Bullying contra niñ@s trans

La República
2019 M03 17 | 02:00 h
Intolerancia

Alex es un adolescente transgénero que cambió de colegio por las agresiones de sus compañeros y profesores. Muchos como él sufren insultos, golpes y hasta son víctimas de abuso sexual en sus centros de estudio. Él pide que no seamos ciegos ante la violencia.

Alex (15) empezó este lunes sus clases en el cuarto de secundaria. El calor intenso del verano ha significado para él una ventaja. No tendrá que usar su falda escolar a cuadros para ir al colegio. Podrá ir en buzo, así se siente más cómodo, más él, dice. Pero cuando llegue el otoño tendrá que volver a vestir el uniforme que usan las chicas. Su colegio, el Mercedes Indacochea de Barranco, es de mujeres y tiene que lucir como una, así lo ordena el reglamento.

Alex dice que debe cuidar su apariencia, pues del anterior colegio –donde estudiaba hasta hace dos años– salió con una C en conducta. Los profesores lo desaprobaron porque no toleraban cómo se veía. Cuando podían le increpaban en público el corte de pelo que lleva, su timbre de voz, que calificaban de ‘ahombrado’, su forma de sentarse con las piernas abiertas, el que no jugara con sus compañeras. No eran conductas propias de una chica, le decían. Pero Alex era un chico, así se reconocía.

“¡Machona!”, “¡lesbiana!”, “¡me das asco!” No solo tuvo que lidiar con el rechazo de las autoridades de su colegio, los insultos de sus compañeros horadaban a diario su autoestima. Empezó a odiarse a sí mismo. Se hacía el dormido para no ir a clases. Se provocó autolesiones en el cuerpo. Tuvo que huir de su exescuela para no seguir haciéndose daño. La violencia era una olla a presión.

Alex es un chico transgénero. Su sexo biológico es el de una mujer, pero se identifica con el género masculino. Viste como un chico, se comporta como uno y se reconoció como tal en la infancia. "En el nido, como a eso de los 5 años, los profesores me obligaban a jugar con las niñas, pero yo no quería, quería estar con los niños", dice Alex, sentado en el piso de su casa, jugando Play Station 3.

Mientras el grueso de la gente es cisgénero, término que describe a una persona cuya genitalidad coincide con su identidad de género (aquella mujer que tiene vagina y que se identifica como mujer, por ejemplo), Alex es un chico trans, y hasta el 2017, su madre Magda Delgado lo llamaba Lucía, el nombre que le puso al nacer.

Ese año, después de un largo proceso de resistencia y sufrimiento, decidió contarle a sus padres. "Me obligaba a ser una chica, me dejé el pelo largo, en sexto [de primaria] sentía que explotaba, que estaba encerrado. Primero les dije que era bisexual, hasta que un día leí en internet sobre las personas trans y ahí me identifiqué", cuenta Alex, recordando su transición.

La noticia fue recibida con comprensión en casa. Sus padres y su hermana mayor, una estudiante de Psicología, le dieron soporte. "No me importaba cómo se vistiera Alex, ni mi hija ni yo somos las más femeninas", dice Magda.

Pero en el colegio era distinto. Algunos días ir a clases era como caminar por un campo minado. "Una mamá llamó a las otras prohibiéndoles que sus hijas se acercaran a él", dice Magda. "Era duro ver los cortes que se hacía en los brazos y las piernas. Quería meterme por un momento en su cuerpo y sentir lo que él sentía, quería quitarle el problema y asumirlo yo para que esté más tranquilo", agrega Magda mirando a su hijo.

Sociedad cómplice

La escuela debería ser un lugar donde los escolares aprendan a entrenar la tolerancia y el respeto, que son los valores básicos para la convivencia social. Sin embargo, como en el excolegio de Alex, muchos centros educativos terminan reproduciendo lo que vemos en la calle: el odio contra todo lo diferente.

Somos un país de intolerantes. Según la Encuesta Mundial de Valores de 2012, cuando a los peruanos se les preguntó a quiénes no les gustaría tener como vecinos, el 44,3% respondió: a los homosexuales.

Si bien el bullying escolar es un problema alarmante, la violencia contra la niñez LGTBI puede ser mucho más feroz. "Si ya hay alumnos que la pasan mal porque son violentados por su raza o su condición económica, ellos lo pasan peor. Les dicen que están mal, que están enfermos, que son el pecado. Los profesores mismos piensan que los niños, niñas y niñes podrían corromper a los otros y tienen que ser corregidos", dice la abogada Brenda Álvarez, de Promsex, quien utiliza el sustantivo niñes para referirse a los menores LGBTI.

Para la experta, este grupo no es solo víctima de bullying –porque, finalmente, esta forma de hostigamiento se da entre pares, entre niños o adolescentes–, sino que está expuesta a una violencia estructural que es permitida y perpetrada por sus propios profesores y el personal administrativo de las escuelas.

Alex lo vivió varias veces. Los profesores nunca sancionaron a los compañeros que lo fustigaron. Una vez, una docente le dijo que era lesbiana y que eso estaba mal porque "Dios creó solo al hombre y a la mujer". Otra vez, una representante del Ministerio de Educación que hacía una encuesta en su colegio le preguntó qué opinaba sobre la comunidad LGTBI: "Dije que me parecía bien y la señorita me pidió que me retracte porque no era normal", cuenta el adolescente.

Según Álvarez, la negación de la identidad de género de una persona es ya una expresión de violencia, y cuando el odio viene en escalada puede llegar a niveles espeluznantes.

A los escolares trans los insultan, los golpean, les roban las cosas, pueden ser víctimas de tocamientos indebidos y hasta de violencia sexual, no solo de parte de sus compañeros sino también de directores, profesores o auxiliares. Así lo reveló en 2013 la Encuesta de Convivencia Escolar hecha por el Ministerio de Educación, y difundida en Crecer siendo diferente, un libro que ha publicado la ONG Promsex.

Del universo de encuestados, al menos 100 confesaron haber sufrido abuso por un adulto en el centro educativo, y 134 por un compañero. Y hay algunos que nunca confiesan por temor a ser señalados.

Fue en el baño, a la hora de salida, era mi amigo del salón. Me agarró a la fuerza… me dijo ‘vamos a tener, tú estás loco’, ‘¿Por qué?’, le digo. ‘Bájate’, y a la fuerza me bajó el pantalón, y tuve relaciones", narra en la publicación una mujer trans de 39 años.

"La escuela debería ser un espacio libre de violencia. El Estado no lo está garantizando", enfatiza Álvarez.

No más cuerpos marcados

Son las chicas trans –aquellas personas que se identifican como niña o mujer, pero fueron identificadas como hombres al nacer– las que sufren más el peso de la sociedad heteronormativa, que solo acepta la existencia de dos géneros. Son ellas las que terminan abandonando la escuela, huyendo de casa o hasta suicidándose.

"Tengo una amiga mexicana en el chat que es trans y que aún no le dice a sus papás… tiene mucho miedo", comenta Alex.

El cambio de colegio le ha sentado bien, a no ser por la falda que debe vestir. "Sus compañeras le envían cartitas", cuenta con risas su madre. Aunque eso a él parece no interesarle, pues confiesa que le gustan los chicos.

Alex planea seguir un tratamiento hormonal en el futuro para moldear su cuerpo masculino, uno que aún menstrúa y que tiene pechos. "Lo de los senos me frustra, quisiera no tenerlos, la gente siempre me los mira para que me identifique como hombre o mujer. Es horrible", dice, mientras enseña sus dibujos. Ya no retrata gente cayendo en agujeros negros o cuerpos marcados con una equis. Eran estas las figuras que más repetía cuando estaba deprimido.