Perdone que le pregunte…

Maritza Espinoza
30 03 2019 | 21:00h

A riesgo de ponernos conspiranoicos, aquí hay algo que nos recuerda a la televisión de los noventa, cuando solo se daba benevolente tribuna a los rostros del fujimorismo.

Últimamente, hemos visto entrevistas tan echadas en la televisión local que, fácil, uno podía imaginar al entrevistado bien cómodo allí, con su pijamita a rayas, su almohada y su osito de peluche. Entrevistas en las que los entrevistadores eran más amorosos que las cholitas aguantadas de Servando y Florentino. Entrevistas tan serviciales y acomedidas que parecían un casting de fans enamorados.

Por eso, el repentino destierro de Josefina Townsend de las pantallas de RPP causó tal conmoción que, solo el viernes, cuando se supo de su despido, la cuenta de Twitter de la corporación comenzó a perder seguidores a ritmo acelerado. Josefina, en los tres meses que estuvo en el programa más escuchado/visto de esa emisora, al igual que en espacios anteriores, marcó un estilo particular por hacer las preguntas que pocos hacían, a veces acaparando el micrófono más allá de lo necesario.

Y no es porque la correcta entrevistadora fuera precisamente un mastín que se dedicara a despellejar políticos. El único periodista que realizaba magistralmente aquella tarea, años ha, era el (implacable) César Hildebrandt, antes de ser expectorado de la televisión abierta, precisamente por ser demasiado incómodo para ciertos poderes. Townsend solo cumplía su trabajo -preguntar sin concesiones- y, en poco tiempo, dejó tembleques y malparados a varios personajillos que, en otras circunstancias, suelen pasearse bien panchos por todos los medios.

¿Pero se dio la salida de Josefina por presión de anunciantes y políticos aterrados, como se ha dicho? La radioemisora, al no permitirle despedirse del público con el eufemismo de que la “exoneraban” de salir al aire, dio pie a especulaciones de todo calibre, sobre todo después de que Daniel Titinger, su director periodístico, escribiera en Facebook este críptico post: “Estoy orgulloso y feliz de ser el director periodístico de RPP, sobre todo por el equipo de gente con quienes trabajo a diario. Quienes me conocen –son pocos, pero son– saben cómo tomo el periodismo y con qué no estoy dispuesto a ceder jamás. Abrazo a todos y buen fin de semana”.

Según versiones, aquello en lo que Titinger no pudo ceder es en seguir permitiendo los constantes conflictos que se presentaban entre Townsend y sus compañeros de mesa (la famosa escena en la que Patricia del Río golpea la mesa cuando Josefina hablaba sería solo una muestra de las que se armaban detrás de cámaras), por lo que habría decidido dejar a la periodista en La rotativa del aire, programa para el cual había sido contratada inicialmente. Ella evaluó la oferta y luego optó por rechazarla, por lo que, al menos formalmente, no se trataría de un despido.

Pero, más allá de este caso, lo que preocupa es que, con algunos personajes, la televisión abierta se haya convertido en el reino de las cortesías, al punto que ciertos entrevistados pueden darse el lujo de elegir al preguntador que más les gusta y despacharse un té de tías sin que se les mueva un pelo, incluso varios de aquellos que están metidos hasta las ingles en el barro de Odebrecht.

¿Coincidencia? ¿Presión política? ¿Compromisos poco santos? No sabemos. Sin embargo, a riesgo de ponernos conspiranoicos, aquí hay algo que nos recuerda a la televisión de los noventa, cuando solo se daba benevolente tribuna a los rostros del fujimorismo. Claro, luego supimos que tanta condescendencia tenía que ver con las torres de billetes de cien dólares que los dueños de los canales recibían, regocijados, en la mesita de centro de la famosa sala del SIN.

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