Panamericanos: no solo plata

Baldo Kresalja

Como muchos otros compatriotas, he practicado y soy aficionado a los deportes, y busco seguir por TV los grandes eventos deportivos, aunque en ellos no suelen estar presentes los peruanos. Escribo estas líneas para sumarme a la muy justificada crítica que se hace en relación a la organización de los Juegos Panamericanos a celebrarse en Lima en el año 2019, más aún ahora que el Presidente ha ratificado el propósito de organizarlos.

A las injustificadas demoras en la construcción de la infraestructura necesaria para el evento, una demostración de incompetencia y falta de planeamiento hay que sumar la altísima inversión (alrededor de 1,000 millones de dólares) en instalaciones sin uso futuro garantizado, inversión que sin duda se incrementará, pues no habrá supervisión adecuada por el retraso y por la urgencia en terminar. Poca duda cabe que esa inversión debería estar destinada a obras propias de nuestro estado de desarrollo, tales como decenas de reservorios en la parte alta de los ríos que terminan en el Océano Pacifico, lo que servirá para aliviar futuros desastres como los que ahora enfrentamos.

Pero hay otro factor importante a considerar que nuestros políticos suelen silenciar por temor a críticas vinculadas con la autoestima de la población. Y ese factor no tiene que ver con la disponibilidad de dinero sino con el uso y propósito de una inversión como la proyectada. Un alto porcentaje de la población peruana y limeña no conoce las reglas de varias de las especialidades deportivas que estarán presentes en los juegos, ni tiene interés en su desarrollo. Y esa misma mayoría es generalmente ajena al esfuerzo y dedicación que debe efectuarse para tener presencia competitiva en los grandes eventos deportivos.

La organización de un evento como los Panamericanos debe ser la culminación de un esfuerzo sostenido por décadas en la organización y práctica de muchas disciplinas deportivas y en despertar el interés que la población debe tener por ellas. Ello implica tener una política de Estado y destinar importantes inversiones por largos periodos en deportistas y técnicos altamente preparados. No se trata de lograr con el evento un frívolo entusiasmo pasajero, sino hacer posible un ambiente que favorezca y reconozca el esfuerzo deportivo y su conexión con la cultura; en otras palabras, no solo es un conjunto de acciones destinadas a superar records.

Es patético comprobar cómo se encuentra abandonada la pobre infraestructura construida para los pasados y mediocres Juegos Bolivarianos, así como la ausencia de profesores y técnicos nacionales en la mayoría de las especialidades deportivas. Resulta, en consecuencia, injustificado hacer un gasto de gran magnitud para unos Juegos que no nos darán prestigio, dejarán enseñanzas efímeras y casi ningún triunfo. Los asistentes o los televidentes comprobaran que la mayoría de las medallas se las llevarán deportistas extranjeros bajo sus respectivas banderas nacionales. Ciertamente no se favorecerá la autoestima de esa manera en una joven población que persigue logros por méritos propios, pero que no encuentra paradigmas que lideren sus esfuerzos.

En un país con niños anémicos y con servicios médicos deplorables resulta un despilfarro inútil gastar millones para algo que dejará solo huellas pasajeras y que no servirá para hacer comprender el inmenso esfuerzo que debe realizarse para formar el carácter necesario que permita afrontar con éxito los retos que nos plantea cualquier actividad competitiva, y por cierto no solo en el ámbito deportivo. En otras palabras, lo que cuesta convertirse en un país desarrollado.

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