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César Aguilar “Chillico”: “La caricatura política revela las maniobras del poder”

El caricaturista ha recibido el homenaje del Primer Festival Nacional de Historieta Bicentenario que se realiza en Miraflores. Aquí habla de su oficio y del poder de la caricatura política.

El caricaturista "Chillico" le reveló a La República que casi trabajó para un diario fujimorista, pero renunció porque dijo que "luchaba contra el fujimorismo y no podía estar allí". Foto: Gerardo Marín/La República
El caricaturista "Chillico" le reveló a La República que casi trabajó para un diario fujimorista, pero renunció porque dijo que "luchaba contra el fujimorismo y no podía estar allí". Foto: Gerardo Marín/La República
Pedro  Escribano

Como caricaturista de políticos, tiene el oficio de matarife, arte aprendido desde la época del fujimorismo. César Aguilar “Chillico” (Abancay, 1965) estudió en la Escuela de Bellas Artes Diego Quispe Tito – Cusco y se perfeccionó en historieta en los talleres de Juan Acevedo. Junto a tres compañeros, en 1992 fundaron la revista de humor gráfico Chillico (“saltamonte” en quechua). Los amigos brincaron hacia otros menesteres, pero él se quedó con el oficio de matarife. El Primer Festival Nacional de Historieta Bicentenario ayer le rindió merecido homenaje .

¿Por qué, como artista, optaste por el dibujo?

El 92, ante de editar la revista, hicimos la Expochillico. Allí opté por el dibujo. Vi que los personajes que yo había planteado en mis caricaturas tuvieron éxito. Los personajes dibujados venían una y otra vez a ver sus caricaturas. Había encontrado un medio de comunicación y de crítica muy interesante en la caricatura.

O sea, un arma...

Sí, te permite opinar desde tu espacio, como hombre de a pie. Con la caricatura me expresaba con mayor claridad que con la pintura contra el poder. En eso, un gran referente era y es Carlín.

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Una cosa es caricatura, pero otra es cargarle de opinión política.

En caricatura política, somos autodidactas. La caricatura política revela las maniobras de la gente que está en el poder. Con humor, nos hace entender cómo funciona el poder, pero de manera sintética. Te hace reflexionar. Es decir, se trata de joder divirtiendo.

Los políticos tiemblan ante un caricaturista...

Ya lo ha dicho el caricaturista mexicano Rafael Barajas, “El Fisgón”: “la caricatura es un acto refinado de civilización cuya fuerza consiste en la burla y cuya idea rectora es sencilla: el miedo al ridículo”.

Tiene poder moralizante...

Al dibujar y exagerar defectos físicos, por ejemplo, de un político, también está mostrando sus defectos morales.

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Tinta combativa

Surgiste el 90, o sea, el fujimorismo fue tu inspiración.

(Risas) Sí, produje un montón de caricatura de crítica al fujimorismo. En la época más dura del fujimorismo yo quise hacer una exposición, pero ninguna entidad del Estado ni privada quiso auspiciarla. La hice en mi taller y fue un lleno total, pero en la víspera me rompieron todos los vidrios. Pero eso ayudó que la muestra tenga éxito.

Crítico. Caricatura que no pocos líos le causó en los años 90. Foto: difusión

¿No tuviste miedo? Secuestraban, desaparecían...

Sí, incluso recibí amenazas de muerte. Una fecha, cuando vine a Lima, gracias a Liliana Com, pude conversar con Pablo Macera, a quien le conté mi miedo. Macera me dijo, directo, “vete del país”. Doctor, le dije, cómo me voy a ir del país si apenas puedo venir a Lima. Sonrió, pero me dijo, si quieres estar tranquilo con tu familia, vete del país. Eso me dijo Macera, que sabía qué era el fujimorismo.

Y como que tú, antifujimorista, casi terminas trabajando para un diario fujimorista?

(Risas) Yo estaba en Abancay y recibí una llamada desde una empresa de Lima para hacer cuatro tapas al mes para una revista. Me ofrecían buena paga. Me interesó, así que me enviaron pasaje de avión y me dieron hotel. Me llevaron a una oficina para hablar y firmar el contrato. Allí estaba Guillermo Thorndike, quien me llevó a otra oficina. En el pasadizo vi una portada de El Chino enmarcado por el gran tiraje de venta. No tuve tiempo para preguntar porque al ingresar Thorndike me presentó a un señor que estaba en su escritorio: “¡aquí está el hombre!”.

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¿Y quién era el señor?

Ahí me enteré que era el montesinista Moisés Wolfenson y la oficina era del diario La Razón. Yo, inocente, había llevado mis caricaturas y empezó a revisarlas. La primera era de Toledo dibujado como un Pinocho. “¡Esta es la primera tapa! Con esta empezamos”, dijo. Y siguió viéndolas. Descubrió una de Fujimori y Montesinos en una avioncito cayéndose y hecho con una hoja de El Chino. También la de Fujimori con sus mascotas.

¿Cómo reaccionó?

Pegó un grito: “¡A quién me han traído¡”, aplastó las caricaturas contra el escritorio y se marchó, enojado. Después lo calmaron, y me habló de los objetivos de la revista y me duplicaron la paga. Yo me sentía mal, así que después hablé con Thorndike, le dije que yo luchaba contra el fujimorismo y no podía estar allí. Renuncié.

Y ahora trabajas con Hildebrandt. ¿Cómo llegaste?

Mi hijo, que estudiaba en San Marcos, envió una caricatura de Ollanta como marioneta de la Confiep. Le interesó, me pidió un dossier y, sin más, me contrató. Ahora disparo desde allí.