un problema posterior.

¿Pero los procesos anticorrupción no sirven para algo?

Claro que sí. Para la no impunidad, mas no solucionan el problema de fondo. Que tú atrapes a Hinostroza Pariachi o a Walter Ríos no va a solucionar el problema de la corrupción en el Poder Judicial. Es un mensaje que tiene que haber, pero el problema del Poder Judicial se arregla de otra manera. Estamos distrayéndonos en algo que es importante pero no urgente.

De todas las personas que has corrompido, ¿cuál fue la de mayor rango?

Siempre la Suprema. Hasta hoy. Claro, no es fácil acceder a un supremo, hasta por un tema de status, pero hay formas de llegar siempre. Mira el caso del supremo que fue pescado con una bolsa de chifles hace relativamente poco. Eso te pinta en cuerpo entero en general que la corrupción no tiene niveles.

Tú presumes en este testimonio de que tienes la capacidad de ver el precio que cuelga de la etiqueta del saco de cada uno.

Sí. Es una habilidad para ver cosas malas. Y ahora, en la consultoría, ejerzo esa habilidad, pero para el lado favorable. O sea, cómo funciona la corrupción, cómo se puede dar y cómo evitarla. Soy una especie de hacker ético.

Con tu habilidad de ver el precio de las personas, ¿podría decirse cuál es el de alguien como Chavarry, por ejemplo?

Yo no sé si él tenga un precio tarifario. Sospecho que no, es un tipo de carrera. Sin embargo, sí veo una inclinación desfavorable hacia ciertas conductas frente al poder. El poder es una adrenalina. Por lo tanto, tú te quieres quedar con eso a como dé lugar. No digo que él vaya a cobrar 10 mil dólares. Pero el poder, la posibilidad de manejar algo, es consustancial a muchos de los personajes involucrados ahora.

Yendo al otro lado, ¿crees que los fiscales de Lava Jato también tienen precio?

Lo que veo es que hay un excesivo móvil de la figuración.

¿O sea que su precio es la vanidad?

Yo no puedo juzgar a alguien, no lo conozco, pero sospecho que va por ahí. Porque, sí, yo nunca he visto que un fiscal declare las cosas que declaran, porque además es una cuestión estratégica. El fiscal tiene que guardar cierta reserva para cuidar su caso, pero acá veo un exceso de protagonismo.

Se suele estereotipar a los jueces y fiscales de los Cuellos Blancos, o están en el lado oscuro o en el lado limpio. ¿Es válida esta idea?

Sí, yo no tengo ninguna duda de que el sistema está funcionando bien, pero ahí ya hay un tema de inclinaciones que no hacen una justicia totalmente neutra. O sea, tienes un personaje -no voy a dar nombres- que está totalmente identificado con la historia de la corrupción, pero tienes un caso insostenible, jurídica y técnicamente hablando, como para decir: “Oye, debe estar preso”. Lo que están haciendo en este caso es una “justicia kármica”: te la mereces, porque sabemos que eres un corrupto y te vamos a sancionar a como dé lugar. Pero hay que tener cuidado con ese technicality, porque, en un sistema garantista, lamentablemente tienes que ir al punto y la coma. Si conviertes a la persona en víctima, se va a mecanismos internacionales y te puede ganar.

La que quedar peor parada es la policía, porque la presentas como básicamente corruptible.

En mi experiencia, sí. Ojo, yo no tengo absolutamente nada contra la policía. Mi padre fue médico asimilado a la policía. Soy parte de la familia policial. El asunto es que en mi experiencia eso nunca pasó. La policía, y la gente no lo ve, es la puerta abierta para el sistema de justicia.

¿Realmente nunca te han rechazado un papelito doblado con su respectiva cachetadita en la mejilla?

No. En toda mi experiencia. Es triste, sobre todo para quien viene atrás, quien está y para el futuro de nuestro sistema.

También dices en el libro que hasta esta corrupción tiene ciertas reglas, ciertos límites. ¿Cuáles son?

Son códigos. La palabra empeñada es la palabra que se cumple. La palabra del corruptor y del corrupto. Son tratos indisolubles.

Eso es casi mafioso, ¿no?

Por supuesto. Es una omerta. Es tal cual.

Y, de hecho, tu libro es una delación. ¿Ha habido consecuencias con gente que compartió esos días contigo?

No lo sé aún. Yo sospecho que sí, me voy a quedar sin algunos amigos, pero es parte de la apuesta.

Tú dices que la corrupción era como una adicción y uno no se cura de la adicción.

Sí, si se cura. Los adictos se curan. Un día a la vez. Un día, una lucha. Ese es el leit motiv, el mensaje del adicto, cuando está en recuperación. Yo de hecho estoy hace cinco años absolutamente retirado. Sé que es un acto medio cobarde, porque he huido del sistema. Lo retador habría sido quedarme en el sistema y retirarme de la práctica de ese tipo, pero tengo claro que es un reentré. En un momento pienso volver para cambiar el sistema. No litigar, de repente, pero en algo contribuiré.

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