Los verdaderos odiadores

23 Jul 2017 | 6:00 h

No hay una ley que exija el arrepentimiento por la culpa de delitos cometidos ni que legisle acerca del ofrecimiento de perdón de un victimario a sus víctimas o supervivientes. Se trata de procesos tan íntimos que se entiende que sería difícil normarlos, pues se hace muy difícil constatar su autenticidad. Eso es algo de lo que solamente pueden dar cuenta los directamente involucrados, y quienes sienten una auténtica empatía por ellos y su dolor. Esta es una dificultad para el terreno social porque estamos tratando con sentimientos, percepciones e interpretación de intenciones. De hecho, cuando un perpetrador desde el poder ha perjudicado sustancialmente en la vida de muchas personas, entonces el daño converge en una colectividad que mantiene vivas las mismas expectativas de reconocimiento del daño causado por el perpetrador; de condolencia del victimario para con su víctima (con-dolerse); de ofrecimiento de perdón; de acciones que respalden esas palabras que deben sentirse auténticas. Solo recién luego de todo ello se puede comenzar a pensar en una posibilidad de iniciar la reparación del tejido social. Una esperanza de reparación devuelve algo de fe en las personas, en la sociedad, en las relaciones; disuelve miedos; tiene la posibilidad de calmar la rabia por la pérdida o la sensación de injusticia.

No tiene mucho sentido normar con leyes estos procesos porque son acciones que deben nacer de manera auténtica. Normarlos arriesgaría, aún más, que se conviertan en mero trámite o formalismo; corre mayor riesgo de banalizarse con fines políticos. Cuando este proceso es verídico supone que el perpetrador lo reconozca como orgánico y necesario, no solo para él sino para los de aquellos a quienes dañó. Solo cuando el perpetrador ejerce de propia y sincera iniciativa su voluntad de tomar conciencia acerca de sus actos y de las consecuencias de sus actos, cuando tiene la honestidad y la humildad de tomar consciencia por el dolor infligido a otros, cuando le duele haberlo causado y comparte parte de ese dolor deseando auténticamente hacerlo cesar no solo para sí mismo sino para aquellos en quienes lo provocó, empiezan a generarse las hebras que pueden llevar a una eventual reparación del tejido de esa relación. Y eso es algo que jamás hemos visto ni por asomo tenue en Alberto Fujimori, el perpetrador, ni tampoco en su prole ni en sus empleados.

Más bien, lo que ha caracterizado a Fujimori y al fujimorismo de Keiko y Kenji es un permanente intento por aniquilar la existencia de esas víctimas y sus supervivientes; una insistencia cruel por estigmatizarlos, cuando no hacer como si jamás hubieran existido, como si sus vidas no valieran, como si fueran prescindibles daños colaterales de lo que ellos consideran su propio bien mayor: el sostenimiento de su cuota de poder.

Parece no importarles que a mayor indiferencia del victimario para con sus víctimas, mayor es el encono y la fractura; mayor la distancia y la ruptura. Es como si estuvieran dispuestos a un asesinato histórico de sus víctimas, porque estas les son incómodas, les recuerdan errores que son delitos, decisiones que costaron vidas. Y en eso, son iguales a los terroristas de Sendero que exigen una reconciliación sin previo arrepentimiento previo, auténtico y pedido de perdón sin esperar nada a cambio e incluso a riesgo de que los impactados, con todo derecho, jamás los perdonen.

No se logrará jamás un perdón por simple olvido o manipulación, ni con un indulto que no permite que se cumpla la condena y castigo a quienes cometen terribles acciones contra la sociedad ni mediante la imposición y el chantaje político del que se ufana el fujimorismo. La fractura solo se profundizará y no podrán cerrarla ni con el clientelismo que usan en cada campaña presidencial. Y porque quienes acompañamos a esas víctimas, los que nos indignamos, los que marchamos, los que resistimos e insistimos, nos sentimos responsables de conservar un estándar básico de convivencia y empatía por quienes sufren la ausencia irreparable de un ser querido, y porque es necesario combatir a un puñado de incompetentes con patología por el poder.

¿Quiénes son, entonces, los verdaderos odiadores? No nosotros, como les gusta esparcir a los fujimoristas, sino ellos, que harán lo que sea por destruir a quienes pedimos cuentas, a quienes vemos y señalamos su destructivo proceder; ellos son los que odian a las víctimas que ellos mismos generaron, los que odian lo que ellas representan, los que odian esa parte de su historia y los que por eso quieren desaparecerla, aniquilarla, volverlos a matar.

Y el indulto a Fujimori es exactamente eso.

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