Los tiempos cambian, los príncipes también

“Ser príncipe es complicado en tiempos del #MeToo, pues sus reflectores iluminaron la recurrencia de una práctica denigrante hacia las mujeres”

Maruja Barrig
26 Ago 2019 | 0:53 h

Los zapatos de la Cenicienta refulgían ante la mirada embelesada del príncipe y las muecas envidiosas de las hermanastras. En la platea, cientos de niñas suspirábamos. En la visión de Walt Disney, los príncipes eran jóvenes blancos, con un bucle castaño sobre la frente. Tenían anchas espaldas y estrechas caderas, piernas largas y un uniforme plagado de charreteras. Las hermosas princesas vestían de rosa y eran rubias. Pero llegó el feminismo y nada fue como antes. El príncipe que besó a La Bella Durmiente es plausible de una denuncia por violencia sexual, pues ella no estaba en condiciones de aceptar el beso: hacía cien años que dormía. Y si la despertó y la desposó no importa, ahora la ley no exime de pena al violador que se casa con la víctima. Lo de Blancanieves también tiene sus bemoles. Una variación del relato cuenta que un príncipe pasó por la choza de los siete enanos y se enamoró al verla en su ataúd de vidrio. Se la llevó a su castillo pero, en el trayecto, uno de sus vasallos que transportaba el sarcófago tropezó y con el movimiento, la bella botó el trozo de manzana envenenada. Estamos ante un caso de secuestro con fines sexo - fetichistas. La otra variación podría ser peor: el príncipe la besó y al hacerlo, ella escupió la pieza con veneno. Un beso francés, quizá, sin consentimiento de la princesa.

Con el feminismo y el internet se resquebrajó el andamiaje de fantasía de los cuentos de hadas. Recientemente el Príncipe Andrés, hijo de la Reina Isabel II, fue ampayado en una juerga en la casa neoyorquina del millonario Jeffrey Epstein. La Casa de los Horrores la llamaron los que perseguían a Epstein por tráfico sexual de menores, quien estaba registrado como tal desde el 2008. Andrés había sido acusado, por una púber y asidua concurrente a esa casa en Manhattan, de haber tenido sexo siendo ella menor de edad, pero la justicia había desestimado la acusación. Jeffrey Epstein acaba de suicidarse en prisión. Andrés aseguró desconocer y estar “horrorizado” por las aberraciones de su difunto amigo, y se exhibió acompañando a Isabel II a la ceremonia religiosa del siguiente domingo. Una madre es una madre.

Pero ser príncipe es complicado en tiempos del #MeToo, pues sus reflectores iluminaron la recurrencia de una práctica denigrante hacia las mujeres. Hace unos días fue el turno de Plácido Domingo, acusado de acoso sexual por nueve colegas, quienes aseguraron que, en la década de 1980, él las perseguía por los camerinos para besarlas o les metía la mano bajo la falda mientras cenaban. Ellas declararon haber sido perseguidas poco plácidamente por un calenturiento tenor, a quien al estallar el escándalo, le comenzaron a cancelar sus contratos.

A sus 78 años, Domingo declaró sentirse sorprendido por acusaciones de eventos sucedidos más de tres décadas atrás que, en su opinión, fueron interacciones y relaciones siempre bienvenidas y consentidas. Y acertadamente concluyó: “Reconozco que las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado”. Como lo sugirió la filósofa Pepi Patrón, esta última frase es casi una invitación al debate sobre cómo cada época acuña sentidos comunes y naturaliza comportamientos que, posteriormente, son confrontados por otras sensibilidades que los evalúan y los juzgan como indignos. ¿Desde cuál tribunal lo hacemos?

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