Qué pasó, qué viene (2)

24 Dic 2017 | 6:05 h

El viernes 15 la moción de vacancia presidencial presentada por el Frente Amplio se aprobó con 93 votos a favor, es decir, casi con unanimidad descontando a la bancada oficialista. Hasta el lunes 18, inclusive después de la presentación del presidente en televisión nacional, la previsión era que la suerte del presidente estaba echada. No había logrado dar explicaciones satisfactorias respecto a los conflictos de interés en los que habría incurrido, se especulaba sobre su renuncia y sobre la viabilidad de un gobierno de Martín Vizcarra. ¿Cómo así logró evitar la vacancia en tres días?

En primer lugar, el gobierno empezó a defenderse con más energía. Si bien no lograron persuadir a la opinión pública de la inocencia o integridad del presidente, sí lograron convencer a muchos de que el Congreso actuaba con excesivo apresuramiento. Segundo, para mí lo más importante, el énfasis de la discusión, se desplazó de la moralidad del presidente a la prepotencia del fujimorismo por obra de ellos mismos.

El intento de conseguir 104 votos para votar la vacancia lo antes posible, declaraciones altisonantes, por llamarlas de alguna manera, de Héctor Becerril, de Luis Galarreta (contra la Corte Interamericana de Derechos Humanos) y, luego, de Daniel Salaverry, reavivaron la imagen de un fujimorismo golpista, que a la larga hicieron que Keiko Fujimori pierda por tercera vez el propósito de controlar el poder ejecutivo. Si en 2011 se puede atribuir a Jorge Trelles o Alejandro Aguinaga, y en 2016 a José Chlimper, el cometer errores de último minuto que cambiaron tendencias que parecían firmes, esta vez ese sitial corresponde a estos voceros parlamentarios.

Su locuacidad generó el espacio para que Kenji Fujimori pudiera retomar un discurso alternativo basado en privilegiar la gobernabilidad sobre la confrontación, unificó a la bancada de PPK, sacó al antifujimorismo a la calle, permitió que Nuevo Perú privilegiara la lucha contra el fujimorismo a sus cuestionamientos al neoliberalismo, que APP pudiera presentarse como una fuerza política responsable, y dividió los votos del APRA, de AP y de los no agrupados. Tercero, el encono de Fuerza Popular arrinconó tanto al gobierno que lo obligó a jugarse el todo por el todo: jugar la carta del antifujimorismo, denunciar la existencia de un plan de golpe de estado parlamentario el miércoles 20, anunciar que la vacancia implicaría la renuncia de los vicepresidentes y el adelanto de elecciones generales, al mismo tiempo que llamaba a actuar con prudencia y tendía un puente a los “jóvenes congresistas” de FP y de otras fuerzas políticas en la intervención de Alberto Borea.

Esta estrategia, si bien no doblegó al Frente Amplio, sí consiguió diez abstenciones en FP. Los votos “kenjistas”, antes que desnudar una negociación a cambio del indulto de Alberto Fujimori, mostrarían la consolidación del liderazgo de Kenji, con la bendición de su padre, y exhibió su importancia crucial en el juego político congresal. Esto hace verosímil la posibilidad de un indulto humanitario, previo informe de una junta médica calificada, en un plazo no muy lejano, escenario anunciado más de una vez por el presidente.

¿Qué viene? Aparentemente la lección sacada después de esta experiencia es la importancia de contar con políticos con trayectoria y peso político como aliados, capaces de generar cierto consenso y enfrentar los excesos fujimoristas, pero sin necesariamente buscar confrontaciones gratuitas (Alberto Borea, Ántero Flores, Lourdes Flores, el mismo Pedro Cateriano). Una futura recomposición del gabinete podría expresar esta idea.

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