La continuidad de Beca 18

Uno de los recientes aciertos del Estado peruano ha sido apostar por establecer mecanismos e instituciones destinados a garantizar la calidad en la educación universitaria

9 Ene 2017 | 1:07 h

Por. Joseph Dager Alva (*)
 
Esta decisión gubernamental en cuanto a la educación es aún mejor al haber venido acompañada de la implementación de programas de becas que ofrecen la posibilidad de acceder a esa educación de calidad a sectores que de otro modo no podrían financiarla.
 
En tal sentido, Beca 18 resulta un programa noble. Y es que los expertos han demostrado que el acceso a la educación superior es uno de los recursos para contribuir a una superación sostenida de la pobreza, especialmente en Latinoamérica. Entonces, no es sólo noble, sino que, en la perspectiva de la construcción de una sociedad menos desigual, es un programa necesario y hasta justo, diría yo.
 
La mayoría de los becarios está en universidades privadas, lo cual ha sido motivo de una critica irreflexiva y no bien intencionada, como la de la bancada fujimorista; aunque han habido también observaciones válidas de quienes creen que esos recursos también podrían destinarse a repotenciar las universidades públicas. Pero el tema no debería entenderse como que el Estado está financiando a los “privados” en desmedro de lo “público”, sino como una de las estrategias estatales para subsidiar al sector educativo, obligación que hoy nadie pone en duda. Y, justamente, una de las formas de hacerlo son las becas, pues con ellas se financia directamente la demanda. Como ha recordado recientemente Hugo Ñopo, esa estrategia permite medir mucho más fácilmente la contribución estatal a este bien público; medirla a partir de los beneficios tributarios resulta bastante más complicado.
 
Ahora bien, el Programa podría mejorar en varios aspectos, de gestión, por ejemplo; o de mayor diálogo con las universidades a la hora de establecer calendarios, o bases, o reglamentos o prohibiciones para los estudiantes. Igualmente, podrían haber más becarios en universidades públicas, en las que puedan responder al seguimiento que se exige. O trabajar privilegiadamente con las universidades privadas que no tengan el lucro como fin. O que esas universidades y el Estado creen maneras para que se logre invertir más en la contención de estos jóvenes, que aún adolescentes dejan a sus familias y deben adaptarse a una nueva ciudad, como Lima, a veces tan ajena. Y, asimismo, que universidades y Estado puedan financiar un acompañamiento académico particular a los becarios, pues la deficiente educación que recibieron en la escuela pública, requiere de un apoyo especial durante, tal vez, los dos o tres primeros ciclos.
 
Pero la continuidad del Programa debería estar garantizada por un tiempo largo. De no existir, la gran mayoría de los actuales becarios no estaría ejerciendo la posibilidad de ser profesionales, ni aún en universidades públicas. He tenido el privilegio de ver muy de cerca el desarrollo de varios de ellos, y guardo una fundada esperanza en su futuro y en cómo retornarán lo recibido. Y he visto también cómo, en las relaciones que se dan con sus compañeros universitarios de distintos orígenes sociales; va tejiéndose, de a pocos, aún muy de a pocos, lo que en algunos años puede llegar a ser el inicio de un Perú al fin un poco más integrador. 
 
(*) Historiador y profesor en Universidad Antonio Ruiz de Montoya. 
 

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