Ponciano del Pino: 'Cuando Sendero Luminoso llega a las comunidades, se encuentra con mundos densos'

El historiador peruano publicó libro que reconstruye los hechos ocurridos en Uchuraccay. Un alcance importante para entender el conflicto interno.

21 Sep 2017 | 8:40 h

Saber para entender. Entender para construir. En Uchuraccay hay historias que necesitamos contar. Y en esas historias está la voluntad de reconstruirnos como sociedad. La labor no ha sido fácil luego del terror sembrado por Sendero Luminoso. Quedan, sí, libros como el que ahora presenta el historiador peruano Ponciano del Pino, al que debemos recurrir cada cierto tiempo para entender que la labor de la memoria no acaba en solo recordarnos, sino en cambiar nuestras actitudes frente a lo malo. 

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El libro da muchos alcances sobre lo que verdaderamente pasó en Uchuraccay.   

De hecho, busco salir de aquello que llamo la “fidelidad del minuto”, es decir, de la voluntad de conocer cada detalle del horror de la matanza. Esta voluntad ha mantenido secuestrado el debate, por ello en mi libro intento situar estos hechos dentro de circunstancias históricas concretas, como la violencia agudizada que se vivía en la región a raíz de la decisión de los comuneros de Uchuraccay y de otras comunidades de la zona, de luchar contra Sendero Luminoso. En este plano más amplio se ve una historia precedida por luchas y disputas al interior de la comunidad, donde temas como la tierra, el prestigio y el poder, colorean el modo en que la violencia va tomando forma en estas comunidades. 
 
¿Qué es lo que primero debemos conocer para poder entender el conflicto a detalle y no de lo que se repite siempre? 
 
Es fundamental conocer la dinámica de las mismas comunidades, lo que sucede dentro de ellas. Hay que entender que cuando Sendero Luminoso llega a estas comunidades, estas no son espacios vacíos o uniformes, son mundos densos de relaciones, fricciones y diferencias. La comunidad es un espacio institucional donde se van negociando posiciones y tomando decisiones. En ciertas circunstancias tienen que forzar su unidad, como cuando deciden enfrentar a Sendero. Y, desde luego, eso supuso no solo negociaciones sino acciones de fuerza contra sus propios miembros. Lo que estas comunidades están viviendo es una guerra, no hay que olvidar esto ya que en esas circunstancias sucede la matanza de los periodistas. Esta tragedia es fortuita, empujada por las circunstancias y no por la ignorancia o el salvajismo de sus pobladores, como nos han hecho creer. Hay una lógica en esa acción, que es política y  responde a un juicio propio. 
 
Hay tres momentos narrativos de la violencia, que, de alguna manera, también se puede percibir una presencia tardía del Estado.  
 
El Estado no comprende lo que sucede en estas comunidades. Eso ocasiona que la represión con la que intervienen sea igual o peor que la de Sendero Luminoso. Solo veamos lo que hicieron en Putis. Lo dramático es que muchas de estas comunidades habían decidido tempranamente, y por voluntad propia, organizarse y enfrentar a Sendero Luminoso en nombre del gobierno.
 
Todo el libro se compone de un material histórico importante. Pese a lo que se sabe, ¿qué papel debe jugar el Estado y la sociedad para que las heridas cicatricen? 
 
Son varios los que debemos considerar. A nivel de estas comunidades, uno puede ver y apreciar los esfuerzos que han hecho estas poblaciones por reconstruir sus vidas y construir espacios de convivencia y conmemoración. Ojo, no es que desaparezcan los conflictos y que en otras ese pasado siga tensionando las relaciones. Sin embargo, se ha avanzado menos a nivel del Estado y de los gobiernos regionales. En general, existe una suerte de negacionismo o afán de olvido, empecinado en no asumir el pasado, mucho menos reconocer y encarar qué hizo posible tanta atrocidad. Pero no solo es un acto de memoria lo que se requiere. Ese esfuerzo implica acciones que lleven a enfrentar las inequidades estructurales de la pobreza y la exclusión que persisten, y de una falta de reconocimiento frente a las poblaciones más olvidadas. 

Antonio Zapata sostiene que sin la Reforma Agraria, la pradera se hubiera incendiado toda. ¿Concuerda?
 
Es una apreciación general que requiere mayor investigación. Si pensamos el tema de la tierra y de la hacienda en Ayacucho, la región donde surgió Sendero Luminoso, el proceso de reapropiación de las tierras se da con la movilización campesina de los años 60, una de las más importantes del país y de América Latina. Sin duda, la Reforma Agraria velasquista termina por consumar este proceso. Sin embargo, estas reformas al ser diseñadas e implementadas desde el Estado de manera corporativa, no advirtió la complejidad de las formas de organización social y política de las comunidades campesinas. Menospreciar estas estructuras políticas tradicionales tuvo un efecto perverso y dieron lugar a que crecieran los conflictos y mermara la institucionalidad comunal. Es este el escenario al que llega Sendero Luminoso.  
 
Se criticó en su momento a la Comisión Investigadora, liderada por Mario Vargas Llosa. Han pasado muchos años. ¿Cuál es el valor que rescata de ella? 
 
Escucharon a los uchuraccaínos, algo que no hemos hecho muchos. Señalaron que fueron los comuneros los responsables, precisaron las circunstancias en que se dieron los hechos. También advirtieron de los riesgos de no detener las ejecuciones extrajudiciales, algo que comenzaba a crecer y que marcaría de horror esta historia. Ahora, la interpretación que dieron sobre los hechos fue prejuiciosa, y la imagen que tenían del indio ahistórica.
 
El caso de Saturnina Figueroa permite entender, como lo remarcas en el libro, el valor que llega a tener el silencio para quienes fueron censurados.  
 
El silencio de Saturnina sobre la ejecución de su esposo por parte de la comunidad, fue impuesto a sangre y fuego en 1983. Sin embargo, hay otros silencios que escapan a la coerción y al poder, silencios que son negociados, en algunos casos virtuosos y necesarios, buenos silencios, que contribuyen a recomponer la vida y la convivencia social en comunidades divididas por la guerra. Para la señora Saturnina, su silencio doloroso le permitió no solo mantenerse en la comunidad sino lograr más tarde negociar el reconocimiento de la memoria de su esposo, negado por la comunidad por sus vínculos con Sendero. 
 
¿Cuáles han sido los avances más importantes que ha tenido el Estado para llegar a esas zonas que vivieron el conflicto armado? 
 
Antes de los 80, muchas de las comunidades de Ayacucho no tenían carreteras ni centros de salud. En los 90, luego del retorno de algunas poblaciones, el Estado apoyó la reconstrucción de estas comunidades con viviendas, carreteras, postas médicas y escuelas. Por ello, muchos tienen un buen recuerdo de Fujimori. En los últimos años, están negociando la distritalización como una demanda de reconocimiento político. En 2014 Uchuraccay logró la distritalización y ahora le sigue Putis. 
 
"Si no se asume ese pasado, este volverá de tiempo en tiempo para imponer su ritmo y trastocar nuestro presente", señala usted. Y ese pasado que trastoca nuestro presente se llama Movadef. ¿Cómo hacerle frente? 
 
Es más que Movadef. Movadef es simplemente una advertencia; sobredimensionado o exorcizado, más para colmar nuestros miedos que para asumir el pasado. Los esfuerzos por confrontar nuestro pasado deben llevar a compromisos amplios y duraderos, de elaboración crítica y reflexiva y eso involucra al Estado en primer lugar, y la sociedad por supuesto. Si pensamos solo en Uchuraccay, la comunidad perdió más de un tercio de su población, ejecutados más de un centenar entre líderes y comuneros por el proyecto totalitario de Sendero Luminoso. Pero no son los únicos que perpetraron estos crímenes, los militares y los ronderos de las comunidades vecinas son responsables, también. Muy cerca está Putis. Son centenares de comunidades que vivieron este horror, de quienes se conoce poco o nada. Comencemos por ahí, por reconocer estas historias y por resarcir estas familias  y comunidades.

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