Lula en el horno

Los mercados celebran su sentencia.

26 Ene 2018 | 6:00 h

Un tribunal del estado Porto Alegre (Brasil) ha ratificado por unanimidad la sentencia contra el ex presidente y candidato para las elecciones presidenciales de este año Inacio Lula da Silva, aumentando la pena de 9 a 12 años. La complejidad de este hecho, en un país dividido políticamente e infestado de corrupción, se refleja en el hecho de que, a diferencia de otros países, esta decisión judicial no ha derrumbado los mercados sino todo lo contrario: la bolsa subió 3,3% y la diferencia entre el real brasileño y el dólar bajó más de 1,3%.

Otro efecto de esta decisión es que se estrechan las posibilidades para que Lula sea candidato. En un escenario de alta fragmentación es el candidato con más fuerza, que supera el tercio de la intención de voto doblando a su oponente, el ultraderechista Jair Bolsonaro, y muy lejos de un pelotón de pequeños aspirantes que se acercan a la decena. Lula tendrá que pedir el aplazamiento de la sentencia, y al no lograrlo deberá recurrir al Tribunal Supremo, de controvertidas decisiones.

Su postulación y su libertad penden de un hilo y se encuentran dramáticamente enlazadas. Lula es para muchos ciudadanos el político que simboliza la corrupción y un sistema político que debería desaparecer bajo el fuego que irradia el proceso Lava Jato, que ya ha quemado a buena parte de la clase política brasileña.

No obstante, quizás también sea el último escollo para que se imponga uno de los modelos de refundación de la política brasileña, y su fortaleza –la de Lula– sea precisamente lo que el gobierno de Michel Temer teme, es decir, una vasta fuerza social brasileña que deteniéndose en los casos de corrupción que involucran a Lula, siente al mismo tiempo que tras los procesos contra el ex presidente existe un proyecto regresivo en lo político y económico. Por esa razón, Temer tiene una aprobación menor a un dígito, pero los mercados se alegran con la sentencia a Lula.

Por otro lado, no puede desligarse el drama Lula-Brasil con la historia reciente de una parte del progresismo latinoamericano, sea en sus versiones exitosas o fracasadas. Los casos de Ecuador (Correa), Venezuela (Chávez/Maduro), Argentina (Kirchner) y Bolivia (Morales) muestran a una izquierda con graves dificultades para romper con los lastres históricos de la falta de transparencia y opacidad que caracterizan a los gobiernos que han combatido más de un siglo.

Finalmente, los sectores conservadores peruanos han celebrado la sentencia contra Lula como su fuese un golpe contra la izquierda latinoamericana, a secas. Lo cierto, sin embargo, es que el esquema de corrupción que ahora se juzga en Brasil es uno de los reflejos esenciales del giro histórico que los distintos grupos de izquierda llevaron a cabo en Brasil en el ámbito nacional y regional. Habría que recordar que durante sus dos gobiernos Lula se distanció de la base social de su partido, de la Central Única de los Trabajadores (CUT) que fundó, y del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST), de modo que habría que esclarecer si lo que se juzga en ese país, política y judicialmente, es un programa originario o una herejía.

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