Katya Adaui

“Estamos atravesando la culpa del sobreviviente”

Katya Adaui. Escritora.

Gabriela Wiener

Domingo, 6 de Agosto del 2017

En Aquí hay icebergs (Penguin Random House), el libro de relatos –raro, sutil, poético, arriesgado en su lenguaje, el mejor de los suyos– que acaba de publicar Katya Adaui y que confirma el gran momento que está atravesando la narrativa peruana y la escritura de mujeres, hay un fantástico cuento en el que la voz narrativa narra una suerte de periplo vital en forma de cuenta regresiva. Le propuse a Katya que hiciera lo mismo pero no sobre un personaje sino sobre ella misma y su relación con la literatura. Que empiece con este libro y que termine con la primera señal de su vocación literaria. Esto fue lo que escribió:

4. Leí en el periódico este titular: “Enjambre de icebergs obstaculiza rutas marítimas”. Que usaran enjambre. Una sola palabra, bellísima, referida al aleteo y al zumbido, a lo que vuela ligero sin colisionar, había sido asociada al movimiento del hielo. Y yo vi a los icebergs moverse.

3. Mi papá me prestaba su máquina de escribir eléctrica. Me daba papel de fax, un rollo que caía hasta el piso. Era resbaladizo, arrugable y las palabras se desaparecían con el tiempo. Yo escribía de largo, recortaba los párrafos, los ponía en el suelo cambiándolos de orden –creaba estructuras nuevas– y luego los pegaba. Él recogía los fragmentos, los fotocopiaba. Yo recibía mis textos en hojas A4, duraderas y sin cortes visibles, por fin.

2. Hasta mi cuerpo se defendía de los exámenes de matemática. Una vez me sangró la nariz, no pude darlo y me escapé a la biblioteca. Allí trabajaba Hane; me prestaba un libro al día. En las tardes entrenaba para los cien metros planos y leía al volver a casa. Era mi forma de estar y no estar. Mi casa era pleito y reclamo. Transitaba entre la velocidad y el detenimiento; de la demanda física a una exigencia mental que también pasaba por el cuerpo.

1. Íbamos por la avenida La Marina. ¿Qué dicen esos letreros?, le preguntaba a mi papá. Y me aprendía los eslóganes de memoria. Cuando repetía esa ruta con mi mamá, se los recitaba todos. “Pintura para…”, “El mejor…”. Ella se emocionaba: mi hija ya aprendió a leer.

¿Por qué crees que nos ha dado por el tema de la familia y de manera tan coordinada? Tu libro, desde el relato, también hurga en los patios traseros de los hogares. ¿Te sientes afín a alguno de los libros recientes en torno a esto?

Quizás hemos llegado a una edad en que somos nuestros propios padres o hemos dejado de alguna manera de ser hijos. O estamos atravesando la culpa del sobreviviente. O escribimos desde nuestras fisuras y hay una urgencia por convertir el dolor en arte. Me siento afín a cualquier ficción que profundice en las relaciones y las ponga en crisis.

He oído que ningún hogar es mejor que el peor de los mundos. ¿Todas las familias fingen que lo son?

Tengo la impresión de que las familias son apego y desapego y lo que está en medio: arbitrariedad, artificio, secreto; jerarquías, tensiones, impunidad. También entre todo eso, perspectivas de sobrevivencia.

En uno de tus cuentos, una niña presencia el sacrificio de un caballo. Sus padres la llevan a comer para que lo olvide. Intentan protegerla de esa violencia pero reaparece. ¿Cuál ha sido el reto más grande de este libro: contar la mirada de la niña, la mirada de los padres o la mirada del caballo?

Creo que ha sido escribir doce cuentos con personajes violentados por sus circunstancias y haber usado la palabra violencia una sola vez. Me interesa jugar con los puntos de vista, saltar entre acciones y pensamientos. Dotar a los personajes de una dignidad que puedan sostener, aún si están siento brutales o patéticos. Dejar que todos los que tengan que mirar puedan hacerlo y acompañarlos. Con tanta empatía como con distancia.

Creo que eres de las pocas escritoras que habla de su formación, que siempre ha reivindicado sus estudios, los a veces avergonzantes talleres de escritura, algo que ciertos egos literarios no se permitirían. ¿Por qué tú sí?

A mí me gusta mucho aprender, ser alumna, quiero pensar y escribir cada vez mejor. Ya no dedicarle a la escritura el tiempo que sobra, sino todas las horas especiales. Fue un alivio ingresar a la maestría en escritura creativa de la Universidad de Tres de Febrero. La argentina suele ser una sociedad bastante analizada, que trata de entenderse, de repasar, de tener memoria. Todo lo que a mí me interesa para la literatura y para la vida. En Buenos Aires, además de las clases de la maestría, buscaba talleres. Si los profesores que elegía dictaban para principiantes, pues iba al taller para principiantes.

¿La consecuencia es también una escritura más humilde u honesta?

Me interesa llegar a la palabra con humildad, como a un asombro no agotado. ¿En qué otros espacios escuchas los cuentos de otros en voz alta y narras los tuyos y se vive este intercambio? Allá los profesores dicen: “Te voy a hacer la devolución”. Está implícito que el alumno ha dado algo, se ha entregado. El profesor le devuelve también algo de sí mismo.

¿Qué opinas de que se esté diciendo que este es tu libro “de madurez”?

Yo no podría decir si Aquí hay icebergs es mi libro de madurez pero sí puedo decir que no hay literatura sin experimentación.

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