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Sologuren según Lauer

Escritor y columnista principal de este diario, Mirko Lauer presentó este año Sologuren (Paracaídas editores, 2018), su nuevo poemario. En esta entrevista habla de su regreso a la poesía.


Redacción LR

Domingo, 7 de Octubre del 2018

Escribe: José María Salazar Núñez

Nos llama la atención el nombre del libro ¿Por qué Sologuren (Paracaídas, 2018)?

Primero porque Javier Sologuren fue muy amigo mío. Fue mi maestro, fue incluso mi profesor en el colegio. Pero sobre todo fue el principal alentador de mi entusiasmo por escribir poesía, y el más opuesto a que yo alguna vez dejara de escribir poesía. Este es un poemario sobre escribir y dejar de escribir poesía, no querer tener nada que ver con la poesía y, a la vez, sobre el vicio de regresar a ella. Entonces, en este juego al final me di cuenta de que el personaje que me impulsaba… ¡Era Sologuren!

Esa tensión de la que hablas es lo primero que llama la atención. El verso inicial es: “La poesía ha reaparecido, nadie dice cómo, nadie sabe cómo”. ¿Por qué reaparece la poesía constantemente en su vida?

No se sabe. En este caso no es retórico. Yo no sé por qué reaparece. Porque la poesía no es como una novela, que uno se organiza y dice: “Voy a escribir una novela, la novela me va a mantener trabajando, me va a permitir de pronto hasta un ingreso económico”. La novela es una carrera, la poesía no es nada. Incluso, la poesía casi no existe como libros, sobre todo existe como poemas. Más todavía, siento, en un caso como el mío. Yo no soy un poeta profesional, por así decirlo, yo no circulo en medios poéticos. He llegado a dejar de escribir poesía por largos años. Hay un decenio entre Sobre vivir (1986) y el siguiente libro. Entonces ¿por qué se regresa? Insisto en que no sé. Pero algo sí sé y es que no regresa en vano. Hay algo que necesita ser dicho, ser escrito, ser, e incluso ser rechazado una vez escrito. A veces regresa, comienzo a escribir, y en eso me da una especie de disgusto, me alejo de la máquina y no vuelvo en uno, dos, tres y cuatro años.

Ese rechazo está muy presente en el libro, es casi una vergüenza de escribir, y de escribir lo que uno escribe, dices: “son versos falsamente confesionales, o falsamente íntimos”. ¿Cuál es esa lucha, ya ahora avanzada su carrera en muchísimos libros hechos, entre esa “necesidad” o ganas de escribir y este rechazo a lo que representa ser poeta?

Cuando yo escribí el primer poema que recuerdo, tenía ocho años, estudiaba en el Colegio Franco Peruano y escribí un poema que, según las profesoras, estaba bien, en fin, para un chico de ocho años, y cuando lo llevé a mi casa, mi madre, que era de un carácter fuerte y duro, nada literario, me resondró y me dijo que no la engañara, que ese poema no podía ser mío, que me lo había copiado de algún texto. No porque le pareciera muy bueno, sino porque le parecía que esa no era actividad para un niño de ocho años. No sé, a veces pienso que cada nuevo poema es un encuentro con mi madre a ver esta vez cuál de los dos tiene la razón.

Quería conversar también sobre su libro Alcools (Paracaídas, 2013) que trata temas parecidos. La muerte sobre todo está muy presente, pero de una manera muy distinta. Ahora hay como una veta casi narrativa, pero que va mezclándose con lo característico barroco de usted. ¿Cómo fue la concepción desde el punto de vista formal de Sologuren?

Creo que fue parecida. Mis libros se originan en poemas individuales y llega un momento en que los poemas individuales, por haber nacido en la misma época, se empiezan a parecer, y entonces los junto y los despacho al mercado. Yo no veo mucha diferencia entre el anterior libro y este, en esos términos. Más bien son otros momentos. Sologuren corresponde a una época mucho más relajada, una época de balance. Yo diría que Alcools representa las últimas furias de la edad madura, y Sologuren, las primeras serenidades de la vejez, y allí, en esa línea, que va desde los 65 a los 71 años, allí está la diferencia.

Y hablando de la vejez, en la última parte del libro se habla de los poetas, de poetas establecidos, de poetas ícono, entre ellos, el último es Martín Adán. Cuéntenos un poco. ¿Cuál fue la idea de incluir en esta reaparición de la poesía, la reaparición de viejas figuras importantes?

Bueno, es como lo mismo. En el fondo es un libro sobre la poesía, es decir, Javier Sologuren es como Adán, es como César Vallejo, es como Luis Cernuda, y todos han desfilado delante de esta mirada de la vejez, creo que en los casos se trata de preguntas sobre los poetas, que yo me respondo.

¿Y qué es para usted Adán?

Creo que está en el poema: es el drama humano de un hombre capturado entre el alcoholismo, el catolicismo, el LGBT, la miseria, los problemas mentales, la nostalgia oligárquica y la lucidez poética, mezcla que produce un personaje digno de mucha compasión, que es lo que yo quisiera que transpirara en el poema.

No quería dejar de mencionar que acaba de fallecer Abelardo Oquendo, una figura importante en su vida, cofundador de Hueso Húmero. ¿Qué recuerda de él?

Recuerdo todo de él… recuerdo medio siglo de trabajo conjunto y de amistad y de chamba. ¿Qué cosa podría escoger? Su buen humor, su amabilidad, su inteligencia, su elegancia. Pero todavía siento que es temprano para hacer balances, porque además se acaban de ir también Aníbal Quijano y Luis Loayza. De modo que yo debería cuidarme un poco más esta gripe.

[Entrevista hecha para Somos Libros, FIL 2018]


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