El viaje musical de Diego Alejandro

La República
30 M03 2019 | 21:00h
Día Nacional del Autismo, Diego Alejandro

No escucha por el oído derecho ni utiliza uno de sus pulgares. Pero Diego Alejandro, un pianista con autismo, pasea su talento por el mundo. Un estandarte a poco del día mundial de esta condición.

Dentro de un cubículo, en el segundo piso de una tienda de pianos, en Miraflores, los dedos de un jovencito emulan a Chopin.

Sin necesidad de partituras, se desplazan por las teclas con exactitud, esparciendo armonía y calma. El concertista, de lentes gruesos y una raya al costado, profunda como una frontera, mantiene la mirada fija en sus dedos.

Nada lo distraerá. No existe nada más para él, en este instante.

Alrededor, orgullosas, lo observan las tres mujeres de su vida: su madre, su tía y su nana. Solo ellas saben cuánto ha costado lo que contemplan. Este muchachón, de gesto apacible, rompía cada cosa que cogía. Era lo más parecido a un huracán en sus primeros años. Una anécdota común para muchos padres, seguramente, pero que en su caso provocaba no pocos desvelos.

No hablaba. Lloraba mucho. Extraviaba la vista. A los dos años, la edad en la que muchos niños ya cantan y cuentan hasta diez, Diego Alejandro ni siquiera decía mamá. Fue allí que le diagnosticaron Trastorno del Espectro Autista, una condición que comparte con alrededor de quince mil peruanos, según la Dirección de Salud Mental de Ministerio de Salud.

Diego Alejandro no escuchó el trino de las aves para verbalizar sus primeras palabras, como le ocurrió a Hikari, el hijo autista del Premio Nobel de Literatura Kenzaburo Ōe. Bastó un par de paseos al mercado de su casa, en la zona B de San Juan de Miraflores, para que, en medio del bullicio, los pianos de juguete lo entretuvieran.

A los diez años, su madre, Beatriz Arias, le compró su primer órgano. Uno electrónico, muy básico, pero esencial para que soltara sus dedos e iniciara sus terapias de relajación.

Se puso a disposición de una chiquilla de 17 años que le daba clases esporádicas en la sala de su casa. No más de tres veces al mes. Hasta que llegó a las manos de José Ortega, un diseñador gráfico con dotes artísticas, y las sesiones se incrementaron.

En el 2013, a los 14 años, se presentó en el primer festival de arte inclusivo, en el Parque de la Amistad, en Surco, y desde entonces ha demostrado de lo que es capaz en auditorios de aquí y afuera. Desde la sede del Banco Interamericano de Desarrollo en Washington hasta en las Cataratas de Iguazú. Desde el Teatro Municipal del Cusco hasta el Festival de arte y música de Pyeongchang, en la lejana Corea del Sur.

Presentaciones breves pero intensas donde intercala Für Elise de Beethoven, La Flor de la Canela, y los Nocturnos de Chopin.

—¿Qué se dice, papá bello?—le pregunta la mamá.

—Gracias—susurra Diego Alejandro dando a conocer su voz después del show que acaba de ofrecernos en exclusiva.

El soplido que despide su boca es tan tenue que parece un murmullo de madrugada. Una vocecita que enternece al cuerpo robusto que la alberga.

Un hálito que su madre, una oficinista de lunes a viernes, estimula: le repregunta cuantas veces sea necesario, y le pone las respuestas en la lengua si es posible. Hay que decir que el veinteañero no escucha por el oído derecho y que ha perdido movilidad en uno de sus pulgares. Solo toca con nueve dedos.

Diego Alejandro —como lo ha bautizado artísticamente porque “se ha esforzado tanto que se ha ganado su espacio con nombre propio”— acabó el colegio a los 16 años, en un colegio inclusivo, en San Juan de Miraflores. Un hecho que le ilumina el rostro a Beatriz.

En el país, los jóvenes con habilidades diferentes no hacen la secundaria. No es prioridad. Su escuela lo condicionó: cada año debía demostrar que podía. Si no, ahí nomás quedaba.

Diego Alejandro no solo es un pianista solista con proyección internacional. Gracias al instituto Fray Masías, una entidad con más de 25 años esperanzando a padres de chicos con autismo, síndrome de down, parálisis cerebral o retardo, ganó un oficio: auxiliar de oficina.

“El arte le cambia la vida a las personas con discapacidad intelectual. Es su canal de comunicación. Pero además hay que dotarlos de una ocupación”, sostiene la directora Mercedes Villalobos. El martes, en el Día Nacional del Autismo, Diego Alejandro seguirá despertando melodías de su teclado. Un mundo que resuena mejor.

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