Augusto Álvarez Rodrich.

Augusto Álvarez Rodrich.

Claro y directo
Economista de la U. del Pacífico –profesor desde 1986– y Máster de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, Harvard. En el oficio de periodista desde hace más de cuatro décadas, con varios despidos en la mochila tras dirigir y conducir programas en diarios, tv y radio. Dirige RTV, preside Ipys, le gusta el teatro, ante todo, hincha de Alianza Lima.

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El cadáver ¡ay! siguió muriendo

El culebrón alrededor de la muerte de Abimael Guzmán.

Es una vergüenza que el sistema político peruano no pudiera, seis días después de fallecido Abimael Guzmán, decidir sobre el destino de su cadáver, así como que un gobierno tan sospechoso de vinculación al Movadef y empatía con Sendero dejara pasar la oportunidad para tomar distancia del terrorismo, si acaso eso le interesa.

Hasta el cadáver de un asesino como Abimael debe tener final respetuoso, no porque lo merezca un criminal que no dudó en matar, sino porque eso habla bien del sistema institucional.

La diferencia entre el terrorista que quiere dinamitar el sistema y los que pretenden defender sus fundamentos es el respeto a la ley y a las normas de civilización. Tras ser abatido, el cadáver de Osama bin Laden fue llevado al portaaviones USS Carl Vinson, donde, tras celebrarse un funeral según los ritos islámicos, fue sepultado en el mar.

Esta columna se envió a la redacción antes de la votación de ayer en el congreso, pero lo visto desde el sábado a las 6:30 a.m. en que murió Abimael es un culebrón lleno de imprevisión, pues él líder de Sendero ya estaba en fase terminal desde unas semanas antes, dando tiempo para organizar el funeral.

También, de lavado de manos, pues era evidente que la decisión sobre el cuerpo del delito se lo han estado pasando entre el ejecutivo, el ministerio público y el congreso, mientras los sectores de ultraderecha usaban el cadáver como ganzúa para meterse a palacio de gobierno; y los de ultraizquierda mostraban la misma ambigüedad frente al terrorismo que tuvieron cuando Sendero Luminoso irrumpió a punta de anfo y muerte en 1980.

Tan mal preparado ha estado el sistema político para decidir el destino del cadáver de Abimael Guzmán, como cuando este inició su ataque criminal.

Pero donde la ambigüedad ha sido bochornosa es en el gobierno de Pedro Castillo, que estando tan bajo la lupa por la evidente cercanía al Movadef por varios de sus miembros en el gabinete, no supo aprovechar esta oportunidad para tomar distancia clara, en medio de posiciones divergentes entre los ministros, sin liderazgo del presidente.

O, quizá, no es que no supo aprovechar la oportunidad para tomar distancia del brazo legal de Sendero Luminoso, sino que, simplemente, no quiso.

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