
Los 50 años del golpe militar chileno están dando que hablar. De pronto se está refrescando la memoria sobre cuán violenta fue aquella derecha de los años 70, con y sin uniforme. Canales y plataformas están llenos de documentales y ficción sobre la vida en ese horror, y no solo producidos por profesionales de Chile.
En sincronía con el aniversario, uno de los siete oficiales que en 1973 torturaron y finalmente asesinaron al cantante radical Víctor Jara recibió una pena de cárcel de 25 años, y tuvo el gesto de suicidarse antes de ser detenido. Gabriel Boric lo llamó el acto cobarde de quien teme enfrentar la justicia. La familia del suicida ha protestado.
Extrañamente, el felón Augusto Pinochet ha pasado a un segundo plano en la historia del golpe. Nuevos documentos desclasificados permiten suponer que más que el general chileno pesó en los hechos alguna oscura oficina de Washington, por entonces, dedicada a derribar democracias, vueltas sangrientas como palitroques de la Guerra Fría.
Pinochet fue retrocediendo hacia lo grotesco. Preso en Londres por robos al fisco chileno, perdió toda la prestancia de estadista que buscó con sus abrigos de cuartel. De ese guardarropas dos cineastas de Chile han tomado la idea del dictador como un vampiro en la película Conde Pinochet. Son 250 años mordiendo cuellos al filo de la Patagonia.
Quizás lo más saltante en esta fecha es la manera como la nación chilena superó, rápido en términos históricos, los dos polos de extremismo que produjeron aquella tragedia. Izquierdistas y derechistas se siguen detestando, pero con el mínimo de cordialidad para poder coexistir. Aunque algunos dicen que el pinochetismo político aún goza de buena salud.
¿Qué hubiera pasado sin Pinochet? La versión más truculenta desde la derecha apunta a una toma cubana de la sociedad chilena, como ha ocurrido en Venezuela o Nicaragua. Por lo menos ese es uno de los argumentos del propio golpe de Estado. La izquierda siempre ha insistido en que su proyecto era una democracia, probablemente más popular que liberal.
Hoy más interesa que el golpe mismo su partida, en un referendo impulsado por el hartazgo de una mayoría y el clásico desgaste de un régimen autoritario. Nótese que en estos tiempos un presidente constitucional de izquierda no asusta a nadie. ¿Tiene sentido que Salvador Allende haya asustado tanto a los momios hace medio siglo?

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