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Jueves, 11 de Enero de 2018 | 6:6:05 am

Lo que el indulto se llevó

Un terrorista es un criminal miserable para quien la vida de las personas no vale nada, en tanto el fin justifique los medios. Si un ciudadano civil muere como consecuencia de acciones terroristas, si bien es una desgracia, por más dolorosa que esta sea, no contradice la lógica elemental de que son los malos los que hacen maldades.

Sin lógica, lo doloroso se hace más doloroso todavía, como cuando, por ejemplo, en una familia un hijo se muere antes que los padres, siendo lo lógico que sean los hijos quienes entierren a sus padres. Algo así ocurre cuando las víctimas del terrorismo no fueron producto de asesinatos ejecutados por quienes la lógica elemental indica que son claramente los malvados de la película, o sea por los terroristas miserables, sino por quienes, supuestamente, son los buenos, los salvadores: las fuerzas del orden.

Cuando quien asesina es el estado, un estado al que le hemos entregado las armas y le hemos asignado el rol de que nos cuide como un padre o madre, se produce una subversión aún más letal que la que los senderistas querían imponernos, porque un bueno convertido en malo hace más daño al alma de una sociedad que un malo que siempre fue malo. Cierto es que, en comparación con el fujimorato, las fuerzas del orden asesinaron bastante más personas inocentes que durante los gobiernos de Belaúnde y García, pero el indulto que ahora vuelve a hacer visibles los casos de La Cantuta y Barrios Altos no debería llevarse una oportunidad de oro: pedir perdón.

Muchos nunca esperaremos el perdón sincero ni el arrepentimiento de un miserable terrorista, pero sí de quien, paradójicamente, nos libró del terror y estaba en el lado de los buenos. No es fácil pedir perdón, pero se aprende.