Heroísmos contemporáneos

31 Ago 2017 | 6:00 h

Era un tremendo símbolo “Mamá Angélica”, Angélica Mendoza de Ascarza, sepultada ayer en Huamanga. A través de una acción valerosa, tenaz –y contra la corriente–, inició hace más de 30 años decidida batalla por encontrar a su hijo Arquímedes, de 19 años, sacado por soldados de su casa en junio de 1983, llevado al cuartel Los Cabitos en Huamanga y luego desaparecido. Le dijeron a Angélica, “para aclarar nomás estamos llevando; mañana vas a venir al cuartel”. Llegó a enviarle una nota manuscrita desde el cuartel, “…insistan diario al cuartel para que así me pasen al juzgado”. Nunca lo vio más.

Eran tiempos muy duros aquellos. Cuando fue a la Fiscalía encontró a otras mujeres preguntando, también, por sus hijos, padres o hermanos. Se juntó con varias de ellas para buscar. En 1984 fundaron Anfasep, la primera organización para la búsqueda de los desaparecidos en la guerra que inició Sendero Luminoso. Eran víctimas de maltratos: “terrucas”, “indias”, “mentirosas” eran solo parte de los agravios que les caían. En setiembre de 1992 fue acusada por el gobierno de Alberto Fujimori de “embajadora del terrorismo”. Tiempos de intolerancia.

La recuperación democrática en el Perú no trajo la aparición con vida de Arquímedes y de tantos otros. Pero sí significó para “Mama Angélica” la apertura de rutas distintas a las del maltrato verbal o a las de la displicencia por las autoridades y la sociedad. Un proceso judicial, al fin, estableció hace poco responsabilidades por varios crímenes en Los Cabitos. Más allá de ello destacan dos aspectos.

En primer lugar, ella y su causa son hoy parte de la memoria nacional y de una verdad que estará siempre en construcción. Desde la comisión que puso en marcha el Lugar de la Memoria (LUM), que se inauguró en diciembre de 2015, cuidamos que ello quedara registrado. Una enorme fotografía, entrando al segundo piso, recoge los pasos iniciales impulsados en 1984 por ella y otras madres ayacuchanas para que no fueran arrasados los derechos de la gente.

Con recorridos humanos distintos, en la memoria nacional personajes en apariencia disímiles tienen, sin embargo, puntos sustanciales de encuentro frente al terror y la intolerancia. Así, más adelante, en el mismo recorrido en el LUM, el visitante pasa de esa fotografía a otro ambiente en el que encuentra la emocionante carta que el coronel Juan Valer Sandoval dirigió a su familia pocos minutos antes de participar y morir en la operación Chavín de Huántar en 1996.

En segundo lugar, el hecho de que la sociedad sigue teniendo una deuda en la búsqueda e identificación de miles de desaparecidos, la abrumadora mayoría de poblaciones andinas. También la tiene con humildes soldados y policías heridos en la acción que han quedado mutilados o inhabilitados. La mayoría, también, de origen andino.

El Perú de la exclusión sigue, así, presente en este drama que une a gente con la que la sociedad tiene una tremenda deuda que merece poca atención de políticos, “opinólogos” y medios de comunicación. Si bien poco se ha hecho al respecto a lo largo de tres décadas, sí es de justicia destacar, por ejemplo, el tenaz empeño de algunos fiscales, como Luz Ibáñez, en impulsar al Ministerio Público a llevar a cabo valiosos operativos de búsqueda, desentierro e identificación de decenas de personas desaparecidas por acción de las fuerzas del orden o del terrorismo. A esas víctimas sus familiares han tenido, al fin, oportunidad de darles sepultura.

A su fallecimiento, “Mama Angélica” ha merecido reconocimiento y simpatía. Hay en esto, un doble campanazo de atención. Tanto como señal de que se ha avanzado en dejar atrás la intolerancia y los agravios contra quienes buscan justicia y la protección de los derechos humanos como, a la vez, una mejor disposición de la sociedad, aunque insuficiente, a favor de la búsqueda e identificación de tantos peruanos y peruanas aún desaparecidos y otros afectados por dos décadas de horror.

Ella y su causa son hoy parte de la memoria nacional y de una verdad que estará siempre en construcción.

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