
Es verdad que el país viene siendo advertido, desde todos los flancos académicos y políticos, sobre el inminente desastre legislativo que enfrentaremos por un pésimo diseño constitucional. Como hemos explicado varias veces, un Congreso bicameral debe mantener un balance de poder entre las cámaras, previsto antes de ir a votar. No después. No hay sistema bicameral en el mundo (donde sí funcionan) que se parezca al nuestro.
El engendro que aprobó el Congreso pasado consiste, en la lectura oficialista, en una cámara de 130 diputados, con representación regional, que tiene iniciativa legislativa para producir proyectos de ley que pueden ser aprobados o rechazados por el Senado de 60 miembros. Hasta ahí, el sistema es malo. Pero se pone peor. Lo que envíen los diputados puede ser modificado y convertirse en lo que quiera la mayoría en el Senado. A pesar de los límites puestos en su propio reglamento, el caso de la delegación de facultades probó, por primera y tal vez única vez, que los senadores van a hacer lo que les dé la gana si tienen 31 votos.
El fujimorismo logró conseguir 5 votos. Necesitaba solo uno. Pero los ofrecidos fueron más. ¿Esto es raro? No. Desde el video Kouri-Montesinos, el transfuguismo y los topos han sido moneda corriente en el Perú. Tres de Obras, liderados con entusiasmo por quien pidiera el voto popular como opositor, y dos de Buen Gobierno, que dejaron al partido de Jorge Nieto en un buen desgobierno. ¿A cambio de qué? No lo sabemos, pero lo sabremos. Serán 5 largos años de traiciones al voto popular, nada que no se haya visto en un régimen de partidos colapsado hace décadas. Pese a todas las advertencias en campaña, los tránsfugas siempre se cuelan. A veces como individuos, a veces como partidos enteros.
Sin embargo, cuando parecía que el disparate no podía ser peor, se ha agravado. El artículo 102 de la Constitución señala que son atribuciones del Congreso (subrayen Congreso) “dar leyes”. ¿Novedad? Ninguna. Pero el presidente del Senado, Miguel Torres, no sabe leer o no quiere leer la Constitución. Ha decidido, con su vicepresidente Alejandro Muñante, que es solo el Senado el que da leyes. Nadie más. ¿Cuál es su argumento? Sostiene Torres que el artículo 105 le ordena al Senado remitir la autógrafa al presidente de la República una vez aprobada. Así, para nuestro nuevo exégeta de la Constitución, donde dice remitir es equivalente a dar. ¿Y lo que dice el artículo 102? ¿Lo usará de abanico?
Remitida la autógrafa (la ley de delegación de facultades legislativas) con las 27 autorizaciones (20 aprobadas en Diputados y 7 agregadas ilegalmente en el Senado), el Ejecutivo corrió a publicar. A los pocos minutos se lanzaron las voces de alerta. Algunos, ilusos, creyeron que se trataba de un error. Sugirieron una fe de erratas. A la noche se le preguntó a Torres por la situación. Y es ahí donde afirmó su tesis: con esta nueva bicameralidad, las leyes solo las da el Senado. Ya no el Congreso. Mucho menos la Cámara de Diputados.
Hasta los doctores Truquini se han desmayado. Como dicen en mi pueblo, “Mucho, ¿no?”. Se puede ser autoritario y tratar de dar una apariencia de legalidad. Eso, por ejemplo, solía hacer el padre de Torres con la re-re-re elección de Fujimori y la “interpretación auténtica”. Pero ser autoritario y saltarte a la garrocha la Constitución (que el mismo grupo político hizo a su medida) es mucho abuso para tan poco poder.
La ley de delegación de facultades es inconstitucional en su primera línea. Dice que el Senado ha dado la ley, no el Congreso. Lo que emane de ella también lo será. Si tuviéramos un Tribunal Constitucional mínimamente instruido y decente, diría lo mismo. Pero lo dudo. El TC ha votado sistemáticamente a favor de violaciones a la Constitución perpetradas por el fujimorismo (desde la cuestión de confianza hasta la vacancia presidencial), politizando ese tribunal y desprestigiándolo. También Torres podría ser denunciado por infracción a la Constitución. Pero necesitarían los votos en ambas cámaras y no los tienen. Tampoco tienen 31 votos para su censura como presidente del Senado, como lo propone Juntos por el Perú. La violación existe; los caminos y sus posibilidades existen. Pero, como tantas veces en los últimos 10 años, lo único que importa, aun violando la Constitución, son los votos. Cuando eso sucede, la ley deja de ser un límite al poder y la forma democrática de gobierno se va por el caño.
¿Por qué Miguel Torres está tan interesado en violar la Constitución? Porque tiene que desaparecer a la Cámara de Diputados. Ahí no tiene mayoría, ni la van a poder conseguir por ahora. No han hecho ni el esfuerzo porque lo único que importa es atrincherarse en el Senado. En un exceso de confianza, ha querido desaparecer la función legislativa de los diputados. El gesto es innecesario y torpe para un abogado, pero parece fundamental para el mensaje político: aquí los diputados no existen.
Este no es un asunto menor ni simbólico. Como viene explicando hace meses Fernán Altuve (espero que el fujimorismo no lo terruquee), el Perú ya vivió esta historia. Y no termina bien. Sin caminos legislativos para evitar el atropello, a la Cámara de Diputados no le quedará más remedio que enviar al Senado solo aquello que, aprobado casi por unanimidad, sea aprobado en los mismos términos. Aunque, aun así, con mucha cautela. Todo proyecto se puede convertir en cualquier cosa. ¿Entonces qué hacer? Lo mejor es no mandar nada. Aunque con diferencias, podemos repetir la huelga parlamentaria de 1946 a 1948. Eso termina siempre en ruptura democrática.
Mientras tanto, la Cámara de Diputados, sin función legislativa, tiene otras funciones de control del Ejecutivo. Estratégicamente, no puede censurar al presidente del Consejo de Ministros, pero tiene amplia libertad para censurar ministros, uno por uno, usando la técnica de Fujimori entre 2016 y 2017 con PPK, que Luis Galarreta conoce tan bien. Si el Senado no deja legislar a Diputados, Diputados puede no dejar gobernar a Fujimori. ¿Cómo termina eso? Mal para el país.
Solo por esa razón práctica (dado que la ética les es ajena), el gobierno debe tener más cuidado con el abuso de poder. Su votación en primera vuelta no pasó del 20%. Con el Fenómeno del Niño encima y las enormes carencias de gestión pública, Fujimori perdió 20 puntos de aprobación muy rápidamente. Ayuda que deje de jugar a la influencer, pero no es suficiente, y menos si pretende asustar al país con el nuevo juego de militarizarlo todo. Para parar una guerra legislativa, el Congreso tiene que encontrar una salida (una nueva ley) que anule la anterior y se emita correctamente. Si la tesis de Torres prevalece, lo que viene será peor para todos.

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