Puntuación: ★★★★★ Autor de los promisorios cortos Una vez más y 303 y del valioso mediometraje TQ 192, Eduardo Mendoza de Echave (Lima, 1975) debutó en el largo con Mañana te cuento (2005) que tuvo luego una innecesaria continuación con Mañana te cuento 2 (2008). Ya entonces escribimos aquí que ambos estaban muy por debajo de lo que Mendoza podía dar. El cineasta hizo también una incursión en el mundo de las producciones de acción y bajo presupuesto para el mercado norteamericano, Snuff dogs (2010) que no hemos visto, y elevó un tanto el nivel de exigencia de su trabajo con su cuarto largo, Bolero de noche (2011) que hay que considerar fallido, pero del que afirmamos que, pese a sus limitaciones, era “su propuesta más interesante, una suerte de embrión de lo que podría ser su salto a un cine más personal”. PUEDES VER 'La Hora Final' llevó 105,300 espectadores en su primera semana en cartelera Ese salto fue dado con El evangelio de la carne (2015), una de las propuestas de mayor ambición del cine peruano en años recientes. La trama transcurre en un día en que se juega la final del campeonato de fútbol con una versión del clásico U-Alianza y sale la procesión del Señor de los Milagros; tres hombres entrecruzan sus vidas en busca de una redención en lo personal y un milagro para los suyos. La cinta se abre en flash back seis meses anteriores a los hechos y traza con gran habilidad narrativa tres historias paralelas que confluyen en las imágenes finales. Esto permite proporcionar al espectador información sobre el pasado de media docena de personajes principales muy bien definidos e incorporar a una decena de secundarios, otorgando a la trama un carácter coral, pues cada uno de ellos es custodio de una parte de la historia, que se ramifica e interactúa en asociación o rivalidad con los protagonistas. Ya al momento del estreno de El evangelio de la carne Eduardo Mendoza estaba inmerso en un proyecto que se encuentra en cartelera y que le ha tomado tres años: narrar su versión de lo que fue el seguimiento y captura de Abimael Guzmán y parte de la cúpula terrorista de SL por miembros del GEIN. La historia Transcurre entre 1989 y setiembre de 1992 y abarca varios ámbitos de acción. El central nos muestra distintos aspectos de la compleja operación que llevó hasta Guzmán, la creación del GEIN al mando de Bernales (Toño Vega), la pobreza de su equipamiento y su enfrentamiento con el SIN de Montesinos, que pretende apoderarse de sus materiales e infiltrarlo. Dos de los agentes del GEIN, Carlos Zambrano (Pietro Sibille) y Gabriela Coronado (Nidia Bermejo) tienen el rol de protagonistas y la historia se abre a dos subtramas cuyos hilos narrativos desarrollan sus dramas familiares. Zambrano, que ha pasado tres años en un pueblito de la sierra antes de ser captado al GEIN, está envuelto en una pugna con su expareja (Katherina D’Onofrio) que quiere dejar el país y llevarse al hijo de ambos, el adolescente Gonzalo (Fausto Urbina). Coronado, enfermera quechuahablante ayacuchana integrada a la PNP y también captada al GEIN, divide su tiempo entre sus tareas como agente y sus intentos de convencer a su hermano Fidel de abandonar SL. Hay otras subtramas menores, como la que muestra el apoyo (limitado) que presta la CIA al GEIN o la intervención del grupo Colina. Puesta en escena Siempre consideramos que la gesta que llevó a la captura de Abimael Guzmán y parte de su cúpula se adecuaba casi de modo perfecto a los esquemas genéricos del policial. Había allí un thriller a disposición del cineasta que quisiera acometerlo. En el cine de géneros (policial, melodrama, musical, etc.) las acciones y emociones están formalizadas a través de convenciones más o menos elásticas pero reconocibles y los conflictos éticos se reparten entre protagonistas y antagonistas con nitidez. Esto se hace notorio en la primera media hora de la cinta de Eduardo Mendoza, aquella que nos muestra la creación del GEIN, las dificultades que afronta, su dinámica como grupo y sus esfuerzos por identificar y seguir a la red de colaboradores que permite la subsistencia de la cúpula terrorista, los ardides de un juego de relevos que se caracteriza por interminables esperas y en el que el éxito muchas veces depende de un dato minúsculo: la compra de 20 panes, el hallazgo de medicamentos para combatir la soriasis. Mendoza guionista, como ya lo había hecho en El evangelio de la carne, elige un tratamiento quebrado que altera la cronología y que identifica los momentos clave señalando el año y el lugar en que se realizan. Por ejemplo, el hallazgo del museo senderista en 1989, punto de quiebre de las investigaciones, y que mostró una imagen reciente del “desaparecido” Guzmán gracias al video de Zorba, se desplaza hasta bien avanzado el relato. Pero si esta estructura funciona para todo lo que tiene que ver con la parte de pesquisa policial, tiene el problema de chocar contra las dos subtramas creadas por Mendoza para dar carnalidad a los personajes de Zambrano y Coronado y hacerlos protagonistas de su historia. Pues ocurre que la pugna frente a su esposa y su intento de redención frente a su hijo dándole una imagen mitificada de su trabajo desequilibran el filme. Lo mismo sucede con la relación de Gabriela con Fidel, su hermano y sus vanos intentos por hacerlo abandonar la violencia. La imagen es la de dos desvíos en la ruta principal cuyo desarrollo por acumulación de situaciones traba el avance del filme. No ocurre lo mismo con el tratamiento de la relación amorosa entre Zambrano y Gabriela, que da lugar a una secuencia lograda: aquella en la que ambos hacen el amor a contraluz teniendo como fondo una ciudad sumida en las tinieblas de un enésimo apagón. Es verdad que la complicidad entre ambos personajes funciona, pero también lo es que da lugar a uno de los momentos en que la verosimilitud de la narración tambalea, poniendo a prueba la credibilidad del espectador: el de la fuga del local donde son sometidos a tortura por agentes de Colina. El relato se recupera luego de esta caída y logra sus mejores momentos en la descripción del operativo que conduce a la casa de Surco y a la captura de Guzmán y sus secuaces. Esto, y la descripción de esa ciudad de apagones, coches-bomba, toque de queda y crispación por la protesta social debida a la crisis económica, forman parte de los activos de una narración en altibajos, pero que funciona en su nivel más inmediato, el de la recordación de tiempos aciagos que dos generaciones de peruanos no conocen y que a otros resulta útil revivir para evitar la repetición de los mismos errores.