
El gobierno de EE. UU. quiere transmitir el fusilamiento del asesino Nidal Hasan online. Sería la primera ejecución ante un público de ese país desde 1930. Aunque la transmisión sería en diciembre, la propuesta está siendo denunciada como otro de los esfuerzos de Donald Trump para no perder las elecciones parlamentarias de este noviembre.
Muchos ven el anuncio del ministro de Defensa, Pete Hegseth, como un retorno a la barbarie, tal como la denunció Francisco de Goya en su cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo” (1814).
El vicepresidente de EE. UU., JD Vance, ha declarado que, si la transmisión se llega a producir, él no la presenciaría. Pero, como están las cosas modernas frente a la muerte, el rating de esa transmisión parece asegurado, si acaso llega a producirse.
Si la muerte de Hasan en línea atrae a muchos, será por la novedad que representa para el público. Nos referimos a la transmisión, no a la muerte misma, que es un show de todos los días en todas partes. Los videos de asesinatos ficticios, pero muy realistas, en Internet (snuff) son un género en sí mismos, una suerte de bioporn*grafía.
La ejecución de delincuentes como espectáculo subsidiario de la pena de muerte no está muy difundida en el mundo. En realidad, es practicada por un puñado de países y no existen muchos registros de esa actividad en tiempos modernos. Los países donde ocurre son invariablemente vistos como de costumbres primitivas, no solo en ese aspecto.
Desde el circo romano hasta la guillotina, pasando por las hogueras de la Inquisición o los linchamientos gringos, la ejecución como espectáculo ha sido una manera de entretener al público y, a la vez, infundirle miedo. En otras palabras, siempre una lección fundada en el salvajismo. De más está que este ministro de Trump le quiera dar otro cariz a la transmisión.
Pero antes de llegar a exhibir ajusticiamientos, muchos países antes tendrían que pasar por incorporar la pena de muerte a su Constitución. Los promotores más notorios de esto suelen ser los partidos de la extrema derecha, convencidos de que ejecutar desanima al criminal en potencia. No es lo que dice la experiencia, y menos la de EE. UU.