La vida después del terremoto que destruyó Pisco

Recuerdo. El 15 de agosto del 2007, Gerson sobrevivió entre los escombros de la iglesia San Clemente, Milagros nació en el hospital de Pisco y José Luis Tipacti se convirtió en un personaje venerado. Estos niños son símbolos de esperanza tras el terremoto.

15 Ago 2015 | 3:26 h

Hace ocho años, Gerson se convirtió en un sobreviviente. No tiene detalles de cómo lo logró. Solo sabe que lo es. 
 
Hace ocho años, apareció con vida en medio de la muerte, de los escombros y del miedo. Hace ocho años, este niño de cabellos puntiagudos solo tenía 7 meses de nacido. Un día como hoy, al iniciar la noche, un terremoto en Pisco se llevó a su familia y lo dejó como un símbolo de esperanza. 
 
Cuando le preguntan por su mamá, Gerson Herrera Alviar dice: “¿Cuál?” Él tiene dos: Flor Alviar (35) y Martha Luján (66), su abuela. Esta última se convirtió en su madre desde que lo rescataron entre las ruinas de la iglesia San Clemente de Pisco. Era el único sobreviviente de una familia integrada por cuatro niños y una pareja de esposos, entre los que estaba Flor.
 
Era solo un bebé cuando el templo se vino abajo sacudido por un sismo de 7,9 grados en la escala de Richter. Entre los escombros, su papá, William Herrera (35), lo entregó a uno de los rescatistas antes de morir. Rómulo Palomino recibió a Gerson, quien tenía rasguños en la frente, la mejilla y el pecho.   
 
Palomino buscaba a su padre y halló al niño. Mientras los médicos lo revisaban, la abuela Martha Luján viajaba –en medio de las réplicas– de la ciudad de Ica al epicentro del sismo: Pisco. No se imaginaba que aquel terremoto también se había sentido en Chincha (Ica), Cañete, Yauyos (Lima), Huaytará y Castrovirreyna (Huancavelica). Y tampoco que dejaría 595 muertos y más de dos mil heridos. 
 
Al llegar, Martha solo encontró muerte. El cuerpo de su yerno William yacía en la plaza. Aquel 15 de agosto del 2007 no estaban su hija Flor ni sus nietas Fiorella, Dayana y Fabiola. Tampoco Gerson. Recién al tercer día recuperarían los cuerpos. Y esa misma fecha sabría que el menor de sus nietos estaba a salvo en la casa del rescatista Rómulo Palomino. 
 
Ocho años después del terremoto, Ica llora a sus muertos. Martha recuerda a su familia y Gerson está a su lado abrazándola. “Son ocho años de amor”, dice. 
 
Pasadas las 6:40 p.m., cuando inició el terremoto, la parroquia Santiago de Luren empezó a derrumbarse. Lo mismo sucedía con las casas de adobe cercanas al lugar. El pequeño José Luis Tipacti (9) se cambiaba de polo cuando un muro acabó con su vida y dio inició a la devoción por “Chicho”. 
 
El terreno donde estaba su vivienda, entre las esquinas Ayacucho y Nazca, en Ica, se ha convertido en una pequeña capilla decorada con imágenes de bebés, flores y ecografías. A las paredes les faltan espacios libres y les sobran peticiones. 
 
“¡No lo toques! Recién lo han pintado”, le reclama una mujer al esposo que intenta coger el maniquí de “Chicho”. No faltan visitantes en el nuevo hogar de este santo del pueblo iqueño, que le atribuye milagros como el que una familia pueda tener hijos. Le piden más salud, apoyo en los estudios y hasta protección ante los desastres naturales. “Solo Dios sabe si pasará algo. Chicho no lo permitirá”, dice la vecina  Maribel García (42). 

Una vida de milagro 

Tiene un nombre que resume su historia. Milagros cumple hoy ocho años.
 
La cesárea de Antonia Pariona (40) culminó al mediodía del 15 de agosto del 2007. Estaba programada para el día anterior, pero por problemas en la sala de operaciones del hospital de Pisco cambiaron la fecha.
 
Faltaba poco para las 7:00 p.m. y el policía Javier Cuya (42) llegaba al nosocomio para ver a su esposa y a su hija. La primera descansaba en el tercer piso y una enfermera, que después fallecería, le aplicaba una inyección. La recién nacida reposaba en una incubadora de la segunda planta.
 
Cuya conversaba con su esposa cuando el terremoto comenzó. Las camas se movían, los vidrios crujían, la gente huía atemorizada. Antonia no podía irse: estaba operada. El policía intentaba acompañarla los 2 minutos 55 segundos que duró el sismo; mientras que en el piso de abajo ya todos salían dejando sola a la bebé. 
 
Segundos después, Javier bajó por su hija. Estaba sola y la pared de al lado a punto de derrumbarse. Abrió la incubadora, la envolvió con una frazada y, en medio de las replicas, la sacó del hospital. Una vez que la bebé estaba a salvo, volvió por su esposa. Con la ayuda de más personas, cogió la camilla y evacuaron a Antonia. Esa familia no resultó herida, pero la escena que los acompañaba era trágica: había muertos alrededor, el hospital comenzaba a derrumbarse y el jardín en donde estaban cobijaba heridos y llanto.
 
Cuando supieron que el bebé que esperaba Antonia sería mujer, armaron una lista de posibles nombres. Ninguno de ellos era Milagros.
 
Esa fecha, en la que se registró el desastre con mayor intensidad de los últimos años en el país, también hubo vida en medio de la muerte. No solo esta niña vecina del distrito de San Clemente nació en Ica. En total, fueron 34 los que vieron la luz en esa ciudad y seis en Pisco. 
 
Pero, en el tiempo transcurrido, ¿cómo está la iglesia de Luren que “Chicho” veía a diario? ¿Qué ocurrió con el distrito donde Milagros ha vivido en estos ocho años? 
 
Ica aún no termina de recuperarse. Ocho años después del terremoto, el 40% de familias de Pisco no ha podido reconstruir sus viviendas y solo existe un 30% de avance en pavimentación y asfaltado. “Se han hecho trabajos en el centro, pero en la periferia quedan cosas por hacer: no hay títulos, pistas ni veredas. Sin embargo, también hay un 70% de obras en saneamiento básico (agua y desagüe), sostiene el alcalde provincial de Pisco, Tomás Andía, cuya gestión comenzó en enero.
 
En San Clemente, el avance sería de 50%. Pues bien, en un sector de este distrito llamado Santa Rosa siguen edificando viviendas, sea a través de los bonos otorgados por el gobierno, sea por préstamos particulares. Los cúmulos de desmonte están en cada cuadra.
 
Pisco hoy tiene como zonas críticas y con mayor retraso en labores de mejoramiento a Alto El Molino y Pisco Playa.
 
El 15 de agosto del 2007, Ronald Schultz ayudó en el rescate de 28 personas y la recuperación de 15 cuerpos. Si no le dicen “loquito”, lo llaman “el héroe del terremoto”. Él perdió su casa en el Cercado de Pisco, le entregaron un módulo en Alto El Molino y solo pide que, de una vez, construyan un colegio.
 
En esta zona se reubicaron los damnificados de Pisco Playa, La Pascana y el centro de Pisco. La mayoría de casas es de esteras, abundan los perros y una chanchería se abre espacio en una zona arqueológica.
 
Lourdes Manrique (29) carga a su pequeña bebé y, mientras sube a una huaca repleta de basura, pide que alguna autoridad llegue a esa zona. Lo perdió todo en el sismo. Ahora vive en esteras, sin agua, luz ni desagüe. Tampoco tiene un título de propiedad que le permita acceder a programas de vivienda.
 
“Cofopri no ingresó a esta zona. Hicimos un ‘cambio de uso’ en este sector para poder formalizarnos, pero no accedieron porque supuestamente estamos en una huaca, la cual no tiene restos arqueológicos”, dice la también presidenta de la Asociación Provivienda Sagrado Corazón de Jesús Sector VI, de Alto El Molino.
 
En esa zona, ubicada a la altura del kilómetro 5 de la avenida Fermín Tangüis, viven aproximadamente 1.500 familias, de las cuales 300 no poseen títulos y más de 30 ni siquiera cuentan con servicios básicos. 

Descuido en Pisco Playa

En marzo del 2014, el presidente Humala llegó para inaugurar las obras en el borde costero de Pisco. Un año después, hay postes caídos, el mar recupera su espacio, las mallas ya están rotas. 
 
En Pisco Playa, una de las zonas más afectadas por su cercanía al mar, las vías no están asfaltadas, el muelle está dividido en tres y aparecen los llamados “muros de la vergüenza”, paredes –levantadas tras el sismo– que cercan terrenos baldíos. Adentro solo hay carpas, esteras o pequeños módulos. “Hay casas que siguen derrumbadas y la mayoría se ha reconstruido por cuenta del dueño”, reclama el presidente de la junta vecinal de Pisco Playa Sur, Edwar Aquije.
 
El terremoto dañó el palacio municipal y el estadio de Pisco. El alcalde Andía sostiene que este último deberá ser restaurado para luego convertirse en un museo. El gobernador de Ica, Fernando Cillóniz, considera que la reconstrucción ha sido lenta, pero ya se ha dado. “Al 100% no, pero sí más del 90%. Toda la vida urbana está normal. Sin embargo, no se ha hecho la reconstrucción de los monumentos, lo cual me parece un grave error”, señala.
 
El santuario Santiago de Luren y la Catedral de Ica siguen cerrados desde agosto del 2007. Como lo informó este diario, se prevé que la reconstrucción del primer templo comience en diciembre próximo. Y si bien las autoridades destacan la reparación en el servicio de salud, existe una demanda de la población: una área de salud mental. En la región no hay nosocomio que trate estos casos. Ocho años después, los niños de Ica merecen que su región termine de recuperarse del desastre.❧

​Reubicación genera discrepancias entre autoridades y pobladores​

Por encontrarse en zonas de riesgo, los sectores de Tambo de Mora, en Chincha, y San Andrés y Pisco Playa, en Pisco, necesitarían ser reubicados. Sin embargo, la población rechaza su traslado y las autoridades señalan que no hay lugares donde llevarlos. “Leticia también está pegada a la desembocadura del río y al mar. Si un tsunami tiene la misma intensidad que la de un terremoto, barrería ese sector”, sostiene Eduardo Trigoso, de Defensa Civil del Gobierno Regional de Ica. “Incluso las zonas de malos suelos tienen solución arquitectónica. Todo se ha reconstruido sobre los mismos lugares”, agrega Cillóniz.
 
Entre las zonas con población reubicada están Cruz Blanca y Alto El Molino.
 
El cementerio general de Pisco alberga a la mayoría de fallecidos en el distrito el 15 de agosto del 2007. Ese día, Jorge Briceño (55) perdió a su hijo Jesús (12). Exige mayor seguridad en el camposanto.
 

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