La caída de Toledo

Raúl Tola

Mientras escribo estas líneas, Alejandro Toledo se encuentra escondido en algún lugar del mundo, convertido en prófugo de la justicia. Al hombre que encabezó la oposición al gobierno de Alberto Fujimori, que contribuyó decisivamente a su caída, y que despertó la esperanza de un tiempo nuevo, ahora lo espera el mismo destino que su más encarnizado rival político: la fría soledad de una prisión.

Con el paso de los años, Toledo terminó por convertirse en una sombra. El político que denunció las corrupciones y el autoritarismo del régimen fujimorista, logró amalgamar a la oposición, encabezó la Marcha de los Cuatro Suyos y alcanzó la presidencia en 2001 —luego de perder en 2000 ante Fujimori, en unas elecciones discutidas por los observadores internacionales y la OEA— tardó poco tiempo en demostrar que era un gobernante desordenado, impuntual, sin ideas y amante de las frivolidades del poder.

Con todo, la evaluación de su gobierno no es mala. Reactivó una economía que venía muy frenada por la crisis de 1998, respetó la libertad de expresión y continuó —con remilgos, como explica José Ugaz en su libro «Caiga quien caiga»— enfrentando a la organización criminal de Fujimori y Vladimiro Montesinos. Desafortunadamente, los retos eran muy superiores al personaje, y estos logros fueron opacados por sus pocas cualidades de estadista. Toledo representó la reivindicación de la democracia y el mundo andino, pero no supo estar a la altura, y más bien ahondó los prejuicios que algunos sectores de la población mantienen contra ambos.

La imagen de decadencia de Toledo se ahondó en las sucesivas elecciones donde participó. En la última campaña era un candidato a la deriva, que había despilfarrado todo su capital político con sus continuos dislates y su insoportable propensión al engolamiento y el lugar común, además de una persona estragada por los excesos.

Aquello no era nada, comparado con la situación que ahora enfrenta. Si el Poder Judicial acepta que son verdaderas las graves denuncias del fiscal Hamilton Castro, a Toledo lo espera una larga y muy merecida estadía en la cárcel. Recibir un soborno de US$ 20 millones de la constructora Odebrecht es doblemente grave para quien hizo una bandera de la lucha contra la corrupción.

¿Este desenlace desmerece la transición democrática de comienzos de la década pasada? Al contrario. Una de las mayores virtudes de la democracia es su capacidad de regeneración. Una sociedad democrática debe ser capaz de cuestionarse permanentemente para buscar su perfección, aún sabiendo que esta es imposible.

Toledo puede ser un advenedizo, que protagonizó la parodia de un líder político para alcanzar el poder y llenarse los bolsillos con dinero de sobornos. Lo que no comprendió, es que nunca conseguiría estar por encima de esas fuerzas que se desataron allá por el año 2000, en buena parte gracias a su actuación. La democracia está actuando: que nadie la detenga.

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