Cuando, como por estos días, la política se torna más impúdica de lo habitual, lo saludable es optar por un excéntrico viraje temático para escapar de la realidad. Entonces, aprovechando la coyuntura futbolística y el hecho de que juguemos contra la exótica Nueva Zelanda, nada mejor que escribir acerca de un ser real maravilloso cuyo único hábitat es el territorio del país al que este sábado nos vamos a enfrentar: El Kiwi. Oceanía, dado su aislamiento geográfico, es casi un planeta diferente y su fauna es como sacada de la ciencia ficción o la mitología. El kiwi es un ejemplo. Pocos animales en el mundo pueden despertar tanta curiosidad y ternura como esta pequeña ave sin alas, de pico largo, con unas plumas de tonos marrones que más parecen pelos, huesos pesados como de mamífero y cuyo referente más cercano para nosotros es una marca de betún. Este fantástico animalito terrestre porque no vuela, que no canta sino chilla, que habita los bosques de las montañas de ese país y que, como máximo, alcanza el tamaño de una gallina mediana, es el símbolo nacional de Nueva Zelanda. Por eso su silueta está presente en monedas, estampillas, escudos e insignias de armadas, ciudades y equipos deportivos. Es más, “kiwi” es el gentilicio alternativo de neozelandés. A pesar de ello, las cinco especies que existen del heráldico kiwi están en peligro de extinción, debido a la innoble persecución que sufren a cargo de depredadores de origen foráneo, como perros y gatos, que fueron llevados por los colonizadores británicos. Lo interesante de esta criatura tímida, indefensa, lenta, nocturna, de una mirada triste, con ojitos de roedor y que se alimenta sobre todo de insectos es que, si bien son las hembras las que ponen el huevo (uno solo), es el macho quien se encarga de incubarlo hasta el nacimiento del pichón en sus madrigueras subterráneas. Por eso los zoólogos dicen que, si el sorprendente Kiwi no existiera, ni siquiera podría imaginarse. Extravagancias de la evolución.

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