Savia, el horror del caucho

La República
21 10 2017 | 20:26h

Aunque la historia insista en reducirla a una época de bonanza desperdiciada, la fiebre del caucho originó un genocidio en los márgenes del río Putumayo. Un siglo después, el teatro punza la herida y nos acerca a la selva, ese follaje lejano que depredamos con descaro.

A María Josefa (Cindy Díaz) la secuestraron, y quemaron a su familia en la maloca. Le enseñaron español, blanquearon su tono cobrizo con polvos, y la instalaron como sirvienta y puta doméstica. Un buen día, sin razón aparente, después de exhibirla en ferias como la 'nueva mujer amazónica', la degollaron.

A la 'Mujer' (Evelyn Allauca), por liderar una rebelión, le arrancaron la cabeza, la envolvieron en una bandera, y le prendieron fuego.

A la 'Niña' (Alejandra Bouroncle), unos barbudos la raptaron de los brazos de su madre para violarla a su antojo y ofrecerla a comerciantes y caucheros por unas monedas. Un par de abortos después, la 'Niña' salió embarazada y decidió callar. La descubren y, acto seguido, la decapitan.

Las tres murui –etnia de la amazonía peruana y colombiana a la que llamamos huitoto coloquialmente– han perdido la cabeza. Sus cabezas, metáfora de su pisoteada identidad cultural, se alojan en las entrañas de Don Jesús (Leonardo Torres), un anciano moribundo, atacado por la uta. Apenas restos del poderoso y salvaje hombre que fue: un cauchero despiadadamente próspero que por cada tonelada de caucho, el oro blanco del siglo pasado, mataba a diez indios.

En aras de la civilización y el progreso, azotaba a sus esclavos, los obligaba a comer partes de su cuerpo y, cuando no estaba de muy buen ánimo, arrojaba sus incineradas cabezas a los perros.

No es ficción esta brutalidad. Ocurrió. En las escuelas solo es una página superficial donde se lamenta un boom desaprovechado, entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX.

La educación, muchas veces empecinada con imbecilidad en cuidar las formas, ha suprimido el genocidio de más de 40 mil nativos, en la frontera entre Perú y Colombia, en las riberas el río Putumayo.

Julio César Arana es el cauchero riojano, nacido en 1864, fundador de la Casa Arana, posteriormente conocida como la Peruvian Amazon Rubber Company, tras la participación de capitales británicos, quien cometió esta barbarie.

Y aunque afrontó sonados juicios, incluso en Londres, salió bien librado al punto de ser senador por Loreto durante el Oncenio de Leguía. Murió en Lima a los 88 años, en 1952, sin haber pagado sus crímenes en esta vida.

La ficción, reivindicativa, se las ingeniará para que Don Jesús, personaje inspirado en Arana y la xenofobia de Donald Trump, no se marche, inconsciente.

De eso se encargarán María Josefa, la 'Mujer' y la 'Niña', quienes solo podrán recuperar sus 'cabezas' si purgan la memoria del viejo cauchero antes de los suspiros finales.

Sesión de ayahuasca

Salvo Alejandra Bouroncle, ni Cindy Díaz ni Evelyn Allauca tenían una relación estrecha con la selva. La desconocían como el común de capitalinos.

Cindy había rodado Planta Madre (2014) en Iquitos, pero nunca se internó en la selva. Y Evelyn ni siquiera había pisado la amazonía.

Alejandra, por su parte, vivió su primer año en Iquitos, adonde fue destacado su abuelo, como militar, y regresó un par de veces, durante su infancia, pero no más.

¿Cómo podían, entonces, encarnar a tres nativas del pueblo nativo más golpeado en la era del caucho? ¿De qué manera transmitirían genuinamente el horror de las tres murui?

Luis Alberto León, dramaturgo que celebra su condición de aprendiz, tenía claro de que en esta segunda obra de su trilogía (empezó con La cautiva, en el 2014) sobre episodios cruentos de nuestra historia ameritaba 'conectarse' de una forma más auténtica con la amazonía. Devorar los pocos libros y documentales al respecto ayudaba pero no bastaba.

Acudieron al llamado de la ayahuasca, planta madre, sabia y sagrada, una noche de inicios de junio. La sesión la dictó un maestro muy joven de la comunidad de San Francisco, Pucallpa, en la misma sala de ensayos en Barranco.

Hubo preparación previa: dieta y abstinencia sexual. La experiencia, aunque distinta, evidentemente, resultó reveladora. Se descubrieron enfrentándose a sus complejos y temores.

"No me sentía tan satisfecha conmigo misma porque me faltaban muchas cosas por lograr, pero la planta me dijo: 'Tienes lo suficiente para ser feliz'. Fue mágico. Lloré mucho", cuenta Cindy, quien vio a un cóndor sobrevolando montañas y flores.

Allauca se acercó a la planta con una duda existencial: quería saber cuál era su peor defecto.

"Pensé que era la envidia pero la planta me mostró que es la desconfianza. Es algo con lo que debo luchar", reflexiona.

A diferencia de Cindy y Evelyn, Alejandra Bouroncle conocía la planta. La había bebido a fines del año pasado, junto con dos amigas, en Pucallpa. Pero aquel primer acercamiento había sido adverso.

"Cuando la pasas mal es por algo. En esta segunda vez me sentía muy bien, preparada, para recibir a la planta. Y así fue. No fue una intromisión, sino más bien un viaje perfecto", dice Alejandra, quien no puede olvidar la significativa imagen de una araña tejiendo mandalas.

Cinco meses después, el último martes, fecha del debut, las tres pusieron carne y alma para transmitir el espanto.

"Tanto nos abusaron y nos quitaron que ya no nos recordamos nada, ni de nuestro sufrimiento nos recordamos", lamenta la 'Mujer'.

Las cabezas de Savia

Un año tardaron Luis Alberto León y la directora Chela de Ferrari para moldear Savia.

Artistas plásticos los dos fueron seducidos por el teatro en la segunda juventud. Y aunque se conocían desde hacía años por montajes del teatro La Plaza, donde De Ferrari ejerce como inamovible directora artística, fue recién en el 2014, con La cautiva, que se dieron cuenta de su química creativa.

"La poética de 'Pepo' (León) es tan cruda que permite trabajos perturbadoramente bellos. Es generoso, pues me permite entrar en su universo y apropiármelo".

Con los aportes de los investigadores Wilton Martínez y Diana Galván, ambos cuestionan la mirada citadina de la amazonía.

"La selva sigue siendo un lugar lejano para explotar y depredar. Es un campo de batalla comercial. Una tierra incógnita, amenazante y salvaje. No comprendemos que las culturas amazónicas poseen un conocimiento ancestral que podría nutrir considerablemente nuestra percepción de las cosas", sostiene 'Pepo' León.

No es palabrería lo suyo. El artista plástico huitoto-bora Brus Rubio pintó un cuadro descarnado a propósito de Savia, que recibe a los espectadores en la sala del teatro La Plaza. Por si fuera poco, su madre, la actriz bora Marlena Churay, tiene una intervención valiosa en el curso de la obra. Y en su idioma nativo, por supuesto.

"Es una frivolidad que en los libros de historia no se incluya este genocidio. ¿Qué decimos con esa ausencia?", cuestiona Chela de Ferrari, quien ha prometido visitar la comunidad de Marlena en Pucaurquillo, en la provincia de Ramón Castilla, a cinco horas de Iquitos en 'peque peque'.

La única vez que De Ferrari visitó la selva fue hace unos años, junto con sus hijos, en un viaje netamente turístico. En casa jamás se habló de ese territorio detrás de los Andes.

"Quiero creer que si nuestros niños conocen esta barbarie nos acercaremos más como país". A plantarle cara al horror de María Josefa, la 'Niña' y la 'Mujer'.

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