
Es marzo de 1980 en Lima. Manuel describe su primer día de clases en una escuela pública como el más importante de su vida. A pesar de la precariedad, más adelante recordará a los maestros que fueron “luces” —como dice Mariana de Althaus— y que interpretó a Francisco Bolognesi y su amigo Sabino, a Juan de la Cruz Salvo, pero también recordará que rechazó sus orígenes. “Hay autoaversión”, nos comenta la directora en uno de los ensayos de Las aulas celestes. “Te imponen un mandato: blanquearte, que se note lo menos posible de dónde vienes”.
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De Althaus adapta la primera parte de la novela de Jeremías Gamboa, El principio del mundo. “Él ha dejado en mis manos todas las decisiones dramatúrgicas. Me ha dejado total libertad”, nos dice. La versión teatral tiene otro final y toca un tema que ya había investigado para llevar a escena La vida en otros planetas. Para hablar de “los niños invisibles”, leyó Desde el corazón de la educación rural de Daniela Rotalde del Río y entrevistó a docentes. “El público salió muy conmovido”, comenta sobre el estreno de 2023. “Es como si hubieran visitado otros planetas realmente. Es muy indignante darnos cuenta del abismo que nos separa”.
En Las aulas celestes, una parte se centra en retratar la incursión de profesores sin formación, pero con carné del APRA. También las aulas sin docentes durante el gobierno de Fujimori. En la obra, vemos lo transversal desde la infraestructura precaria, el acoso sexual, la desnutrición, la discriminación y la falta de oportunidades. “Desgraciadamente, nunca deja de ser el momento para hablar de esto, porque las cosas no solamente no mejoran, sino que empeoran. Ahora Perú ha retrocedido una década en la prueba PISA, la caída ha sido estrepitosa. Ya estábamos pésimos, entonces no deja de ser cada vez más urgente el tema, pero asomarnos a la escuela pública de la época del primer gobierno de Alan García, era como pensar en el momento en el que se inició la mayor caída. No nos hemos recuperado. El abandono fue total”.
Pero la obra no es solemne ni se queda en la confrontación al sistema. De Althaus incluye el humor para hablar del cinismo de esos docentes informales y de alumnos que, a pesar de tener todo en contra, encuentran refugio en el arte. “Jeremías ha sabido contar esas historias desastrosas con una mirada bastante divertida y con cierta ternura. Eso me permite atravesar esas historias de abandono tan fuertes, sin que sea totalmente una inmersión en la oscuridad absoluta”.
La directora escoge a tres personajes del libro para hablar de la función de los maestros. “Marina trae esperanza. Luego hay este grupo de profesores desastrosos y esta profesora que inserta en el colegio una serie de criterios de evaluación muy dudosos. La tercera figura es inspiradora: los valida. Algunos profesores destruyeron la autoestima de estos chicos, porque nunca les dijeron que podían tener un futuro, que podían soñar. Nadie los atendió”.
Las aulas celestes.
“¿Eres serrano?”, le pregunta Sabino a Manuel, quien a pesar de ser hijo de ayacuchanos, duda en responder. De Althaus nos comenta que vio potencial teatral en la conversación de estos personajes, sobre todo porque reflejan el pasado. “Es la primera vez que monto una versión de una obra de alguien que no solamente está vivo, sino que es mi familia”. Como la inclusión no significa que otros pierdan oportunidades, la directora señala. “El racismo implica ahondar en una herida histórica; no es solo rechazar a alguien por su piel. Es reforzar un sistema que históricamente ha denigrado y violentado a determinadas razas, no la blanca. Si alguien me rechaza a mí por ser blanca, no está cometiendo racismo inverso, porque no está ahondando en ninguna herida ni contribuye a la desigualdad. Solo está reaccionando a un sistema injusto que siempre te pone más trabas si no eres blanco, incluso cuando solo el 6% de la población lo es”.
Estrenas Las aulas celestes en una coyuntura en la que se cuestiona la función del LUM y del arte, en general.
Parte del mismo impulso, de imponer una narrativa distinta que no permita hacernos preguntas. En mi juventud vi cómo se abría ese espacio; el trabajo de la Comisión de la Verdad fue muy emocionante. Todo es cíclico, quizá vamos a ingresar a una zona más oscura aún, ojalá que no, para volver a salir a la luz. Ahora se quiere juntar a la izquierda y al centro y meterlos en el cajón de las personas que han sido responsables de la debacle que tenemos, y es absurdo. Es muy fácil limpiarse de responsabilidades, sobre todo, lo que ha venido pasando en los últimos diez años desde que Keiko se tiró abajo al gobierno de PPK y empezó la catástrofe.
¿Realmente crees que has perdido público?
(Sonríe) Creo que he perdido público, pero lo digo un poco en broma porque no sé si el público que supuestamente tenía antes sigue yendo al teatro. Lo que sí encuentro es una gran necesidad —estoy generalizando terriblemente—por consumir un tipo de obras que no generen muchas preguntas, que no les pongan en una situación de incomodidad, que no los lleven a hacerse preguntas sobre sus propias decisiones. Dentro de esa línea, es natural que haya mucha gente que prefiera ir a ver comedias, cosas divertidas. En ese sentido, sí he perdido a ese público, pero nunca pierdo las esperanzas de que algunos se animen, se atrevan. Puede ser una experiencia incómoda, ¿no? Venir a una de estas obras que hacemos, no solo yo, y que cada vez tiene menos espacios.
El principio del mundo aborda el clasismo y el racismo de décadas atrás, pero se sigue repitiendo en ciertos círculos, ¿no?
Por supuesto que seguimos en un país tremendamente clasista y racista. Las mayores oportunidades siempre las tenemos nosotros. Puedo haber recibido, a veces, rechazo de ciertos grupos porque no consideraban que yo tenía, digamos, la legitimidad para estar ahí. Caí en un estereotipo y me juzgaron así, y entiendo perfectamente que lo hagan.
¿Qué te deja como artista y ciudadana estrenar una obra como esta?
Es una gran responsabilidad. A mí me genera mucha presión y no puedo pecar de ligera o irresponsable. Tampoco quiero hacer una obra que ahonde más en las divisiones de mentalidades. Quisiera convocar a todos. Quisiera que venga gente de colegios públicos, pero también gente que ha tenido la oportunidad de estudiar en escuelas privadas como yo, que no conoce esa realidad. Que vengan los que tienen muchos prejuicios, que repiten aquello de que el pobre es pobre porque quiere. Que escuchen y se dejen interpelar por la obra. Creo que el teatro tiene esa posibilidad.





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