Reportaje a la muerte del ‘Che’ Guevara

50 años después. No obstante que había cosechado un rotundo fracaso en su intento de levantar a los campesinos pobres del Congo, Ernesto Guevara pretendió que los agricultores empobrecidos de Bolivia se alzaran en armas con su sola presencia en su país. El asesinato del Che, sin embargo, creó un mito.

9 Oct 2017 | 6:35 h

Sus enemigos más encarnizados creían que estaba muerto.

En una reunión privada, en abril de 1967, el presidente de Bolivia, René Barrientos, confió al embajador estadounidense en La Paz, Douglas Henderson, que sus agentes de inteligencia habían detectado al Che Guevara dentro de su país. Entusiasmado por la confidencia, Henderson luego se entrevistaría en Washington con el director de Planes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Desmond Fitzgerald. “Ese no puede ser el Che Guevara. Creemos que el Che Guevara fue asesinado en República Dominicana y está enterrado en una tumba anónima”, le dijo Fitzgerald, uno de los encarnizados enemigos del argentino.

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El Che sí estaba en Bolivia. Otra versión indica que fue la CIA la que informó a Barrientos sobre las andanzas del Che. 

Cuando Barrientos le habló a Henderson sobre la presencia de Guevara en Bolivia, en abril de 1967, el argentino ya tenía más de cuatro meses en el país andino. De hecho, un mes antes el Che había iniciado las acciones armadas. En sus memorias, el lugarteniente del Che, y sobreviviente de la guerrilla, el boliviano Inti Peredo, describió esos momentos:

"A las 7 de la mañana del 23 (de marzo), mientras Rolando revisaba las posiciones de los guerrilleros, se sintió un chapoteo en el río. Rápidamente se situó en su lugar y esperó que la tropa fuera avanzando lentamente. Se mantuvieron en silencio hasta que penetró un grupo grande. (...) Mataron a 7 soldados, hirieron a 6 y tomaron 11 prisioneros. Otros 8 soldados escaparon. El Che me encargó interrogar a los prisioneros (...). El mayor Plata, jefe de las fuerzas prisioneras, lloriqueó largamente, mientras los soldados nos pedían que lo fusiláramos por los malos tratos y los abusos que cometía. Por en cargo del Che le dije que todos los prisioneros quedarían en libertad (...)”.

Los reveses de los militares bolivianos estimularon al presidente Barrientos a pedir ayuda a los norteamericanos, o a aceptar la propuesta de asesoría para combatir a Guevara, por lo que en abril llegó un grupo de oficiales de los Rangers que hasta agosto de ese año adiestraron a 600 efectivos en operaciones contrasubversivas. Estos emprendieron la cacería del Che Guevara y no se detuvieron hasta que lo arrestaron y asesinaron. 

La cacería

La CIA designó a dos experimentados agente cubanos, Félix Rodríguez y Gustavo Villoldo, para que apoyaran a los militares en la búsqueda del Che, por lo que el 31 de julio arribaron a La Paz y luego se trasladaron a la base militar de Vallegrande. Barrientos y la CIA estaban desesperados. Hasta ese momento Guevara y los suyos habían ocasionado 50 bajas entre los militares. Era tan obvio que los guerrilleros ganaban éxito que el consejero Rostow escribió al presidente Johnson:

“Claramente los guerrilleros llevan ventaja ante las inferiores fuerzas de seguridad bolivianas. La actuación de las fuerzas del gobierno (de Barrientos) ha manifestado una seria carencia de coordinación de comando, de liderazgo de los oficiales, de entrenamiento de la tropa y de disciplina”.

Los jerarcas bolivianos entendieron el mensaje.

La intervención de los Rangers, el rechazo de los pobladores de la zona guerrillera a la presencia de combatientes extranjeros encabezados por el Che Guevara, la constante delación de los campesinos ante los militares bolivianos sobre la ubicación de los guerrilleros, fueron factores que comenzaron a golpear a la organización que pretendía que con sus acciones el pueblo se sumara al alzamiento en armas.

El 13 de setiembre, el diario peruano “La Prensa” publicó una entrevista al jefe del ejército boliviano, el general Alfredo Ovando Candia, en la que confirmó que el Che estaba en su país y lo estaban combatiendo: “Contamos con pruebas fidedignas de que Guevara está dirigiendo la guerrilla internacional en el cañón de Ñacahuasu”. 

El fin no estaba demasiado lejos.

El choque

En sus memorias, Inti Peredo, cuyo hermano, Roberto “Coco” Peredo Leigue, cayó en combate el 26 de setiembre de 1967, describió el principio del fin de la aventura del Che Guevara:
“Setiembre fue un mes de combates, de pérdidas humanas valiosas, de largas caminatas y privaciones, de altibajos en la moral de la tropa. (...) Decidimos seguir la marcha. Nuestro próximo punto era La Higuera. (...) A las 13 horas salió la vanguardia y se escucharon disparos. Nadie dudó en ese instante que los nuestros habían caído en una emboscada. El combate fue ligero y desigual. El ejército tenía un gran poder de fuego y un número aplastante de hombres".

Pocos días después, camino a su objetivo de llegar a La Higuerta, en la quebrada El Churo, Guevara caería herido el domingo 8 de octubre de 1967.

El viernes 6 de octubre de 1967, el corresponsal de guerra del diario Presencia, José Luis Alcázar, había llegado a Vallegrande con el propósito de entrevistar al Che. No sabía que sería el encargado de dar la noticia al mundo de la captura del argentino. Al contactarse con el comandante de las operaciones, el coronel Joaquín Zenteno Anaya, lo autorizó a ingresar en la zona de combate pero a partir del lunes 9 de octubre. Pero Alcázar no se quedó de brazos cruzados. Entrevistó al coronel Zenteno en la mañana del domingo 8 de octubre y por la tarde se encontraba redactando el artículo en el comando, cuando escuchó  intensas comunicaciones por radio  y pedidos para que "mariposas" (helicópteros) fueran enviadas a las líneas de combate. Algo ocurría. Alcázar recordó:

"Por la tarde apareció un oficial, amigo de entonces. Lo tomé del brazo y lo llevé rumbo a la plaza. Le dije: 'Los guerrilleros los emboscaron… ¿Cuántas bajas?'. El oficial reaccionó como si le hubiese provocado. Me respondió: 'No nos emboscaron, los emboscamos. Y ha caído el Che'. Cuando dijo esto, se puso pálido y solo atinó a decirme: “No te dije nada. Y se fue. Había metido la pata y me había proporcionado la noticia-primicia mundial".

La caída

A las 19 y 30 del mismo día José Luis Alcázar envió la noticia a la sede de su periódico en La Paz y daría vuelta al mundo, aunque estaba en condicional. 

Alcázar, basado en entrevistas con los militares que participaron en la operación, reconstruyó el momento de la captura de Guevara. El día final comenzó a las 5 de la mañana del 8 de octubre de 1967  cuando un campesino avisa a los militares que a seis kilómetros de distancia, en la  quebrada El Churo, había visto al Che. De inmediato, al mando del capitán de los Rangers,  Gary Prado Salmón, los efectivos salieron en busca del argentino. Así lo escribió Alcázar:

Son las 13.20 del 8 de octubre de 1967. El combate más memorable y decisivo para los guerrilleros del comandante Ernesto Che Guevara y para el ejército boliviano ha comenzado. 

El primer guerrillero que ha caído es el Chino (el peruano Juan Pablo Chang Navarro-Lévano, 37 años). 

Segundos después de los disparos del fusil Garand que acaban con la vida del Chino (guerrillero peruano), se desata la furia en el cañadón del  Churo. Los “boinas verdes” se parapetaban y todos a la vez acribillan el lugar.

El humo, el polvo, el olor a pólvora se disipan lentamente.

Los soldados observan una figura difusa, es un barbudo, que trastabillea e intenta parapetarse en una enorme piedra.

El guerrillero no puede esconderse. Está prácticamente encerrado. 

–¡Alto ahí o lo matamos!–, grita un “boina verde”.

El barbudo ha sido descubierto.

Levanta su carabina por encima de sus hombros. 

"Parecía Cristo”, comentaría posteriormente un soldado.

Mira y los domina.

Ningún soldado dispara.

El barbudo habla.

-Soldados, no me maten.

Los soldados lo miran.

-Soy el Che”.

Los socios de sus enemigos encarnizados lo habían cazado. 

La muerte

Herido en la pierna izquierda, Guevara fue conducido por dos soldados hacia La Higuera, adonde llegaron a las 20 horas del 8 de octubre. Lo encerraron en una escuela de piso de tierra. Lo acompañaba un miembro de la guerrilla, el boliviano Simeón Cuba Sanabria, "Willy", y los cadáveres de los cubanos Orlando Pantoja Tamayo, "Antonio", y René Martínez Tamayo, "Antonio".  Eran los restos de su aventura en Bolivia.

A primera hora de la mañana del lunes 9 de octubre de 1967, llegó en helicóptero a La Higuera el coronel Joaquín Zenteno en compañía de varios oficiales y del agente de la CIA, el cubano Félix Rodríguez, en representación de los enemigos encarnizados del Che, para verificar si se trataba del argentino. Basado en testimonios de los militares, el reportero José Luis Alcázar reconstruyó el encuentro:

Félix Rodríguez viste el uniforme de las Tropas Especiales de los Estados Unidos. Se dirige al Che.
–Ahora hemos chocado. Ha llegado la hora de mi venganza, pero no soy vengativo. ¿Te acuerdas que me botaste de Cuba?
–¡Véngate!–, responde Guevara, intentando pararse.

No puede, está entumecido. Le duele la herida.
El cubano se inclina. Le agarra de la barba y tira de ella suavemente. Después lo abofetea con violencia.
Son las 11 y 15 del lunes 9 de octubre de 1967.
Las consultas sobre la suerte del Che han sido hechas.
El sargento Mario Terán Salazar fue seleccionado para ejecutar al Che. Así ocurrió, según el periodista boliviano:
"(Terán) ha recibido la orden de matar, pero vacila.
El Che sabe que sus minutos están contados.
Se exaspera. Se irrita.
-¡Mátame! ¡Mátame!
El suboficial porta una carabina automática.
El Che está histérico.  (...)
En fracción de segundos dispara su carabina.
Primero un tiro.
El Che tambaleante lanza un grito de dolor.
El Che camina difícilmente, como queriendo agarrar a su ejecutor. 
El soldado vuelve a disparar.
Guevara se retuerce, hincándose.
La bala ha alcanzado su costado derecho.
Segundos después otras balas salen de la carabina, alojándose en el costado izquierdo, en un hombro, en el muslo del Che. (...)
Está yerto, tendido en el suelo, sobre un charco de sangre.
Un oficial, que lo había escuchado murmurar, que presencia la agonía del guerrillero, saca su pistola 45 y dispara al cuerpo del Che.
La bala se aloja en el pecho, en la región pectoral izquierda.
Guevara se retuerce. Es la herida mortal.
Un soldado, al verlo aún moverse, dispara su arma hiriéndolo en el cuello.
Es el tiro de gracia.
El Che expira.
Son las 12 horas del 9 de octubre de 1967.

El 17 de octubre, ocho días después del crimen, en la Casa Blanca todavía no daban crédito a la noticia. En una carta al presidente Johnson fechada el mencionado día, su consejero Walt Rostow le dijo: 

En esta mañana hemos confirmado en un 99% que el Che Guevara está muerto. La CIA nos ha dicho que la información más reciente sobre Guevara es que fue arrestado vivo. Y que luego de un breve interrogatorio para determinar su identidad, el general (Alfredo) Ovando (Candia), jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas, ordenó que lo acribillaran. Considero que fue una estupidez (...)". En algo tuvieron la razón los enemigos encarnizados del Che Guevara. El asesinato fue una estupidez.

Testimonio - “Al agarrar la mano del Che, sentí como una descarga eléctrica”

José Luis Alcázar (Reportero)

La primera vez que vi el cadáver del Che Guevara fue alrededor de las cinco de la tarde del lunes 9 de octubre de 1967, apenas aterrizó en la pista de Vallegrande el helicóptero que lo traía en una improvisada camilla, en uno de los patines de la aeronave.

Es en esas circunstancias en que pude agarrar la mano del Che. Estaba caliente. 

Como relato en el libro La guerrilla que contamos: historia íntima de una cobertura emblemática (en coautoría con Juan Carlos Salazar del Barrio y Humberto Vacaflor Ganam), un círculo de soldados resguardaba el helicóptero, evitando que la muchedumbre, que se había dado cita en la precaria pista, se acercara a la nave. Ahí estuve. A mi lado, un agente de la CIA, el cubano Gustavo Villoldo. Villoldo rompió el cerco militar y yo aproveché y juntos corrimos hacia el helicóptero. Mientras Villoldo levantaba la cobija para ver el rostro y jalarle la barba y decirle: “¡Por fin has caído!”, yo vi una de las manos del Che. La tomé y sufrí un escalofrío, un estremecimiento. Estaba caliente. Había muerto recién, según me explicó luego uno de los médicos que oficiaron de forenses.

El impacto de agarrar la mano del muerto fue duro, fuerte, sentí como una descarga eléctrica. Aún agarrando la mano, escuché al agente de la CIA insultar al cadáver. Lo miré y le espeté: “No seas cobarde...”.
Luego lo volví a ver en el hospital, donde se improvisó una morgue en la lavandería. Ya era un Che limpio y formolizado, como luego lo vieron otros periodistas. 

Obviamente, lo que más recuerdo de ese instante era la mano caliente. Su muerte había ocurrido no hacía mucho. Según los testimonios recogidos, fue ejecutado al mediodía de ese lunes 9 de octubre. Yo había ido a Vallegrande para entrevistarlo. La “entrevista del siglo” había muerto con él.

Testimonio - "Tras su muerte se descargó una campaña de desprestigio"

Ricardo Gadea Acosta (Cuñado del Che Guevara)

Cuando me enteré de la muerte del Che Guevara, en octubre de 1967, yo estaba preso por mi condición de miembro de la dirección del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), con un numeroso grupo de militantes de izquierda y dirigentes campesinos, en la Quinta de Presa, en el Rímac, convertido en ese entonces en Cuartel de la Guardia Republicana.

Leí la noticia en un diario que trajo uno de los carceleros. No lo podía creer. Mis compañeros tampoco. Era una noticia que no esperábamos.

Fue una noticia particularmente terrible para mí. El Che Guevara era un hombre muy joven, murió apenas a los 39 años de edad. Además de las relaciones políticas con él, lo conocí mucho en el plano familiar. Mi hermana mayor, Hilda Gadea Acosta (Lima, 1925 -La Habana, 1974), fue la primera esposa del Che. En 1954, se conocieron en Guatemala. El 18 de agosto de 1955 se casaron y el 15 de febrero de 1956 nació mi sobrina, Hilda Beatriz Guevara Gadea, fallecida en 1995.

El Che Guevara fue asesinado hace medio siglo en la escuelita de La Higuera, una localidad muy pobre del departamento de Santa Cruz, en Bolivia.  Luego de su muerte se descargó contra él toda una campaña masiva de desprestigio y satanización.

Lo increíble es que cincuenta años después, no obstante lo que pretendieron sus enemigos, sigue vivo. Vive en el corazón de muchísimas personas que lo siguen queriendo en Bolivia, en Cuba, en  Argentina,  en realidad, en el mundo entero.

Estoy convencido de que el Che Guevara sigue viviendo porque es un ejemplo de ética revolucionaria, de consecuencia entre el discurso y la práctica, de compromiso con los pobres y explotados, en un mundo dominado por un capitalismo salvaje que se muestra incapaz de solucionar las demandas de los pueblos.

 

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