Por un país adulto

Raúl Tola

Las cifras de la catástrofe ocasionada por el “Niño costero” —el calentamiento anómalo de las aguas del mar peruano, que se evaporan en grandes cantidades y se condensan en la sierra, desatando los temporales que inundan las cuencas hidrográficas— son abrumadoras. Hasta el momento hay 62 muertos (12 de ellos en la última semana), más de 62 mil damnificados, 7.974 viviendas colapsadas y un 22% de la red de carreteras perjudicado.

¿Cuántos cataclismos más hacen falta para que aprendamos la lección? ¿Cómo puede ser que un fenómeno natural predecible haya ocasionado esta catástrofe de resonancias bíblicas? ¿Por qué un fenómeno que está documentado desde épocas prehispánicas todavía es capaz de arrasar vecindarios, derribar puentes, cortar carreteras y matar gente?

Porque, desafortunadamente, el Perú sigue siendo un país inmaduro. Las cifras de crecimiento que ha registrado en los últimos años serán impresionantes, pero no lo han convertido en un adulto, que sea capaz de identificar sus prioridades, pensar a futuro, portarse con propiedad. Ahora mismo se parece más a esos jóvenes que comienzan a ganar dinero, y lo gastan convirtiendo su vida en una permanente celebración, como si no hubiera un mañana

Quien mejor encarna nuestra falta de carácter frente a este “Niño costero” es Luis Castañeda Lossio. La actuación del alcalde de Lima ante la emergencia ha sido improvisada, titubeante, cínica, torpe. Decir que los desbordes en Lima son solo “ensuciamientos” es insultar en la cara a los damnificados. Que “La ingeniería fue superada por la naturaleza”, por la caída del ‘Puente Solidaridad’, construido en 2010 durante su segunda gestión, francamente es una sinvergüencería.

Pero los disparates de Castañeda no deberían distraernos de los hechos que de verdad importan. Ahora sabemos que la municipalidad de Lima solo ha invertido el 2.9% de su presupuesto en prevención; que hay proyectos como el encauzamiento y protección del río Chillón, la construcción del muro de defensa del Huaycoloro o la instalación del servicio de protección contra inundaciones de Lurín con un avance de ¡0.0%! A cambio, se ha destinado casi 30 millones de soles en el mejoramiento del malecón de la Costa Verde.

Finalmente, es penoso que en medio de esta trágica coyuntura se haya colado el falso debate por la suspensión de los Juegos Panamericanos 2019. Como se ha explicado, los fondos para emergencias provienen de una partida propia y están cubiertos. El problema es de gestión, no de presupuesto. La prueba ácida es la reconstrucción de Pisco —emprendida por el gobierno de Alan García, que por entonces no enfrentaba ningún compromiso internacional—, que aún no se concluye.

En 1985, México sufrió el terremoto más mortífero de su historia. La cifra oficial de fallecidos fue de 3.192, aunque se piensa que fueron muchos más, y los daños se calculan en el orden de los 8 mil millones de dólares. Al año siguiente, los mexicanos sacaron adelante uno de los mundiales de fútbol más memorables que ha habido. Así debe comportarse un país con autoestima, que asume con seriedad sus compromisos. Quitar el cuerpo por la emergencia sería una prueba más de inmadurez y resignación. El Perú va camino al bicentenario de su fundación republicana, ya va siendo hora de que nos comportemos como un país adulto, que conoce sus necesidades y aspiraciones, y las afronte con responsabilidad.

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