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La presidencia que le cayó del cielo, por Diego García-Sayán

La cancillería parece confundir la coincidencia con Estados Unidos con una obediencia automatizada, lo que genera interrogantes sobre la dirección de la diplomacia peruana en el contexto actual.

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Hay quienes llegan al poder después de prepararse durante años para gobernar. Otros llegan por accidente. Y luego está Keiko Fujimori: después de perseguir la presidencia con la tenacidad de un cobrador de deudas, el cargo terminó por aparecérsele. El problema es que el sillón presidencial no viene acompañado de un manual de instrucciones, y menos aún de una política de Estado.

La ironía es formidable. Tantos años de campaña, tantos discursos, tanta promesa de orden, para descubrir finalmente que gobernar exige algo más que ganar una batalla por el despacho. La presidencia no es un trofeo de caza ni un certificado de perseverancia. Se supone que sirve para conducir un país. Pero, a juzgar por la orientación del gobierno, la brújula llegó sin aguja y nadie parece haber reclamado la garantía.

En política exterior, la desorientación alcanza alturas casi poéticas. El Perú, que tuvo una diplomacia capaz de hablar con voz propia, defender el derecho internacional y construir consensos multilaterales, parece haber ingresado en una etapa de silencio asistido. No es prudencia: es esa forma superior de mutismo que consiste en callar incluso antes de saber sobre qué habría que pronunciarse.

El mundo arde, las reglas internacionales se erosionan y las potencias ensayan una política de fuerza cada vez menos disimulada. ¿Y qué ofrece el Perú? Una reverencia bien planchada. Frente al gran aficionado a las hamburguesas, los aranceles y las amenazas, la independencia nacional parece reducirse a elegir por cuenta propia la profundidad de la inclinación de cabeza. No se trata de enemistarse con Estados Unidos, socio esencial del Perú. Se trata de recordar que una alianza no es un contrato de servidumbre.

Y aquí entra en escena el canciller, personaje indispensable de esta comedia de cementerio. Su actuación invita a formular una pregunta presupuestal: ¿por qué una diplomacia que parece seguir el libreto de la embajada estadounidense debe financiarse íntegramente con impuestos peruanos? Quizá sea una nueva modalidad de cooperación: nosotros ponemos el edificio histórico, los automóviles y el sueldo; otros ponen la música. El ministro se limita a bailar, con una disciplina que haría palidecer a cualquier cuerpo de ballet.

No afirmo que reciba órdenes de una embajada. Sería una acusación que exigiría pruebas. Lo que cuestiono es una conducta política que transmite la impresión de confundir la coincidencia diplomática con la obediencia automática. Una cancillería seria puede coincidir con Washington, discrepar de Washington y explicarlo en ambos casos. Una cancillería sin ideas solo necesita aprender a decir «sí» con distintas entonaciones.

Torre Tagle fue escenario de una tradición diplomática que defendió principios incluso en circunstancias difíciles. Hoy, en esta caricatura de política exterior, parece una funeraria de lujo: en una sala velan al multilateralismo; en otra, al derecho internacional; y en la capilla central descansa la soberanía, cuidadosamente maquillada para que parezca viva. El canciller hace las veces de maestro de ceremonias. La presidenta, de deudo distraído. Las condolencias, por supuesto, llegan en inglés.

La gran innovación del ministro sería haber inventado la diplomacia por control remoto. Antes se necesitaban análisis, instrucciones, negociación y criterio. Ahora bastaría una buena conexión con la residencia del embajador. Si algún día se mudara Torre Tagle a un anexo de la representación estadounidense, al menos habría una ventaja: disminuiría el tiempo de traslado de las ideas.

Todo esto sería divertido si no fuera grave. El Perú necesita relaciones maduras con Estados Unidos, pero también una política latinoamericana, una posición propia ante las guerras, una defensa consecuente de los derechos humanos y un compromiso activo con las Naciones Unidas y el sistema interamericano. Necesita, en suma, una política exterior, no una colección de fotografías y silencios.

La tragedia de esta presidencia no es que haya llegado inesperadamente. Es que, una vez instalada, todavía parece esperar que alguien le explique para qué sirve. Y la del canciller es aún más amarga: si algún día deja el cargo, quizá no sepa a qué oficina acudir por su carta de recomendación. ¿A Palacio de Gobierno o a la embajada? En cualquier caso, sería conveniente que la solicite por duplicado: una para su archivo personal y otra para el Museo de la Soberanía Perdida.

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