La muerte que partió al país

Maritza Espinoza
20 04 2019 | 21:00h

Perdieron la oportunidad histórica de refundar su partido. Prefirieron priorizar sus odios de coyuntura y no la unidad histórica de un país.

Los funerales de todo ser humano son momentos de reflexión, de perdón, de acercamiento a los demás en busca de comunión. Momentos en que emergen la grandeza o la pequeñez de quienes lo sobreviven. Momentos en que los enemigos se reconcilian con la memoria de aquel con quien se enfrentaron. Momentos en que se abren las puertas de la posteridad o del olvido.

Por eso, ver a un niño de catorce años lleno de odio mandando echar a un expresidente de la República del velorio de su padre o a los copartidarios de este rechazando arreglos florales solo porque eran enviados por adversarios políticos del fallecido, nos produjo, a los demás peruanos, un tremendo desconcierto.

Es verdad, las reacciones que provoca el dolor de una pérdida son totalmente comprensibles, pero siempre hay alguien en el entorno que ayuda a sopesar, a ponderar y, en este caso, para eso estaban los veteranos dirigentes del partido. Por desgracia, estaban más ocupados insultando al presidente Vizcarra, acusando a los fiscales de la muerte de su líder y ventilando rivalidades políticas. Es decir, desperdigando odio y resentimiento.

A menudo, los familiares creen interpretar bien lo que el muerto hubiera querido, pero no sé si sea el caso. García, con todos sus defectos, era un estadista. Su carta es la declaración de un político a la posteridad y, aunque mencione a sus adversarios con la altanería a la que nos tuvo acostumbrados, dudo que hubiera esperado que su velorio fuera la aduana de las intenciones ajenas. No hay que haberlo conocido mucho para saber que habría sentido como un triunfo póstumo que amigos y enemigos se encontraran en su funeral. No creo que hubiera aprobado ese parteaguas entre peruanos en que se convirtió su muerte y, menos, que su velatorio fuera un coto cerrado en el que solo entraban apristas, fujimoristas y simpatizantes “probados”.

Pero, sobre todo, me atrevo a pensar que hubiera querido los homenajes que el protocolo impone a todo expresidente que fallece. Sí, son los familiares quienes tienen la decisión final en estos detalles, pero Alan García estaba orgulloso de haber gobernado el Perú dos veces y estaba convencido de que la segunda vez lo había hecho bien y esperaba el agradecimiento de todos los peruanos (los que tuvieran algo que agradecerle, desde luego). Lo imagino soñando con su ataúd paseado por el Congreso y las calles de Lima, como se hizo con el de Haya de la Torre. Pero no ocurrió.

Lamentablemente, en la llamada Casa del Pueblo, volvió a asomar la mística de las catacumbas, del todos contra nosotros. En el momento en que decidieron expulsar a quienes no les gustaban, lo que debió ser el renacimiento de un partido se convirtió en un “ellos” contra “nosotros”. Haya de la Torre habló innumerables veces del perdón al adversario y no olvidemos que llegó al punto de aliarse con el odriísmo, su perseguidor de antaño, pero perdidos en sus pequeñeces, sus herederos lo olvidaron.

Ahora es tarde. Perdieron la oportunidad histórica de refundar su partido. Prefirieron priorizar sus odios de coyuntura y no la unidad histórica de un país. Prefirieron quedarse atascados en sus líos de conventillo a abrazar a la patria entera. Prefirieron el pleito a la grandeza. Y el país lo vio en vivo y en directo.

No sé cuántos militantes tendrá todavía el partido que fundó Haya. A juzgar por los funerales, varios miles. Pero, con los gestos de sus dirigentes, dudo que haya ganado uno solo más. Salvo, claro, el nuevo pequeño militante García. Por eso, la única pregunta que flota en el aire ahora que el jaleo de los funerales terminó es esta: realmente, ¿el Apra nunca muere?

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