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La cabeza caliente

“No nos culpen si a veces queremos quemarlo todo. Pero a veces no sabemos qué más hacer para que entiendan que nos están matando”.

La Republica
Marisa Glave

Cuando Carlos Rodríguez, papá de Solsiret, quiso reportar su desaparición, tuvo que escuchar esta frase. La vasta experiencia del oficial Pastor lo llevó a concluir que una estudiante universitaria y madre de dos niños los habría abandonado por un calentón. Meses después el ministro Basombrío respondía al pedido de la congresista Huilca con un informe que aseguraba que Solsiret estaba en alguna playa del norte. El brillante informe se apoyaba en fotos tomadas y colgadas en Facebook antes de la desaparición. ¡Vaya inteligencia policial!

“A mí, como pueblo, me han ignorado”, me dijo ayer Rosario Aybar, mamá de Solsiret. La rabia reaparece en su rostro. La policía no hacía su trabajo, y encima un ministro convalidaba su desdén.

El Ministerio Público no fue mejor. Dos fiscales les robaron tres años. No exigieron a la empresa de telecomunicaciones georeferenciar el celular de Solsiret para saber su ubicación el día de la desaparición, con quién había interactuado y qué pasó después. Esta información, recién obtenida, permitió la detención preliminar de los probables asesinos.

El cristal patriarcal con el que nos miran los operadores de justicia nos está matando. Cuando una mujer desaparece es probable que haya sido víctima de feminicidio o de trata, no que sea una calentona. Esta mirada entorpece la búsqueda y facilita la impunidad. Pero no engañó a Rosario, a Carlos, o a una amiga como Kathe Soto, dispuesta a mover cielo y tierra por encontrar a Solsiret. Kathe ha convertido su dolor en fuerza, y empuja la red #HastaEncontrarlas. Han reportado decenas de casos como el de Solsiret que ponen en evidencia que no existe un protocolo para atenderlas, y que ni siquiera tenemos un registro integrado de desaparecidos.

El caso de Solsiret no termina con el hallazgo de su cuerpo. Empieza la pelea por justicia y por sanción a los asesinos y a la cadena de operadores que no cumplieron con su deber. La pelea empieza hoy, porque no deben soltar a sus probables asesinos y se debe imponer la prisión preventiva pedida por el fiscal Mancilla.

Como sociedad nos toca romper ese cristal de mira. No tenemos la cabeza caliente. Pero sí nos hierve la sangre cuando confirmamos lo que temíamos en casos como el de Solsiret.

No nos culpen si a veces queremos quemarlo todo. Pero a veces no sabemos qué más hacer para que entiendan que nos están matando.