Nadie lee dos veces el mismo libro

7 Ago 2017 | 6:00 h

El reiterado éxito de la FIL organizada por la Cámara Peruana del Libro (especialmente desde que la dirige Germán Coronado), le ha dado un protagonismo bienvenido a ese objeto que a muchos –al parecer somos más de lo que se piensa en el Perú– nos hace la vida mejor: un buen libro. Como jamás nos pondremos de acuerdo sobre qué significa un libro bueno, partamos de la premisa simple de que bueno es el libro que nos hace bien. Conversaba con Stefano Bolognini, uno de los mayores psicoanalistas italianos, sobre lo sorprendente que los dos italianos más leídos en el Perú acaso sean Emilio Salgari y Edmundo d’Amicis. Dos escritores de libros para niños. Bolognini me contó dos cosas que cambiaron para siempre mi visión de esos narradores que marcaron mi infancia. Salgari, al parecer, nunca viajó fuera de Italia y rara vez salía de su habitación. Sin embargo, lanzó a generaciones de lectores en inolvidables aventuras por los misteriosos archipiélagos de la Malasia. Más impactante fue el comentario sobre d’Amicis. El autor de Corazón, uno de los libros más entrañables y lacrimógenos, ¡le pegaba a su mamá!

El asunto es que el libro bueno te hace bien si te llega a su debido tiempo. Retrospectivamente, lejos de empañar mi memoria de esas lecturas, conocer esos datos biográficos de los autores le añade interés y gracia. Confirma una de las hipótesis básicas del psicoanálisis: el proceso de sublimación parte de lo más bajo o limitado (perversiones, fobias, obsesiones) del ser humano y lo transforma en algo bello y poderoso.

Hace poco me quedé sin libros en la mesa de noche y acudí a mi biblioteca, la que ando despoblando periódicamente, procurando quedarme con los indispensables, esos que pienso releer. El inconsciente, que sabe porqué hace las cosas, me llevó a las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Mi edición Folio de bolsillo está con manchas de la humedad limeña, pero el texto sobrevive. No recordaba que al final hay un Carnet de Notas de la escritora. Una de estas dice que en 1927 leyó en la correspondencia de Flaubert esto: “Los dioses ya no estaban, y Cristo no estaba todavía, hubo entonces, de Cicerón a Marco Aurelio, un momento único en que el hombre solo estuvo”. Comenta Yourcenar: “Una gran parte de mi vida iba a pasar procurando definir, luego pintar, a ese hombre solo pero conectado con todo”.

La autora alude a Adriano y a la prolongada redacción del libro, pero es fácil colegir que Adriano somos todos. Y que esa trabajosa escritura es una metáfora de nuestra vida. Añado que mi “olvido” de ese carnet de notas lo interpreto como la necesidad de esa relectura, décadas después de la primera. Los libros también son buenos porque te esperan sin impacientarse ni tocarte el claxon, hasta que estés listo. Heráclito la tenía clara como el agua clara de su célebre río.

La autora alude a Adriano y a la prolongada redacción del libro, pero es fácil colegir que Adriano somos todos.

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