¿Una nueva izquierda?

6 Jun 2015 | 23:30 h

La última refundación de la izquierda peruana ha naufragado.  A los dos años del lanzamiento del Frente Amplio, la izquierda está dividida en dos frentes, ninguna de la cual es viable.  Mientras la izquierda gobierna en la mayoría de los países latinoamericanos, en el Perú apenas alcanza a Brad Pizza en las encuestas.  Es la izquierda que la derecha quiere: una fuerza marginal que no amenaza a nadie.
 
Pero no tiene que ser así.  Como han señalado Carlos Meléndez y Eduardo Dargent, existe un espacio electoral que la izquierda podría aprovechar.  A pesar del boom económico, hay altos niveles de descontento. Según el Latinobarómetro (2013), solo el 23% de los peruanos está satisfecho con la economía.  Los servicios públicos (educación, salud, transporte, seguridad) son de baja calidad, generando frustración y una percepción de injusticia, porque el Estado parece favorecer a una minoría privilegiada a costo de los demás.  Según el Latinobarómetro, solo el 16% de los peruanos cree que sus gobiernos gobiernan “para el bien de todo el pueblo”. Y solo el 17% cree que la distribución de la riqueza en el Perú es justa.  
 
Esta percepción de injusticia abre una puerta para la izquierda.  El viejo discurso anticapitalista y antiimperialista no gana elecciones en el Perú (los peruanos mayoritariamente apoyan al libre comercio y la inversión extranjera), pero la izquierda no tiene que ser anticapitalista. La izquierda es redistributiva. Busca utilizar al Estado para reducir la desigualdad. Se puede crear una sociedad más igualitaria (por ejemplo, cobrando más impuestos a los ricos para financiar políticas públicas que benefician a la mayoría) sin tumbar al sistema capitalista.  De hecho, en un país como el Perú, donde más del 80% cree que la distribución de la riqueza es injusta, un programa redistributivo sigue siendo muy atractivo.
Pero si un espacio progresista existe en el Perú, solo una izquierda renovada (y no reciclada) podrá ocuparlo.  Será una izquierda joven, que representa un cambio generacional.  Por ejemplo, un movimiento de jóvenes progresistas encabezado por Marisa Glave, Verónika Mendoza, y Sergio Tejada (con Mendoza, una cusqueña, como candidata presidencial) podría cambiar el panorama electoral en 2016.
 
La construcción de una izquierda exitosa requiere por lo menos tres cambios. Primero, la vieja guardia tiene que irse. Si quiere resucitar la izquierda peruana, la nueva generación tendrá que matar a sus padres. Los partidos históricos (PCP, Patria Roja), los intelectuales, quizás todos los políticos de la época de la Izquierda Unida, tendrán que jubilarse.  Fuera de la foto.  Muchos son buenas personas; algunos son muy respetados.  Pero han fracasado, sin cesar, por 25 años.  Ni siquiera Javier Diez Canseco ofrece un modelo para seguir. Diez Canseco fue un hombre honesto y de principios.  Fue un buen parlamentario.  Luchó con valentía contra Fujimori. Pero como líder de la izquierda, fracasó. Bajo su liderazgo, la izquierda no solo colapsó en 1989 sino que fue incapaz de reconstruirse durante dos décadas.  Mientras nuevos proyectos de izquierda crecieron en países como Bolivia, Brasil, Costa Rica, El Salvador, México, y Uruguay, en el Perú, después de 25 años, la izquierda sigue fragmentada, divorciada de los sectores populares, y electoralmente marginal. La vieja guardia ha fracasado. Que se vaya.
 
Segundo, la nueva izquierda debería abandonar todos los símbolos (bandera roja, puño en alto, etc.) y consignas de la izquierda tradicional.   Uno de los legados de Sendero Luminoso es una alergia –en gran parte de la sociedad peruana– a todo que huele a marxismo. Más que en otros países, los símbolos, consignas y discurso de la izquierda tradicional son espantavotos en el Perú, porque se asocian con Sendero. Si la izquierda quiere ganar elecciones, entonces, tiene que tirar su guion tradicional al basurero y crear un nuevo discurso y cultura.    
 
Tercero, la nueva izquierda tiene que repensar su base social. Tradicionalmente, la izquierda latinoamericana movilizaba a los obreros y los campesinos y buscaba representar a las “mayorías populares”.  En el Perú de los años setenta, tenía algo de sentido: habían obreros (la tasa de sindicalización superó a 20%) y campesinos. Y la mayoría de los peruanos eran pobres.
 
Pero la sociedad cambió.Hoy la clase obrera tradicional es casi inexistente. Solo el 4% de la población económicamente activa pertenece a un sindicato. Además, el país es 80% urbano. Los campesinos ya son pocos. Y gracias al boom económico de los 2000, la mayoría dejó de ser pobre.  
 
Hoy en día, entonces, la izquierda enfrenta una sociedad con pocos obreros y campesinos. Y los sectores populares ya no son tan pobres.   Sus miembros tienen (o esperan tener) casa y auto, mandan (o esperan mandar) sus hijos a la universidad, y consumen productos que antes solo consumían los pitucos. La izquierda tiene que adaptarse a esta nueva realidad social. Puede alinearse con la CGTP o los ronderos de Cajamarca, pero sin imaginar que representan a los sectores populares. Representan intereses legítimos, pero estrechos. Puede acompañar a las movilizaciones campesinas en defensa de sus comunidades ante la expansión poco regulada de la minería, pero convertir esa lucha en el eje de su programa sería atarse a una base social estrecha. Y olvidarse del Perú urbano.   
 
La izquierda desapareció del Perú urbano hace años. Hoy el fujimorismo tiene más presencia en los sectores populares de Lima.  Si la izquierda quiere ganar elecciones, tendrá que revertir esa situación. Tendrá que apelar no solo a los pobres urbanos (que son cada vez menos) sino también a la creciente clase media-baja. Ese sector vive mucho mejor que hace dos décadas. Un discurso enfocado exclusivamente en los costos del neoliberalismo, y que no ofrece nada a los que se beneficiaron del boom pero que aspiran a más (más seguridad económica y física, más participación, más justicia, más y mejores servicios públicos) gana pocos votos en los sectores populares urbanos. Y sin los sectores populares urbanos, la izquierda no va a ningún lado.
 
Cuando la izquierda peruana resucite, será otra: será una izquierda más joven, menos atada a las luchas del pasado, y más atenta a las necesidades de los sectores medios urbanos.  Si la nueva generación de políticos progresistas construye esa izquierda para 2016, cambiaría profundamente la dinámica electoral.  Pero el tiempo se acaba.  
 

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